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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒




Ingredientes:

-150 gr de buen temperamento.
-200 gr de buenas compañías a temperatura ambiente.
-3 deseos a renovar según sean cumplidos.
-Una ocupación que suponga cada día un reto.

Elaboración:

Disponga de todo de forma diaria. Remover con brío y determinación. Añádele carácter, jovialidad y espolvorée un poco de locura.

Poner a cocer durante doce meses al año a fuego lento. Las prisas no son buenas. Y como toda buena receta, el amor, es indispensable.

Bon appetit




Y aunque nos hemos quedado a cien visitas de las deseadas, en este 2013, hemos llegado a las 1900 visitas, que sin vuestro compromiso, lectores desconocidos míos, no habría sido posible. ¡Gracias!
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Siempre que he tenido miedo, he encontrado un lugar en el que refugiarme. No es que no afronte mis problemas. Sería fácil caer en ese error. Sino que prefería encontrar el modo de poder ver todo en perspectiva, ajeno a mi, como si se tratase de una aséptica ecuación, y la incógnita a resolver fuese yo misma.
De niños alzamos la sábana sobre nuestros rostros, corremos al regazo de nuestra madre, al amparo de la mano amplia y cálida de nuestro padre, que con un apretón parece decir más que cualquier sonido audible.
Pero la desazón de la adolescencia perturba, aleja. Te hace esconderte más allá de las miradas, de las palabras, de los gestos.

Yo prefería la confidencialidad del hueco entre la lavadora y la pared. Los baldosines fríos. El arrullo de la lavadora tamborileando mi hombro, mi mejilla. El consuelo de algo que no pretendía apiadarse de mis penas. Era mi refugio. Era mi exilio ante la vida.
El mundo nunca me pareció tan amenazante. Como si se hubiese propuesto clavar su mirada en mi, para después olvidarme. Desamparada de una pubertad que nunca fue de elección propia. Era la confusión de la edad y de una realidad no pedida.

Podía haberme alzado con la barbilla firme y la mirada clara. Podía haber elegido no llorar, no sentir, no someterme a la decepción continua. Pude hacer muchas cosas, y a la vez ninguna. Pero elegí el camino que elegí. Mis pisadas fueron certeras, y ahora heme aquí.

Tener miedo no es una opción. Es una constante. Es la aceptación de las emociones. Es ira. Es soledad. Es tristeza. Y alegría. Es la confusión ante lo desconocido. Es la aceptación de lo inesperado.

Sí, tengo miedo. Pero no por ello estoy asustada.
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Se aferró a la divergencia de emociones que la vida hacía mella en él y lo supo, en ese momento lo supo.

Abrió el armarito del pasillo, donde su madre guardaba pulcra y ordenadamente las toallas y sábanas. Tenía un olor a sándalo y romero, y arrugó la nariz mientras aquel olor impregnaba sus fosas nasales.
Acababa de ducharse y el cabello le goteaba por la nuca y se perdía en el borde de su camiseta. Había escogido la que a ella tanto le gustaba. Era sencilla, de algodón, con un estampado del primer viaje que hicieron, no muy lejos, cogiendo el coche de sus padres sin permiso. Ella lo había llamado una aventura. A él le pareció una jodida locura, pero su sonrisa valía el riesgo.

La había conocido hacía unos meses, y las cosas habían sucedido como tenían que suceder. Salvo que nada era común con Summer, y quizás precisamente por eso ahora estaba rebuscando entre pinzas de la ropa y cordeles. Miró la hora con nerviosismo y blasfemó para sus adentros mientras correteaba descalzo pendiente del móvil. Faltaba poco. Muy poco. Y aquello le obligó a pararse.

No es que fuese su primera vez. No era que tuviese dudas. Pero la amaba. De un modo que no sabía expresar ni contener, y quizás por eso siempre le producía un hormigueo que le recorría el cuerpo por completo y que solo sabía calmar al acariciar su pelo, al bordear sus labios con los de él, al abrazar su risa con la de ella.

Oyó un timbrazo. Y se puso el penacho. Una imagen burlona le devolvió una cara de asombro subrayada por una ceja alzada. Aquello era una locura.Y quizás, solo por eso, podría agradarle. Se encaminó a la puerta y abrió ante la estupefacta mirada de Summer, quien apretaba los labios en un mohín procurando no reír.

-Hola...Digo ¡Hau...!

Él se sintió agradecido al instante y ese brillo en los ojos no pudo más que contagiarse en ella que se adentró, a la casa de él.

Estaban solos, y eso no era común. Pero no por ello se sentía nerviosa. Notó como él entrelazaba su mano con la de ella y le guiaba en la oscuridad. Como las formas carecían de importancia y ella reprimía la necesidad de acariciar el plumaje suave y coloreado que decoraba el tocado sobre su cabeza.

Le amaba sin lugar a dudas, en aquel preciso instante sentía como el significado de aquella palabra formulable con irrisorias letras estallaba en su pecho y dolía, dolía de un modo maravilloso.

Cuando quiso darse cuenta estaban quietos ante una luz anaranjada y vibrante, que parpadeaba contra la piel de él, mientras la miraba con nerviosismo y vacilación. Torció el gesto y observó como su habitación ahora era una tienda, llena de luces de navidad, de velas diseminadas por la habitación, de cojines y de su olor.

Y ambos supieron que todo lo posible estaba ahora de su lado. La había encontrado. Le había encontrado. Era la salvación no pedida de un náufrago que ahora, por fin entendía, que llevaba toda la vida ahogándose y que aquello era su consuelo, su nirvana. Al fin alcanzaba a rozar el Paraíso donde su Beatriz había estado aguardando antes de que él pudiese nombrarla.

Amar, oh...aquello carecía de significado si no estaba ligado y abrazado, posesiva y protectoramente, a cuanto ella conformaba, a cuanto él representaba. Amar eran ellos, y nadie más.

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Dancing in the dark. Autor desconocido.



El invierno siempre deja una impronta en mi, como si quisiese formar una muesca y recordarnos a ambos otro año más en el que comemos, dormimos y convivimos, sin tener el mínimo respeto por mirarnos a los ojos. En estos días grises y fríos, la vida se vuelve un desconocido para mi. Y me pierdo.

Me pierdo en una marisma de sensaciones, que sin atender a excepciones, ni miramientos, me devasta hasta dejarme desnuda, en carne viva, y con las mejillas cuarteadas. 
Pero nadie lo ve. Nadie escucha.

La piel me hormiguea y los pies tamborilean. Me piden algo que no se conceder. Me abrazo a mis piernas desnudas y me pregunto el por qué. Araño y muerdo. Y son rabia y fuego. Y no consigo amilanarme, solo ante la mirada censuradora de lo ajeno controlo mi necesidad de saltar y perderme en la noche.

Profanar tu nombre, como nueva afición y vicio. Fumarme la necesidad y perder mi mano entre mis muslos cuando la noche se vuelve madrugada, cuando la mañana se torna tarde. 

Burlarme de mi misma y faltarme al respeto. Depender de mis exigencias, exigir lo que no es honesto. 

Escribirte lo que jamás debería reconocer. Reconocer que era inevitable y previsible, pero que por qué no, por una vez, limitarme a creer. 

Y quiero volver atrás, de nuevo atrás. A la madrugada y a la noche, al frío y a resguardo de las posibilidades. Miénteme y déjame creer en cuentos de niños y otras ilusiones. 
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Nunca le regalaría flores. No habrían bombones. Incluso dudaba de que se fuesen a coger de la mano. No es que él no fuese esa clase de hombre. Ni ella esa clase de mujer. Tan solo no eran.

Quiso reír, mientras deshacía, mentalmente, las sábanas húmedas entre su piel sudorosa y la visión empañada de lo que quería que hubiese sido y no fue. Yacer, como imperativo a una excusa, rozando la letanía de la necesidad de jadear su nombre y a su vez, no querer profanar algo que se le antojaba ajeno. 

No, no era suyo. No era de nadie. Tenía que dejar ese mal vicio. Era posesiva, quería ser dependiente. Pero cuando tenía lo que quería, solo podía huir, dejando el eco de unos tacones y el recuerdo de una maleta a medio hacer. 

Era un jodido huracán que amenazaba ya desde la primera brisa. Ese ligero soplido dado al pedir un deseo contra un diente de león y ver volar toda realidad. Quería soñar y, cuando lo lograba, todo se tornaba una pesadilla.

Se pasó la mano temblorosa por el labio y difuminó su sonrisa hasta profanar la mejilla. Apretó los muslos involuntariamente y alzó la vista al espejo. No podría seguir permitiéndose esa moralidad desdeñosa. Se mordió el labio y suspiró.

Tomó el pincel con la mano firme y las pupilas dilatadas, tragó saliva y continuó. 

El show debía continuar. 
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Autor desconocido.


Recordaba con cariño los viajes familiares. No por el destino. Ni por la compañía. Sino porque eran de noche. Siempre le gustó fundirse con la carretera y perderse en aquel carril de luces anaranjadas parpadeantes. Hasta que todo quedaba muy atrás. Hasta que la vuelta era inevitable.

No importaba el destino. Podía ser cercano, tan cercano que podría evitarse el subirse a ese coche, a ese autobús, el tomar aquel rodeo entre desconocidos de rostros difuminados. Pero sobre todo, le gustaban los largos viajes en invierno.

Las mesas algo pegajosas de la estación de servicio. Los bostezos desacompasados. El frío azuzando sus mejillas mientras con manos torpes entrecerraba el abrigo. El alba. Quizás entonces, y solo entonces, había comenzado su obsesión por aquel momento del día.
 Con el tiempo había formado un reloj en su interior, de mecanismo silencioso, que solo chirriaba despertando sus cansados párpados cuando el rosado se tornaba añil; y parecía que todo se encontraba borroso, nublado y aún por inventar.
 Era el momento del día en el que todo se le antojaba posible y esa fuerza alimentaba el resto de las horas.

Le gustaba el arrugar la nariz ante el olor acre de la gasolina. No encontrar a nadie más en la carretera. El cómo los faros enfocaban carteles que parecían cobrar protagonismo solo para ellos. O para ella. Nadie más recaía en esos detalles. A nadie parecía importarle nada.

Recostada, sin oír la radio. Arropada con los abrigos ajenos, les olía. Eran ellos. Era ella. Se suponía que eso era una familia. Pero se sentía sola. Solo era ella.

Ella y la carretera.
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En la hora cerrada, señalada como el comienzo, ellos conformaron un final.
En los suspiros perdidos con el primer arrullo del tren ellos se dijeron adiós.
Ella estaba envarada frente al anden pisando con creces la línea amarilla.
Él se mantenía a su lado, fiel, leal, guardián del olor que anida en su pelo.
El alba les encontró, entrelazados, a punto de echar el vuelo.
El amanecer: grisáceo, rojizo, añil, violáceo. El amanecer sintió celos.
En aquel instante ella se perdió en él, él fue a su encuentro.
Durante un momento, fueron eternos.

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Quizás lo importante no era lo que escribiese, sino lo que sintiese al hacerlo, y con ello, lo que pudiese derramar sobre cada palabra entintada.

Encerrada en sí misma las estaciones no parecían detenerse, mientras el acontecer de los días le alejaba y acercaba más y más. Era el devenir de un baile improvisado a medianoche con un desconocido. Y, siempre, le pisaba los pies.

Se rozó los labios aún hinchados. El pulso se aceleraba detonándose, a través de un ballonné-pas, emulando la necesidad que se asía en su interior. Pero era mejor olvidar. Se frotó los nudillos, blanquecinos por la tensión con la que se tomaba las manos. ¿En qué momento había llegado a esa ferviente desazón...? Se incorporó y caminó sin rumbo fijo por la estancia.

Querer huir sonaba como una tentación profana susurrada con voz ronca. Pero era más que eso. Era la necesidad de abandonarse, de liberarse, de perderse.

Sus pies, descalzos y níveos, se mecían por la alfombra en círculos no concéntricos. Era el albedrío de su juventud exultante, desafiando a la razón. Era la premura por conocer, y a la vez, olvidar.

Entrecerró los ojos mientras la luz anaranjada del atardecer se colaba más allá de sus finos párpados.
Quería correr, quería abalanzarse contra el precipicio de sus labios y rebuscar en la maraña de su pelo. Quería tapar su risa con la de él y conformar un nuevo baile; un perfecto assemblé, solo posible si eres capaz de encontrar el compañero preciso. Quería perturbar el silencio con la omisión de su aliento, si aquello implicaba capturarlo en el más tierno abrazo.

Se tendió sobre el papel,  que apostillaba entre pequeñas gotas de tinta dispersas, y solo pudo escribir una palabra aclaratoria, sin condiciones de rendición ni bandera blanca. Era un completo sometimiento a lo que suponía la palabra, y por primera vez, aquello no le avergonzó, sino que la verdad le hizo libre.

Tuya.
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Eran la posibilidad en estado imperativo.
Eran un pasado divergente y un futuro discontinuo.
Eran el ahora estático e inmutable hasta la colisión del segundo siguiente.

Caminaba siempre haciendo equilibrios bajo la cuerda de su destino, sesgando con miradas sus aptitudes, creyendo y midiendo fervientemente sus riesgos. Era una yonki más de la vida, pero no aceptaba la versión adulterada que parecía que el mundo quería venderle. Ella forjaba sus propias normas. Veía, creía y sentía cuanto se podía permitir. Y no era poco.

Por ello reprimió un gemido. Un leve sonido asustado que se atoró en su garganta. Allí estaba él. Allí estaba ella. Y, joder, si algo había aprendido, es que no podía discernir en qué momento el mundo se había vuelto del revés.

Cayendo por la madriguera del conejo. Mantén las piernas abiertas, Alicia, estamos descendiendo. Y no hay inocencia, no hay temores, solo una cerilla a punto de extinguirse entre los dedos.
 Darle nombre sería una blasfemia. Ante ello permanecía callada, mientras se agolpaba su pulso en un nudo que la ataba y sometía.

No había cometido suficientes pecados como para no sentirse profanada y perturbada, mientras la furtividad de sus actos la acometía más allá de donde es posible tocar o acariciar. Era el descenso a los infiernos a pelo, abandonando el Paraíso, no había tiempo de dudas, no podía permitirse hallar a un Virgilio.

Él no sabía quien era ella. Ella desconocía quién podía ser él. Y no importaba. Por primera vez, no importaba. Solo era preponderante la necesidad, la posibilidad, el ahora. Y hasta para eso, ya era tarde.


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Autor desconocido.


Quería regalarle un recuerdo hermoso. Algo que nadie más pudiese darle. Y a su vez, se encontró otorgando algo bello para ambos, un instante de perfección, un atisbo inmenso de pura felicidad. Si alguien le preguntase, sabría que podría decir con total certidumbre que en ese instante, amó.

Hacía frío y arrugó la nariz. La alarma sonó pero el cansancio era mayor. Trastabilló hasta la ventana mientras él comenzaba a notar su ausencia en la cama, y lo vio. Nevaba. Cientos de copos cubrían fachadas y suelos de aquella urbanización que siempre le recordaría a La Colmena de Cela. Cuántas vidas pasaban sin entender que todas estaban conectadas y formaban un núcleo.

A día de hoy, no recordaba otra nevada más que esa. El resto carecía de importancia. Decidieron tomarse el día libre y dedicarse el uno al otro, volvieron a la tibieza de aquella cama, a encontrarse en los brazos del otro. Y ella solo pudo alzar la mano y coger el móvil. Puso una canción. Su canción. Algo que era hermoso y que debía ser compartido. Y no le importaba si otras personas lo escuchaban, pues sabía que no podrían sentirlo igual. No tendría el mismo significado.

Alzó la mano una, dos y más de tres veces. La misma canción incansable, infatigable, mientras el pianista no esperaba propina ni les observaba con ojos juiciosos. Se amaban en ese instante. Y todo era perfecto. Finalmente se durmieron, como dos niños puros un día de nieve. Sin preocupaciones.Sin miedos. Nada importaba. Se tenían. Se amaban. Eran eternos.
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Imagen cedida por José Luis Centellas

Nadie me pregunto. No es que esperaba que lo hiciesen. De hecho sería bastante agradable. Pero nadie lo hizo. La constancia del tiempo me hizo dejar de esperar, y finalmente..olvidé como hablar.

Los días son demasiado comunes. El frío siempre da paso al calor.Y yo, con el paso del tiempo, solo puedo notar como el latido de mi pulso se debilita, mientras soy el objeto de las muecas y miradas ajenas, un despojo lanzado a una cárcel sin barrotes. Soy un ser al que no puedes tratar humanamente porque no está en mi condición.

El arrullo del pequeño riachuelo nunca cesa, como si meciese el vaivén de personas que colindan cuanto puedo ver. Siempre las mismas huellas sobre la arena, protegiéndome de una libertad que es ya imposible ansiar.

Pero mira, detente, una mano amiga que se acerca. Es pequeña, sus dedos son ínfimos brotes de candor y nadie se fija en que ha saltado la norma y se acerca a la bestia. Ella ve. Ella me escucha.
Sus ojos se ponen en mi, y ambos comprendemos esa sabiduría infinita y primitiva. Algo que solo su inocencia es capaz de despertar y atisbar. Quiere sacarme de allí. No logra comprender qué puedo hacer allí, lejos de praderas dibujadas en su mente con colores imposibles, donde el sol siempre es gentil.

Me hace querer sonreír de un modo que es humanamente imposible. Me hace recordar, respirar, anhelar. Me trae calma y paz. Y aunque solo sea por ese instante, puedo sentir que en verdad, alguien ha reparado en mi, y en la sombra de la cerca que rodea mi pesar.

Oí que la llamaban Julia, y bramí en respuesta, como si quisiese con ello presentarme, acercándome al abismo de lo imposible. Ese día hice una amiga.
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The Wanderer Above The Sea of Fog
Caspar David Friedrich

Cayado bajo el brazo, donde el horizonte no ansió jamás posar su vista se encontraba inerte y con el rostro adusto, quien antaño fue un semblante jovial y esperanzado, los restos inservibles y magullados de mi mónada.
El rugido de las olas se afanaba por producir, por emerger, un atisbo de emoción en mi, mientras la espuma y el salitre erosionaban marcando el devenir del tiempo, las oportunidades que como arena entre mis callosos dedos huían para no volver.

Ah, en qué momento me volví un ermitaño del dulce éter de la vida. En qué hora dejé crecer mis cabellos, y mi barba se tornó áspera y espesa. Cuándo empezó a restar importancia la lustre de mi porte. Cuando los ojos grises y cansados del espejo descubrieron la derogación de advertirme.

El tiempo nunca acaeció tan raudo como ahora. Heme aquí, postrado ante la impasibilidad de mi ventura, la fatalidad de mis decisiones mundanas que me llevaron a otear y no avistar. Patriarca y báculo de una familia abatida, soy el fracaso encarnado a esta roca, el molusco sin sabor ni perla, que engarzar propósitos mayores.
Soy la profecía cumplida del oráculo enmudecido, soy cuanto recriminaba con el dedo acusador en mi padre, el motivo del odio hacia el pasado. Y el presente en verdad nunca se me tornó tan angustioso, viviendo a través de los ojos glaucos de un fantasma, veo sus mismos errores en los actos que yo cometo.

Me pregunto, me demando, si mi tormento es símil al que impongo a los que amo, si mis conductas podrían ser justificadas cuando me encuentre descalzo y arrodillado frente aquel, el único, que podría liberarme del manto de mi yerro; si mi desasosiego, podrá ser calmado.

Tan solo ruego, mientras los bramidos impávidos del oleaje airado mecen las cuerdas del sino de mi vida, y el filo de la tijera no parece tan timorato; que aquella calidez que parece abrazar las rocas a la vez que erosiona, devastando a su paso, pueda suponer para mi, esa toque de gracia, ese capítulo no escrito, que mis manos temblorosas olvidaron asir a tiempo.
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¡Buenos días desconocidos y ávidos lectores!:

Hace unas semanas, uno de vosotros me abordó con un reto que esperaba que pudiese realizar, y tras meditarlo y al encontrarme en período de vacaciones, he decidido intentar semejante hazaña.
El reto en sí está basado en un plazo de tiempo determinado, 30 días, con el margen de dos días si me fuese necesario, para subir, en base a las imágenes que me enviéis, un relato por imagen y día.
Puede parecer sencillo, pero para mi supone una nueva forma de superarme, y no quiero decepcionar a nadie Voy a tratarlo árduamente, y veremos, para el 20 de enero el resultado. Podéis adjuntar en los comentarios imágenes que queráis para futuros relatos. Si finalmente, supero el número de imágenes seguiré realizando los textos en base a ellos, no os preocupéis.

Allá vamos.
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Que enrrevesada puede resultar la mente femenina,
Urdiendo sagaces el destino de quienes atormentan,
Irreverentes, quizás maravillosas, de mente turbulenta .
Este es el porqué a todas aquellas preguntas no dichas.
Regocijemonos ante el olvido de los pretencioso,
Explicación no pedida por culpabilidad manifiesta,
Somos extraños y en lo que se tornen las palabras.

Qué razones podría enumerar para realizar la hazaña,
Unas pocas horas bastarían,para en efecto, no lograrla.
En cambio opto por lo imposible, por lo valiente,
Dirigiéndome a un público, de palabra intermitente,
Aludo a ti, desconocido, de mirada ausente,
Rima o no, su propósito está  patente.

Allá va. Se capaz de leer entre líneas.

Dubitativo te hayas imagino o espero,
Escoge bien la intención de tus palabras, no tolero ruegos.
Solo una respuesta sencilla, ya llegaremos a los peros.
Antojos aniñados para momentos desmesurados.
Y no esperes de esto más que lo aparente,
Un instante, una locura, un momento,
No te estoy pidiendo robar tu cordura,
Antes de todo eso viene este entuerto,
Responde bien,si sabes a qué se confiere.

?
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Nadie tenía por qué saberlo. Lo repitió de forma constante como si se tratase de un mantra. Como si con cada palabra susurrada al aire gélido a través de la bufanda deshilachada supusiese un triunfo. Como si azuzase las palabras con un látigo de seguridad y convicción, lejos de la imagen que ofrecía, asustada, ojerosa y temblando. No recordaba un invierno tan frío como ese. Y aún era otoño.

La desnudez de los árboles parecía no turbar a nadie. Se paró a contemplar, en el veinticincoavo otoño de su vida, el camino que había recorrido ,con tanta continuación y vaguedad, que no entendía como podía tornársele distinto ahora que se paraba a mirar. Ahora que prestaba atención a lo que siempre le había parecido insignificante.
Los baldosines del camino estaban partidos, levantados y cubiertos por pequeños brotes de algo más fuerte que el caminar diario de miles de personas.
Ella no era tan fuerte. Quería serlo. De verdad que quería. Pero no era su caso, y lo aceptaba con callada parsimonia.
En los laterales, junto a la pequeña balaustrada de setos verdes y descuidados se encontraban papeles, viejas notas que cayeron de bolsillos ajenos, enseres que un día fueron útiles. Se preguntó si un día ella sería olvidada y despojada de su utilidad, de sus objetivos, de su valía. Si un día, no muy lejano, se quedaría en la cuneta de la vida viendo la suerte de otros pasar, con destellos anaranjados hasta perderse en la gran ciudad, allá donde la niebla no alcanzaba.

Dio un paso más al frente, mientras se acercaba y alejaba más y más. Supuso que en todo juego, había un precio que pagar, y rebuscó en los bolsillos más recónditos de su interior y se encontró vacía. Nunca puedes emprender un viaje con las manos vacías, se reprendió, como si creyese que una voz interna suya le daría la respuesta, como si una compañía invisible fuese a alentarle diciendo: somos dos.
Pero no, el silencio seguía patente en ella, como un mutis como estado emocional, un voto de silencio ante esa expectativa que superaba la realidad.

Para cuando finalmente llegó su turno, no pudo más que darse la vuelta mientras miradas extrañas durante un segundo recaían en su presencia. Y la cola avanzaba. Y ella no estaba en ella.

Para cuando llego a la puerta de su casa solo pudo mirar sus manos desnudas. Introdujo sendas entre los bolsillos del abrigo de mezclilla y sintió el tintineo de las monedas y de las llaves entre ellos. Sacó estas últimas y caminó, caminó sin quitarse la bufanda, los mitones o el abrigo. Caminó hasta el salón y lo atravesó. Y nadie dijo nada. Nadie se extrañó cuando en la comida no hubo pan. O cuando su sitio vacío parecía decir algo que nadie querría descifrar. Fuera lo que fuera.
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Hoy os traigo un poema, de Stephen Chbosky, que en verdad, palabra a palabra, me hizo entender cosas. Cosas sobre mi, sobre nosotros, sobre el mundo en general. Y aunque no puedo calificarlo de propio, me gusta pensar que sí, que en parte el autor sentía lo que yo he sentido, lo que tú has sentido...y eso, nos hace infinitos.

"Una vez en un pedazo de papel amarillo con líneas verdes él escribió un poema.
Y lo llamó “Campeón” porque ese era el nombre de su perro,
Porque se trataba de eso.
Y su maestra le puso un 10 y un sticker con forma de estrella dorada.
Y su madre lo colgó en la puerta del refrigerador  y se lo leyó a sus tías.
Ese fue el año en el que el Padre Tracy llevó a todos los chicos al zoológico.
Y los dejó cantar en el colectivo.
Y su hermana menor nació con uñas pequeñas y sin pelo.
Y su madre y su padre se besaron mucho.
Y la chica de la esquina le mandó una tarjeta para el Día de los Enamorados firmada con una fila de corazones y tuvo que pedirle a su padre que le explique que significaban esos corazones.
Y su padre lo acostaba por las noches,
Y siempre estaba allí para hacerlo.

Una vez en un pedazo de papel blanco con líneas azules él escribió un poema.
Y lo llamó “Otoño” porque ese era el nombre de la estación,
Porque se trataba de eso.
Y su maestra le puso un 10 y le pidió que escribiera más claramente.
Y su madre nunca lo colgó en la puerta del refrigerador porque no había espacio.
Y los chicos le dijeron que el Padre Tracy fumaba cigarrillos,
Y dejaba colillas en los bancos.
Y a veces los quemaban, dejando agujeros.
Ese fue el año en que su hermana tuvo lentes gruesos con marco negro.
Y la chica de la esquina se río cuando él le preguntó que le pediría a Papa Noel.
Y los chicos le dijeron por qué su madre y su padre se besaban tanto.
Y su padre nunca más lo acostó por las noches,
Y su padre se enojó cuando él lloró para que lo haga.

Una vez en un papel arrancado de su libreta escribió un poema.
Y lo llamó “Inocencia: Una Pregunta” porque esa era la pregunta sobre su chica,
Porque se trataba de eso.
Y su profesor le puso un 10 y una extraña mirada firme.
Y su madre nunca lo colgó en la puerta del refrigerador porque él nunca se lo mostró.
Y ese fue el año en el que Padre Tracy murió.
Y se olvidó de cómo es el final del Credo de los Apóstoles
Y él descubrió a su hermana besándose con un chico en el frente de su casa.
Y su madre y padre nunca se besaron o incluso hablaron.
Y la chica de la esquina usaba demasiado maquillaje,
Eso le hacía toser cuando la besaba pero él lo hacía de todos modos porque eso era lo que debía de hacer.
Y a las 3 de la mañana él se metió solo en la cama.
Y su padre roncaba fuertemente.

Es por eso que en la parte posterior de una bolsa de papel el intento escribir otro poema.
Y él lo llamó “Absolutamente Nada”,
Porque se trataba realmente de eso.
Y se puso así mismo un 10 y un corte en cada maldita muñeca.
Y él lo colgó en la puerta del baño porque esta vez no pensaba que pudiera llegar a la cocina."

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Querido amigo:

Te escribo porque lees y no juzgas, porque palabra a palabra voy abriéndome a ti y no huyes ni tuerces el gesto al comprobar lo que ya considero mi alma, desgastada.
Son muchos momentos, muchas ausencias y un sin fin de letras, y no sé si quiero continuar haciendo algo como esto. No sin tener un propósito.

Era febrero y todo empezaba de cero, cortaba los recuerdos de viejas fotografías para quemar resentimientos y probabilidades. Quería aprender a respirar pero no sabía ni cómo dejarme llevar. Siempre he estado buscando, anhelando. Hay quien jamás ha tenido que preocuparse por algo así, pero la carencia que siento en mi interior me insta a seguir reptando, arañando las páginas de cartas de amor ajenas, recorriendo con la mirada lo que son puertas abiertas pero, que con una salida de emergencia luminosa, me obliga a retroceder. No me siento capaz de continuar con esta pantomima.

Te escribo, porque sabes como sé sentir, y como solo creo yo poder hacerlo. De un modo atemporal y utópico, dolido y marcado por el pulso acelerado y la sonrisa distendida. Te escribo porque me alienta tu silencio a la vez que rabio por tus palabras, y sabiendo aun así que eres el oxímoron que anhelo, permanezco estática y anclada a mi misma, incapaz de cambiar lo que creo que me hace especial.

Nuevamente lo volví a sentir, un reflejo en el rostro, una luz que me hizo parpadear, que me inundó suavemente con su calor pero que al caer la noche se disipó dejando patente que no era más que una parada en el camino. Quizás sea eso, una mujer de transición, lo suficientemente embriagadora para asomarse a su abismo pero no para lanzarse a descubrir qué hay más allá, donde la luz del sol nunca ha logrado llegar.

Aún duelen demasiadas cosas. Aún no alcanzo a justificar el porqué de tantas muescas, de las grietas que resquebrajan recuerdos que podrían ser hermosos. Quizás hay algo mal en mi, y no albergo la capacidad de contentarme con algo, de ser feliz. Quizás tu silencio debería ser mi mayor aliado, pues nunca dirás nada malo de mi, nunca me reprocharás nada, jamás me dirás algo que en un futuro me puedas negar.

Y yo te querré, te querré por ello.. y aceptaré mis limitaciones mientras con barcos de papel navego achicando lágrimas camino al fin del mundo.
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