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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

He perfilado la promesa que confiere tu nombre por toda mi piel,
y he arañado después de tu negativa hasta volver carmesí el por qué.
Respiro tu aliento mecida entre tus labios que he procurado memorizar,
la calidez que atrapo mía y espero ni esta noche, ni la noche siguiente, 
llegar a soltar.

Te he besado con la ternura de una niña que aporta amor a su objeto querido,
te he besado con ardor para replicarle a tu lengua que no sea una con  la mía,
te he besado con lentitud, aprendiz de tus manías, queriendo tornarme perfecta.
Me has perdido entre besos mientras yo aguardaba con la mano abierta.


Y la cama aun pequeña se tornó vacía. Jamás añoré unos brazos ajenos 
que pudieran mecer mi alma herida, lacerada por todas lágrimas vertidas.
Tú viste cuánto te necesitaba aun sin yo verte, y te decidiste ir 
aun cuando te necesitaba.
Cambias las reglas y las reglas cambian el camino que planteas. 


Y ya no te aguardo, ni dejo la mano alzada. 
Camino hacia donde mis pasos me lleven,
no hacia donde tú quizás me esperas. 

No será la mejor de mis poesías, pero sí la última. 
Muerto el oxímoron, el propósito de todo ha quedado en aliento y penas.
Sed miserables y escribid palabras hermosas. 
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Thomas Edison afirmaba que había encontrado 999 formas de cómo no hacer una bombilla, el acierto era - en cierta manera- secundario. 
Cuando de niños planeamos nuestro futuro, no contemplamos los errores. Vemos un camino lineal plagado de etapas consecutivas, una progresión de pasos que nos llevarán al "felices para siempre". 

Pero, en cierto momento, nos despertamos, y descubrimos que hemos cogido atajos, rodeos, nos hemos caído y recaído con la misma piedra- vicio o persona- y que somos adultos. El plan ha fallado  y no tenemos plan B. 

He ahí esa gran palabra que se nos antoja como una palabrota entre los labios: adulto. Ser adulto de niños suena a libertad, a acostarse tarde, a saltarnos las normas, a comer lo que queramos cuando queramos, a que nadie nos pise, a ser lo que siempre soñamos. Ser adulto está en cierta manera sobrevalorado. Y, soplas las velas y llega, llega la hipoteca, el ser políticamente correcto, el desear que sea fin de semana para dormir y quizás en algún instante vivir. Te das cuenta que los príncipes azules no son lo que buscas, que la magia tiene trampa y cartón y que las princesas no quieren ser salvadas. Sí, ser adulto no funciona como creíamos. 

Y, entonces, te planteas nuevas expectativas, porque no quieres aprender del error sino generar una piedra con la que un día no caigas sino que te alce y corones su cumbre. Le pones nombre y en él tu ilusión. Pero es difícil reconocer algo que no conoces, algo que en cierta manera tú inventaste. Y empiezan los descartes, el miedo al error. Ese miedo que nos acerca al acierto pero a su vez difumina la quimera. Y caes, y tropiezas, y remiendas las rodillas con consejos de amigos y algún verso robado.


Pero a veces el acierto llega antes de los 999 errores. Y te coge la mano y te ayuda a escalar hasta su cumbre. Te recuerda que eres niño y adulto, las ventajas de soñar y de poder hallar los medios para alcanzar dicho sueño. Que el desaliento por el desatino solo es el revés del orgullo por el acierto y que todo ello es posible si pones todos los medios.

He encontrado el final de mis 999 errores, y tengo toda una vida para celebrarlo. 


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Dime algo, si bien eres tú quien llevo tanto tiempo buscando
¿Es fácil llenar el vacío de algo que el anhelo en tu interior ha creado?
Bajo nombres propios reclamamos a quien desde el primer instante llevamos amando.
Dime por qué me niegas que reconozca en ti ese deseo que repito cada cumpleaños.

Dime algo, si bien eres tú quien llevo tanto tiempo buscando,
sobre cómo acaricias mis sonrisas y llenas de calidez mis lágrimas.
al importarme lo suficiente como para dejar de lado el orgullo de llorar por ti .
Dime por qué no aceptas que siento todo lo bueno y malo que nace en mí .

Dime algo, si bien eres tú quien llevo tanto tiempo buscando,
¿eres feliz negando la posibilidad de que necesite correr para llegar antes a ti?
Llevo sintiendo tu ausencia desde antes de conocerte, mi amor,
Dime por qué tienes tanto miedo de que pueda ser lo que necesitas.

Dime algo, si bien eres tú quien llevo tanto tiempo buscando,
sobre cómo nada me calma como cuando me dices que todo irá bien,
sobre cómo tacho los días que quedan por colonizar tu piel,
Dime por qué no puedes ser quien yo llevo tanto esperando ver aparecer.

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Hoy quiero escribirte. Algo distinto, venido a cambios. Algo que merezca ser recordado, que no sepa a algo ya pasado. 
Hoy, quiero escribirte. Y que tú quizás respondas, como siempre esperé que lo harías, acercándote a mi de cuclillas, como el que se cree adulto y se agacha a mirar con ojos de niño todo lo que desde la alturas se le pasa. 
Porque hablamos del pasado, vivimos el presente y no sé si tenemos presente o si seremos futuro. Te digo que tengo proyectos, ideas, se me llena la boca y se me infla el pecho y no recibo respuesta mientras hago mi carta a los Reyes Magos del Universo. De nuestros versos nació la probabilidad de encontrarnos y no haré drama alguno cuando un parte de mí cree que te he perdido entre que te extrañaba y te encontré. Esa parte de la historia de la que nadie habla, en la que nadie quiere creer. 

Estamos en una encrucijada, mi amor. Sí, te llamaré amor pues sé que anhelo cosas de ti como los amantes desean. que las decepciones son más acres y las lágrimas menos livianas. Sí, amor. Estamos en un punto de inflexión pues no me quedan ganas de pelear con quimeras ni fantasmas, solo de reunir fuerzas para dejarme los nudillos en no perder la ocasión de entrelazar mi mano con la tuya. Jugamos a lo improbable y me siento ganadora. Porque tú me has vendido la idea del destino sin saber que tratabas con una luchadora. Combatiente contra mí misma, he renunciado a dicha pelea perdiendo en la victoria de quererme, aceptarme, comprenderme.
Pues quizás he ahí el misterio de que tú desde un principio hayas sabido entender lo que para mí era una incógnita, mientras  yo soy capaz de entender que mis lunares son el camino que espera por tu boca. 
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- Y dime, ¿ cuál crees que es el siguiente paso?
- Pues.... empezar a pensar en mí. Lo que me hace sentir sola. Porque...en efecto, debería empezar a apreciar la soledad.


Tenía el dedo fijo en el botón de luz intermitente. Había notado como el metal frío se volvía cálido, y ahora...no sabía bien cómo sentirse. Esperaba, sin detenerse a meditar en ello, el modo de continuar. Quería que la vida le ofreciese otro camino, que las heridas no se cerrasen, sino desapareciesen. Desandar lo andado, no querer aprender de lo vivido sino olvidarlo. 
El suelo de baldosas bicolores era un inmenso tablero de ajedrez donde la sanidad mental nos ponía a todos en jaque. Diagnósticos difusos, recetas de drogas legales que ocultar a los demás, miradas que procuran no cruzarse, falsas orejas que escuchan, mentes que juzgan. Y clama una parte de ti que necesita ayuda. 

Un año. Ese había sido el plazo que había establecido en su psique. No inmiscuirse, relacionarse, juntarse, rejuntarse ni nada así con nadie. Bueno, no con nadie. Ella sabía cual era el objetivo y la dificultad de cumplirlo. Debía centrarse en sí misma, aprender a quererse, intentar aceptarse. Y aquello no era posible si añadía otra variable más a la ecuación.

Estaba en la calle, no había reparado en cuando había salido y el tiempo que llevaba caminando pero así era. Arrastraba levemente los zapatos y maldecía en su interior por querer placar la ansiedad con un dulce. Algo que engañe la sensación de satisfacción. Algo que le haga sentir mejor. Algo que se torne tibio en su interior y le llene. Sí, la comida era un gran sustituto al cariño, al menos a corto plazo.Luego llegaban los remordimientos y la culpa. 

Y no había llegado al año, y se encontraba inmersa en un nuevo retroceso. Estaba donde no debía, dudando de sí misma, odiándose, retrayendo sus sentimientos y preguntándose si eran reales. No tenía con qué comparar, solo la constante reprobación de no hacer lo que debía.

- Dos años. Necesitas dos años- Se dijo. Dos años para que las pesadillas cesen, para que esa necesidad se vea minada, para aprender a poner los pies en la tierra...

Cogió el camino más largo y se perdió por su ciudad. Apagó el teléfono sin poder apagar una parte de ella que no atendía a razones. Se tendió en la hierba y la tarde se hizo noche.

- Estás siendo de nuevo demasiado dramática.

Aquella voz no era algo interior. Reconocía aquella voz, pero no quiso girarse, no quiso mirarlo, no podía encararlo.

- Adopto una respuesta acorde a mis emociones, a mis sentimientos, a mi ser. Es algo que nace de mí y solo yo puedo conocer. No espero que lo entiendas pero sí que lo respetes.

-...

Ella no le escucho, supo que habría hecho otra de sus bromas, de las que suavizan la situación y pretenden restar importancia. Esos comentarios jocosos que le hacían daño en base a menospreciar sus sentimientos, su situación, lo que era ella.

Y sencillamente se incorporó y se marchó. Decidió que al menos ella misma sí se respetaría, se querría lo suficiente como para no esperar que otros lo hicieran. No había sido cuestión de tiempo, sino de abrir los ojos a los consejos que a otros siempre daba. No necesitaba aquello, pero siempre se necesitaría a sí misma. 

-Párate. Párate y deja de huir. Porque no huyes más que de ti misma, de la posibilidad de ser feliz. Te pones excusas, te engañas diciéndote que los demás son demasiado malos y que tú eres demasiado indefensa, y no es así. Sabes que no lo es. Eres más fuerte de lo que quieres aceptar, y puedes superar todo lo que estás amontonando en tu interior...- él la miraba sereno pero con dolor en sus ojos. Ella le importaba, estaba arriesgando, arriesgando su estabilidad, su felicidad, las posibilidades que perdía mientras estaba ahí para ella. - No eres justa.

Ella se mordió el labio. Sintió una punzada de llanto, esa primera llamada que te permite aceptar o no el llanto. Era fácil llorar en esos casos, pero no quería, no merecían eso.

- Tengo miedo de no saber hacer bien las cosas, de cometer los mismos errores, de caer en la irascibilidad por no afrontar que hay cosas que no podré controlar. Por no saber lo que piensas e inventarme cien finales infelices a una historia que ni siquiera a empezado.

- Te equivocas- dijo él alzando la mano y tomando la de ella- ya llevamos parte del camino andado. 
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