Esa era ella

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Siempre se sentaba al final de la barra, en una banqueta coja que la dejaba más cerca, casi apoyando sus senos sobre la áspera y desconchada madera. Al final de la barra, junto con el comienzo de la oscuridad y los susurros cálidos y anónimos. Donde los amantes se conocían, se desfogaban, se marchaban juntos y volvían en solitario. Ese era su lugar. Cercana a los patéticos voyeurs que marcaban una sonrisa inconcluyente en sus rostros, con esos labios esculpiendo una mueca que no era difícil de descifrar. 

Y llegaba una copa que no había pedido. Y llegaban dos. Y era un sabor acre, amargo, que ardía en su estómago y entumecía su boca volviéndola una sonrisa burlona.

Y se deslizaba de la triste butaca dejando el espectáculo a medias, y como siempre, no iba sola. Entre las manos temblorosas de desconocidos en la oscura confidencialidad que podía proporcionar un callejón ella recibía caricias, besos torpes, miradas que solo eran para ella y su cuerpo se rompía entre lágrimas no derramadas. Se sentía querida embriagada aún de la mentira que quería creerse. Era crucial para ella creerlo y después de repetir la misma rutina casi a diario lo había conseguido.

Tras un jadeo que ya reconocía como la caída del telón la dejaban caer al suelo mientras le tiraban a los tobillos una bolsita blancuzca y unos billetes sueltos que con premura se deslizaban de la mano de su dueño por el suelo mientras inquieto corría hacia su hogar y su familia.

Sí, siempre tenían donde volver, pero ella les podía dar algo que nadie más les ofrecía, y que ella no entendía.
Aún ebria volvía a su cuarto, sin inquietar a sus padres que atronando el televisor permanecían absortos en telefilms de desgracias ajenas. Cayendo inerte en la cama saboreaba aún el mareo y dormía sin soñar, agradecida, deseando no despertar. Porque cada día suponía repetir la misma argucia que le permitiese sentir dolor, amor, paz y no ira. El camino a consumirse en una vela que ni soplando cada año apagaba. Esa era ella.

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