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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

No habíamos tenido un invierno tan frío en más de diez años. O quizás era solo la exageración de quienes no acostumbran a sentir los inconvenientes y asperezas de las cosas que no pueden controlar. 
Me metí las manos en los bolsillos para volver a sacarlas. Estaba inquieta, tenía las uñas destrozadas y el estómago del revés. 

Escuchaba música lenta, quizás con la esperanza de poder amedrentar la ansiedad que había anidado en mi interior y lo había vuelto todo un nido de urraca.  Había objetos de toda índole, recuerdos que quería atesorar y otros que quería olvidar, recolectados a la par. Había sonrisas abandonadas, caricias interrogantes, miradas esquivas, palabras malinterpretadas. Y entre todo aquel ovillo plagado de nudos, cautivos estaban mis sentimientos por él. 

No puedo decir que me extrañase cuando quiso huir. Yo misma me lo había planteado. Era lo fácil. Era lo sensato y razonable. Pero ¿cuándo había atendido a semejante causa?. No, era la Chica Salmón. Siempre nadando a contracorriente. Siempre ajena al margen de riesgo, a las ínfimas probabilidades, apostando por una sonrisa como máxima variable controlada. 

Mi propia calma me sorprendió y me abracé a aquella sensación. ¿De cuántas pesadillas había sobrevivido? No solo eso, me había fortalecido y construido un pequeño camino, propio y seguro. Esos cimientos que yo tendía a ignorar pero que eran un todo. Me había ganado el derecho de estar ahí, de confiar un poco más en mi. 

Alcé la barbilla  y hablé con claridad y seguridad. Temer algo que ya tenías frente a ti nunca había sido mi caso, yo temía la espera. Y aquel momento era clave, era un punto de inflexión necesario. 
Podía seguir jugando a lamerme viejas heridas o pasar página y aferrarme a la sencillez, a las risas, a esa persona en la que me estaba trasformando, una persona a la que apreciaba y quería merecer poder mirar al espejo. 

¿Desde cuándo toda esa fuerza ha estado en mi? Cuando pasó de ser mero carácter intempestivo a tener un cauce, un propósito y un fin. Sentí que lo aceptaría todo, pues aquello no era más que el principio, podía caminar acompañada, pero siempre sería mi propio baluarte, alguien estático en mi vida. Ese pensamiento no me hizo sentir sola, sino esperanzada, fuerte, segura. 

Y quizás por mi experiencia reparando mi interna vorágine, avezada en la anarquía de las emociones me siento capaz de crecer, sin dejar de soñar, aceptando mis miedos y encarando lo que esté por llegar. 

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Escribí con lentitud sobre mis miedos en el vaho del cristal para luego no saber  hacerle frente. 
Es curioso como la vida nos pone a prueba, basándose en las tentativas de nuestras elecciones. Pero no tenemos margen de error, no podemos desmarcar o borrar lo sucedido. Solo encarar la resolución final. 

Es por ello que quizás precisemos de las capitulaciones, el marcar pautas o hitos. Trazar fronteras entre días mundanos y otros especiales. El constatar lo que la memoria puede volver deleble. 

No recuerdo cuándo empecé a escribir, pero sí sé que nunca se me dio bien releer y reafirmar mis propias emociones. En la vorágine de mis sentimientos, la intensidad marcaba el hilo conductor de mis pensamientos, los cuales se deslizaban por mis dedos hasta hacerme ladear la mirada y buscar un final apropiado. Pero nunca lo encontré. Sencillamente eran capítulos inconclusos, desfragmentaciones de una vida sin vivir. 

He vivido toda mi vida en una jaula de cristal. Lo llamaría pecera,pero no tenía agua más que en las lecciones de natación, y costaba sacarme de allí. Hundirme,alejarme de todo,  evadirme. Exiliarme en el silencio acuoso como vía de escape. No, es una jaula. Desde la cual veo cuanto sucede a mi alrededor. A veces logro escapar, a veces alguien logra entrar. Pero generalmente, estoy sola.

Estar solo no es algo negativo. Es una necesidad, es algo que debemos aprender a apreciar. Pero no debe ser en sí una imposición sino una elección. Es algo que descubres cuando esa soledad a la que acostumbrabas se ve perturbada por una persona, y posteriormente vuelves a estar solo. Salvo que ahora te descubres desorientada, luchando contra ello. 

Es por ello, que siempre me he encontrado tranquila cuando me hallo en Tierra de Nadie. Tierra de Nadie es un estado mental, un lugar al que no se puede llegar por elección. Está entre el desconocimiento y la pérdida total hacia el abandono. Son los previos ante la ruptura del corazón y el abandono ante el escarnio de las redes sociales, donde todo el mundo mira, donde siempre hay dedos acusadores escondidos tras palabras de fingido apoyo. 

Tierra de Nadie es ese momento en el que aún no te has enamorado, pero sabes que podrías estar camino de hacerlo. Y te dejas llevar, pero manteniendo cierta independencia. Siendo "yo" y no "nosotros". Porque claro, "él" siempre será "él". Así que tú pasas a formar parte de algo menor a una unidad, no eres un equipo, solo un elemento que cree hallarse en una simbiosis donde el amor es clave. 

Así que ahí estaba, mirando, aún pasados los días,la yema de mi dedo índice. Traidora. Aliada con mis sentimientos, aún trataba de comprender cómo había abandonado mi pecera y sentía ahora la asfixia, el miedo. Bien había intentado volver mis pasos atrás, rectificar enfriando mis emociones; racionalizar todo ello hasta comprender que era subjetivo y por ende controlable. Y erraba. Y yerro. Porque esa misma parte de mi había recorrido el horizonte de su rostro, las curvas de su piel, se había enredado entre los axiomas de su pensamiento. Había querido formar parte de él, y ahí llegaba al nosotros. Esa palabra que solo parecía cobrar sentido para ella.  Y quizás, bajo ese significado, sin ninguna expectativa, pudiese aceptar no estar en Tierra de Nadie. 


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El frío mármol me erizaba la piel desnuda, mientras sentía la humedad residual de los cercos del lavabo. Alcé la mirada ante el espejo aun sabiendo qué iba a encontrar. Pasé el peso de una pierna a otra y exhalé.
Sentía el martilleo de mi pulso cabalgando sobre mis venas, tronando contra mis sienes y mi cuero cabelludo. La impaciencia se aferraba a mi estómago. Y me acordé de volver a respirar.

Descender a los infiernos de su piel, purgar por ser digna de mi misma. No de él. Él era un paraíso tan lejano como yo misma pudiese permitirme.

Ladeé mi cuerpo contra la jamba de la puerta y aguardé a sentir su mirada, a verle encaminarse hacia mi. En ese momento no podía desear más. Curiosamente, segundos después anhelaba todo lo que le seguiría: El calor emanando de sus manos, la intimidad de sentir su piel contra la mía, la ronquera de mi voz preparada para gemir ante su más mínima atención, la gravedad de su mirada instándome a ser más, a darle más.

Quise ser tierna y a la vez voraz. Pero me sorprendió colmándome de atenciones, siendo quien precisaba sin llegar a hablar. Bajo la duda de si ya nos conocíamos hasta semejante punto, nubló mi mente con el primer beso, la primera caricia, el primer mordisco.
Apreté los muslos mientras mis caderas se alzaban, buscando, reclamando, exigiendo. La paciencia nunca fue mi fuerte. Pero él se tomaba su tiempo sin siquiera dejarme verle. Tendida entre nuestro presente y el futuro, me sentía tranquila, calmada, confiando mientras estuviese con él.



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Déjame ser un fantasma de tu futuro, para vivir un pasado y un presente a tu lado. 
Colarme entre tus sábanas y abrazarme a tu cuello, para poder susurrarte en voz baja "uuh" y que tu tibio corazón sienta un vuelco. Llevaré tus largos dedos a mi pecho, y esperaré que sientas la canción que solo tú pareces saber tocar contra mis venas y nervios. Conexiones entre la forma que tienes de mirarme y la respuesta que ejerces entre mis labios. Tú me haces sonreír. Sonreír con un suspiro que anida en mi pecho, la promesa de algo incierto que crece, crece, crece. Y tengo miedo. 


Tener miedo es sano. Pero no al punto en que me conducen mis pensamientos. Así que alzo la barbilla y me digo que no, no esta vez. No con él. 

Adoro verte caminar, descalzo sobre la madera. Siempre de cerca a mis pasos, como si ambos sintiésemos innecesaria toda distancia. Y me obligo a parar, porque las emociones me consumen y sale una pequeña risa de mis labios. 
Te observo hablar, despuntando sonrisas, mirándome con ojos nostálgicos, tristes, hambrientos. Y me obligo a parar. Porque quiero desnudarme ante ti y alcanzar una sinceridad que ni yo misma me permito. Así que suspiro. Y río. Y sé lo que significa todo ello, pero no lo digo. No lo digo. 

Adoro observarte, hasta el punto de volverme callada. Perderme en la noche o la madrugada. Idear infinitas carreteras que nunca desemboquen en la meta. No, no quiero llegar a ninguna parte, solo ir, solo estar, solo con él. 
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Estar aturdido puede llegar a ser normal, hasta que el frío y húmedo miedo se pega a tu nuca. 
Se adentra en tus entrañas y anida, alimentándose de ti. Viviendo a través de ti. 

¿Alguna vez has sentido la asfixia de unas manos ajenas agarrarse a tu cuello? Y alzarte, como si cayeses en tu propio infierno personal. Lejos, muy lejos, de toda realidad, donde anidan las ilusiones no cumplidas, las pesadillas más vívidas, donde papá nunca te querrá acunar. 

¿Alguna vez te han amado clavando en tu cuerpo sus fauces? Y hacerte así creer que no merecías más de lo que has vivido hasta ahora. Como si el amor fuese un castigo en la madrugada, la exhalación abrupta del desamor, desvencijado y desgastado. 

¿Alguna vez te has refugiado en la habitación más pequeña, en el rincón más frío, llorosa, asustada... mientras oías los golpes de ira e impotencia que debían ser destinados a tu maltrecho cuerpo?
Porque tú tienes la culpa, porque no mereces algo mejor, porque...se te acaban las excusas para tu mala fortuna. 

Y las pesadillas no cesan hasta que tornan materiales. Y te sientes vagar, abandonar, sucumbir. 
Los sueños se anclan a tus tobillos hasta hundirte en el arte del escapismo. Y pasas más horas durmiendo que viviendo la realidad. 

Cuéntame de nuevo esa historia, donde todos son felices y se aman, donde todo puede acabar bien. Quiero creerme a pies juntillas las mentiras, los embustes y metáforas, que atesoran lo que me es negado, mientras acaricio con las yemas de mis dedos cicatrices que aún no se han cerrado. 
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El agua seguía cayendo, generando hondas al llegar a su piel. El vapor marcaba la amplia pantalla de cristal que la hacía sentir enjaulada, y a la vez protegida. 
Las sienes latían por la alta temperatura que contenía la tina. Y su mente vagaba en blanco, mientras esquirlas del sollozo caían cual metralla en forma de lágrimas. El dolor la abrazaba y ella sentía nostalgia. 

Se maldijo en silencio, con la lengua emponzoñada por sentimientos a medio exhalar. Había convertido de su nombre su aliento, el aire fraudulento con el que engañaba a sus velas a medio navegar. 

Y ahora se hundía y alejaba, a la deriva de toda certidumbre. Sabedora de nada, jugando solo con la carta de la sinceridad, es imposible no perder todas las jugadas. 

Pero seguía huyendo, de su sino, de los callejones del abandono con sabor a cartón mojado. De ver siempre una silueta marchar, o quedar varada mientras los pies emprenden la fuga hacia lo desconocido. 

Se clavó las uñas en el muslo, lo suficiente como para hacerse recordar,para abofetearse y sacudir el dolor y clamar por emerger y respirar. Tenía que sobrevivir. Sobrevivir a todo, sin llegar a dejarse marchar. Era la única persona estática en su vida, nunca podría abandonarse a sí misma. 
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