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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

No sabía cuando la música había cesado, pero en contraposición, el sonido de su exhalación alentaba  en ella todo un abanico de posibilidades. 

El hormigueo en la yema de los dedos marcaba imperativamente la necesidad de tocar. Pero estática, mirándole bajo aquella luz azulada, aguardaba. 

Su pecho se alzaba y descendía mientras sus miradas no se rehuían. Llevaban mirándose a los ojos desde el primer instante, sin nada que esconder el uno del otro. Jamás volvería a ser nada igual para ellos.

La intensidad que emanaba de ambos generaba un nuevo tipo de tensión, algo dispar y atípico que no habían saboreado aún pero a lo que ya eran adictos.

La rugosidad y aspereza del sofá contra sus piernas desnudas se sentía real, cruda, incisiva. Era un grito ahogado en la garganta que clamaba por eliminar aquella nimia distancia.

Sentía que estaba al borde del precipicio, y a su vez, en la cumbre de un volcán. La luz se tornaba carmesí, aquel era el principio del fin.
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Aquella noche dormí lo que no había logrado en una semana. Pero me negué el derecho a soñar, por miedo a que las pesadillas clamaran por sangre. 
Me recosté compungida, herida más allá del orgullo, en ese pequeño rincón donde anida el anhelo. 
Desde niña, había sentido en mi espalda la sombra de una ensoñación, como si pudiesen nacer dos alas, las cuales a veces eran solo la raíz de su magnificencia, y otras todo un horizonte de posibilidades. Me acunaban y alzaban, me arrullaban y protegían. Para mi eran tan reales como el aliento que notaba salir de mis labios y definía como mío. Qué pocas cosas eran mías...
Y entre las sábanas, note como aquella sensación perecía. Me encontraba desnuda, sin plumaje ni impulso al que aferrarme. 

Me había atrevido, por primera vez en ventinueve años a pedir lo que quería, a alzar la mano y querer cogerlo. Y no había sido suficiente, había dejado de ser el Sol para tornarme en un desgraciado Ícaro. 
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El insomnio había vuelto a anidar en mi cama, pensé. Aunque quizás con escasas tres horas pudiese funcionar el resto de los días venideros, sabía que aquello me pasaría factura.

De mis auriculares emanaba rítmicamente Rubber ring y sentía que el mundo estaba en consonancia con el marcado pulso que hacía vibrar la vena de mi muñeca.
El pequeño y fiero gato negro tatuado, parecía respirar a través del compás del constante bombeo en mis muñecas. Era una clara declaración de intenciones: Estoy viva y presentando batalla.

Me abracé a la almohada y deseé encontrar más en ella de lo que me podía ofrecer. El reflejo anaranjado de las farolas se colaba en la habitación reflejándose en la pared. Sabía que no podía dormir con luz, pero encontraba paz en ver como se conformaban formas abstractas surcando el techo y luego mi contorno.

You are sleeping, you don´t want to believe...

Me fundí con el calor del silencio entre una canción y otra, y Asleep se hizo eco, como si una pequeña ventisca irrumpiese entre mis mejillas y me recordase el frío que horas había sentido. Mi cabeza iba y volvía a aquel momento, haciendo que me hundiese aún más entre las sábanas.

Don´t feel bad for me, I just wanna to know...

Y por primera vez no era así, no quería saber, solo dejarme llevar.
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El día se escondía y no había tiempo para contemplar atardeceres. Llegaba tarde, demasiado tarde para algo que había estado anhelando en mi fuero interno.
Sabía que aquello era una ensoñación. Solo por el mero hecho de que ese tipo de situaciones no casaban conmigo. Viernes noche, corría arreglada en demasía para la situación. Situarse entre un tumulto de gente no requería especial dress code, pero me había convertido en lo que antaño era objeto de mis burlas.

Me paré a tomar aire sobre el Puente de Segovia, a pocos metros de mi destino. El aire era frío y chocaba contra mis azoradas mejillas. Sentía tan real la punzada en las costillas, que me hizo olvidarme de que nada de aquello era más que un sueño.
"And you give yourself a way...."- sonaba a través de mis auriculares. No necesitaba otro impulso para terminar de descender el pequeño tramo que quedaba.

Con las luces apagadas y el balanceo de cientos de personas moviéndose, miraba estática un punto
fijo. Concentrada en mi respiración, miraba la oscuridad romperse por un rasgueo de guitarra. Dos baquetas que entrechocaban rítmicamente elevándose entre el griterío. Y ahí estaba el latido. Un pálpito enérgico y constante, oculto a oído inexperto, pero que lo encontrabas si buscabas.

Y sin saber cómo todo ya había llegado a su fin. No podía recordar más que el comienzo, y ahora caminaba aferrándome a mi abrigo, dejando a la muchedumbre dirigirse a la salida, observando los sedimentos que el concierto había dejado en el suelo. Siempre había apreciado más los finales que los comienzos, por muy aciagos que fuesen. Eran sinceros.

- ¿Por qué llevas ese estúpido traje de conejo?

Me giré al oír el susurro tras mi espalda, donde ya no quedaba nadie. Nadie salvo tú, oculto bajo una capucha, con las manos ocultas entre los bolsillos, encogidos los hombros. A la defensiva de alguien demasiado roto y magullado como para rendir batalla.

- ¿Por qué llevas ese estúpido traje de humano?

Y al decir aquellas palabras, supe que estaba descendiendo por la madriguera de conejo, en la que el tiempo no transcurre al igual que el resto de los relojes. Quizás por eso nunca llevaba uno, pues era un sinsentido medir lo imposible, lo improbable. Quise sonreír pero las lágrimas eran más poderosas.

Estaba perdida y no lograba despertar.
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Te imaginaba yaciendo sobre una cama deshecha, abrazando el edredón tu tibio cuerpo. 

La casa, en silencio, solamente era perturbada por el suave eco de tu respiración, y yo, aún sin saberlo, era capaz de sentir la calidez de tu aliento.

Al imaginarte era inevitable sentir de nuevo como besaste mis mejillas, como me protegiste de algo que no entendía, ni sé ahora nombrar. Pero me sentía a salvo. Confortable contra el calor que emanaba de tu pecho. Procurando calmar el temblor de mis manos que asían tu manga, pero clamaban por tu pelo.

Te imaginaba yaciendo en la oscuridad sempiterna, fisurada por la luz anaranjada que las farolas proyectaban a través de los ventanales, parpadeantes por el ramaje de los árboles meciéndose al viento. 

Efímero y sosegado, en calma aparente, soñando. 

¿Cómo colarme en tus sueños, cuando tú te has anidado en el espectro de mi delirio?

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Atropelladamente, una sonrisa emergió en mi rostro aquella tarde de enero. Y quise creer, que quizás se había cumplido mi deseo. Algo que no me atreví a pronunciar. Algo que no era certero. 
La fugacidad del sentimiento se instauró de mis dedos a mis labios, de mis labios a mi pecho. 

Hacía frío pero mi estómago era puro nervio. Y asiendo los cordones de mi gorro, llegué en tu búsqueda, y tú me retuviste junto a tu pecho. Y así creí que aquel momento era perfecto. 

Pero la fugacidad del sentimiento hizo banal mi determinación, y las palabras huyeron, desatadas por emociones, prisioneras de mis miedos. 

Quería decirte tantas cosas. Y no me atreví. Tenía la mirada perdida. Pero aún así te vi. 

Los latidos de mi corazón son un estático tartamudeo que quiere asir tu mano, como solo una vez pude hacer,apretarla con seguridad de hacerte saber que te había encontrado.

Aun siendo solos dos desconocidos, permíteme asegurarte que no miento, cuando digo sin duda alguna, que no soy en absoluto como el resto. 

Como relatarte, que nos besamos donde nació la expresión "Irse al quinto pino", donde los amantes huían al extraradio para quererse sin ser vistos. 

O antojarseme afirmar con seguridad que eres mi primer pensamiento, ese al que te aferras deseando dormir de nuevo, y, con suerte, soñarlo.

Pero bajo la mirada, y asiento. Procurando mantener el silencio. Perdida en cientos de pensamientos y decisiones contrapuestas. Desde el primer momento en que puse mis ojos en ti, y en mi cabeza sonó un frágil y certero...
...hello stranger
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No me pongas puntos suspensivos
Que me imagino los lunares que no conozco
Mapas astrales de lugares improbables
bajo el cielo, sin estrellas, de Madrid

Quiero llevarte al fin del mundo,
para desde la cornisa asomarnos,
señalar con el dedo surcando tu piel,
el camino prefijado a recorrer.





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