No sabía cuando la música había cesado, pero en contraposición, el sonido de su exhalación alentaba en ella todo un abanico de posibilidades.
El hormigueo en la yema de los dedos marcaba imperativamente la necesidad de tocar. Pero estática, mirándole bajo aquella luz azulada, aguardaba.
Su pecho se alzaba y descendía mientras sus miradas no se rehuían. Llevaban mirándose a los ojos desde el primer instante, sin nada que esconder el uno del otro. Jamás volvería a ser nada igual para ellos.
La intensidad que emanaba de ambos generaba un nuevo tipo de tensión, algo dispar y atípico que no habían saboreado aún pero a lo que ya eran adictos.
La rugosidad y aspereza del sofá contra sus piernas desnudas se sentía real, cruda, incisiva. Era un grito ahogado en la garganta que clamaba por eliminar aquella nimia distancia.
Sentía que estaba al borde del precipicio, y a su vez, en la cumbre de un volcán. La luz se tornaba carmesí, aquel era el principio del fin.