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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

 Han sido muchos, muchos años, escribiendo y abriéndome a través de este blog, siendo desgarradoramente honesta hasta el punto de resultarme casi imposible leer algunos de los fragmentos que hay aquí. 

La idea surgió de un amigo que no siguió la pista de mis palabras, al igual posteriores amigos no supieron mostrar su apoyo.  Finalmente me rindo, tanto a continuar con el blog, como ser comprendida por otras personas y finalmente con mi enfermedad. 

No tengo a qué agarrarme, no quiero seguir nadando contra la corriente. 


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Tentativa de suicidio al caer la noche,

Bordeando sus posibles dicotómicos,

Esperando que silbe cual copa desnuda,

Como si mi dedo húmedo no bailara solo. 


Y la soledad andrajosa por tantos años juntas,

Asoma como si fuera una desconocida,

En una habitación en la que ella consume todo el aire

Y mis uñas se clavan en los bordes de mi colcha. 


Media vida contando los días para que todo acabe,

Porque todo capítulo aciago tiene su final,

Y solo te instan a resistir, perseverar, sobrevivir.

Nadie te prepara para que un día sentencien 

que así será por siempre tu vida, sin escape posible.


Y te dejan marcada con una etiqueta y sin respuestas,

Y cuando más sabes, más quieres olvidar,

Porque estás enferma de algo que te roba y mata,

De un modo que nadie te enseño a temer. 


Sola, está enfermedad te deja sola y desamparada,

Y miras tu mano llena de pastillas buscando motivos

Motivos para no hacerlo

Motivos para hacerlo 


Y ya no crees que nadie vaya a llorarte,

Ni que haya buenos momentos para recordarte,

Solo dejarás tras de ti la colcha arrugada, 

Mientras pasas el resto de tu vida en una caja de pino,

Atrincherada con el aliento helado de tu soledad. 


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Se había puesto la alarma. Sin mirar el día, sin mirar el tiempo. Había programado el despertador muy pronto, cuando aún era noche cerrada y el sueño era profundo. 


Estaba despierta antes de que emergiera el sonido, a través de su móvil. Lo habría apagado antes, pero no habría molestado a nadie, no había nadie cerca que despertar. Y aun así, infundada por el silencio y la oscuridad, se vistió alumbrada solo por la pequeña lamparita de mesa. Ropas sencillas, ropas que no la definían especialmente igual que no definen a nadie, solo nos convierten en un conjunto que opta por la funcionalidad. No se miró al espejo antes de salir de la estancia, consciente en que no sabría bien reconocer a la persona que se mostraba frente a ella. Se puso el abrigo y palpó el bolsillo para asegurarse de que estaban las llaves, después dio unas palmaditas como si le reconfortara. 

La calle era un amasijo de hormigón y adoquines teñidos de tonos anaranjados. La realidad se deformaba, prisionera de aquella oscuridad solo desvirtuada por las intermitentes farolas anaranjadas. Habían empezado a poner algunas con luz led, de un blanco cortante que le recordaba a la sala de esperas de urgencias. 

Hacia más de un año que no estaba en urgencias, que no estaba por los motivos propios que se podría esperar de ella. Aquellas navidades habían marcado un antes y un después. No es que hubiera aprendido la lección, no es que hubiera encontrado un motivo por el que vivir, no es que tuviera valor la promesa que le hizo a su madre. No. Sencillamente, no era tan fácil morir si eras una cobarde. Porque si lo eres, no tienes muchas opciones para llevar a cabo tu empresa. Había aprendido muy de niña que cortarse en el lugar preciso y con la fuerza precisa no es tan sencillo como muestran las películas. Y lo más fácil es que te hagas daño, necesites puntos y temas una infección. Por otro lado, estaba la opción de ingerir pastillas. Ese siempre había sido su método favorito. Cuando tienes un tratamiento psiquiátrico tienes acceso a medicamentos, y a veces incluso optas por medicamentos genéricos para aumentar el daño. Pero el cuerpo es sabio y tiende a inducir el vómito y cuando no....o te duermes o te entra el pánico. Aquellas navidades había estado dos veces en urgencias, estaba decidida a lograrlo. Pero, la última, la última fue especial. 

Había tomado todo lo que había podido, y cuando el malestar fue mayor de lo que esperaba, se acercó a su madre y le dijo que había cometido una estupidez. Porque no esperaba que su cuerpo doliera de aquella manera, irradiando una protesta por todo su organismo. Y en ese momento pensó que quizás aquello no le mataría, pero sí le dejaría peor. Acudieron al ambulatorio y allí activaron el protocolo que ella bien conocía, salvo que en esta ocasión no estaba sedada, no eran los mismos medicamentos, y cuando le metieron la sonda y la tuvo en su cuerpo desde el estómago hasta la boca durante horas y horas, supo que no podría volver a lidiar con ello nunca más. No podría volver a estar en una planta que acogía a decenas de pacientes y que no tenía divisiones. Toda la noche bajo la luz blanquecina y mortuoria, parpadeando en algunos rincones y zumbando sobre sus oídos. No lo suficientemente alto, como para tapar los comentarios inapropiados de un chico que, menos lejos de lo que a ella le habría gustado, yacía amarrado a la cama, pero sin vigilancia. No, no volvería a tomar aquello ni nada más. 

Y en el tiempo siguiente la vida le había llevado al límite, ese límite de quien ha estado antes allí pero no ha sanado lo suficiente como para alejarse. Y en oleadas, chocaba con el abismo y este se tragaba un poquito más de ella, generando una constante pérdida que se confundía con el abandono personal. Había pensado decenas de veces en suicidarse, pero ella misma sabía que para hacerlo era una cobarde. Y estaba bien con ello, se aferraría a su cobardía como excusa para seguir viviendo. 

Y el negro se peleaba con todos los colores posibles, mientras enmarañados se escondían para volver a resurgir. No era como el atardecer, certero, hermoso, predecible aunque nos maravillase siempre con algo único, como si quisiera superarse. No, ese momento, era el más oscuro de toda la noche, como si se resistiera a ceder su turno, su espacio, su propia belleza. Y entonces el mundo se paraba, todo se volvía de un azul onírico y perecedero. Y ella quería que el silencio emergiera en aquella ciudad, como los campos en los que el sonido del rocío goteando era una sinfonía, y que el azul les abrazara, les abrazara en un capullo, una crisálida que prometiera algo nuevo, algo diferente, un nuevo día. Un nuevo día de verdad.

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Querido lector, que escucha en silencio y solo deja un pequeño rastro amable, dejando la constancia de que estuvo, de que esto no es en vano…

Siento que debo explicarme, manifestar los cambios que ha sufrido este blog los últimos meses. 

Tras pasar años acumulando polvo y telarañas digitales, algo bueno llegó a mi vida y me instó a escribir. Albergó en mí, esperanzas que incluso plantearon estudiar escritura, hacer de esta vía de escape algo más. 

También trajo consigo las preguntas, el hostigamiento de quien no sabe qué cajones debe abrir y qué desorden deja tras de sí. Me enfrenté a todo lo que había tratado de reprimir, de contener. Todo a la vez, todo sin las herramientas necesarias.

Intenté escribir para encontrar un modo de vaciarme, de hallar cierto equilibrio, y solamente me encontré recordando detalles que creía olvidados y reviviendo en soledad capítulos de mi vida demasiado tormentosos. Te pido perdón por mis últimos relatos, no sé si es algo que mantendré en el blog, siento demasiado expuesto mi dolor. 

También debo incidir en que no escribiré más sobre una figura idealizada, porque permites que en las fisuras de su inexistencia se cuelen fantasmas y corrompan todo lo que pudiste amar de ello, hasta el punto de que la podredumbre forma parte de ti y te señala, acusador, como el origen de ello. 

No, se han acabado las historias de amor.

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 Reproducir: Nothing is gonna hurt you baby - Cigarettes after sex


Yacía inerte en un sofá del que no recuerdo su color, su olor o si siquiera era cómodo. 

Yacía inmóvil mientras escuchaba una canción que amaba y creía especial, una canción que siempre me había brindado protección, y me dolía respirar. Me asfixiaba el aire ajeno en aquella estancia mientras un desconocido se duchaba en la habitación anexa. 

Tenía los miembros pesados y la ropa húmeda. Había llegado al límite del dolor y solo me dejaba flotar a la deriva. Dicen que la locura es repetir varias veces el mismo acto esperando un resultado diferente. Supongo que algo había cambiado, pero no lo suficiente. 


El día anterior había sido un viernes de julio tórrido y seco. Trabajaba con acceso a una piscina y eso, aunque parezca inconexo, había acabado derivando en una cita aquella misma tarde, con un desconocido online. 

Siempre he sido precavida, me he priorizado y tomado mis tiempos. También he sido tachada de egoísta, de narcisista, de infantil. Así que quise dejar de desaprovechar oportunidades y no tener miedo a vivir. No negarme a lo desconocido iba a conducirme al mayor tiempo que he pasado diciendo que “no”. 

Así que opté por ropa cómoda, nada provocativo, y un bañador de estampado infantil. Si le gustaba tendría que ser por quien era yo, no había margen para el error. 

 No recuerdo su cara, no recuerdo su voz…aunque sí le reconocería cuando meses más tarde me dijo en un autobús que le gustaría repetir lo de aquel viernes.

Recuerdo el miedo, la constante negativa, que me desnudaran… cuando jamás un hombre me había desnudado, siempre habían esperado que yo lo hiciera. Recuerdo los ladridos al otro lado de la puerta, recuerdo ladear el rostro hacia la ventana y llorar mientras se me atascaban todas las negativas que podía proferir. Recuerdo la brevedad y aún así su sonrisa. Recuerdo cómo tan rápido recuperé mi ropa él me empujó a la salida y que en breves minutos entraba sola en el metro, ante su mirada a mis espaldas, como si temiera que hiciera algo. 

Recuerdo el sentarme perdida y pedir ayuda al único amigo que me cogió la llamada. Pero culpabilizada y amonestada llegaba a mi parada. Ya no lloraba, yo lo había provocado, yo no había sabido manejarlo, yo podía enterrarlo hondo en mi cementerio de errores personales y negar que algo así pasara. 

Llegue a mi cama, y aún en bañador me zambullí entre las sábanas, a tiempo de ver un mensaje. Nuevo rostro, nuevas oportunidades, quizás la cabeza del lapicero afilado, presto a borrar lo recientemente vivido. 

Hablar de trivialidades, quedar para ir al teatro. Pasar a recogerle, porque eres fuerte y feminista, una mujer empoderada. Tener cinco minutos de conversación y volver a caer por la madriguera de conejo, mientras sus manos tratan de hurgar dónde jamás han sido invitadas . Le paras, pero él quiere continuar. Quiere acabar. No te deja opción, no hay escapatoria. Y se derrama contra tu ropa, marcándote, cosificándote, denigrandote. No hay cabida para el amor, simplemente te quita cosas, cosas que no sabias que debías proteger. 

Te limpias como puedes en la cocina mientras él se ducha. Ha puesto un vinilo y esa música duele tanto que sientes que jamas olvidarás las últimas 48h. 

Te tiendes inerte, a la espera. La puerta está cerrada con llave, pero no sabes dónde están estas. No hay perros ladrando, pero tampoco sientes que haya escapatoria. Así que esperas, húmeda y sin darte permiso a llorar. 

No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que me permití el poder llorar…


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 Siento las sábanas frías y arrugadas bajo mi cuerpo nervioso y caliente. No encuentro calma y el aire trata de escaparse incómodo ante esta conversación. Mis dedos surcan mi piel con decisión, como si pudieran despojarme de este sentimiento incierto. Mis pensamientos se amontonan contra mis ojos, contra mi garganta… presionan instando pequeños aguijonazos que una vez deriven en llanto, estaré perdida. 

El llanto viene por oleadas, desigual y salado. Se enardece altivo y duele, duele más de lo que las palabras me permiten contener y expresar. Pero lo intento y yerro, y el error conduce al descontento, al conflicto, a la pérdida y el abandono. Y me arrullo y reconforto, acuñando un ser que no es la niña que veo en mi reflejo, sino una cáscara envejecida y amargada por los años, un fruto que nunca tuvo el gusto esperado. 


Mi cuerpo está resquebrajado, plagado de grietas que de forma inconexa han terminado por formar un sistema nervioso plagado de tumores que no permiten detectar si hay territorio sin condenar. Y el dolor transversal defenestra las emociones y la razón por la ventana de mis ojos, sin permitirme dejar de llorar. 


Y con cada lágrima sentenció cualquier posibilidad de ser feliz, garantizando todas las que vendrán a posteriori fruto de ese desencuentro. ¿ Cómo aprender a dejar de sentir, de llorar, si al hacerlo pactas con la parca por un mal mayor ? 

Porque mi vida siempre supone el retroceder progresivamente a una casilla aún más alejada que cualquier otro comienzo dado. Das un paso y te arrebatan dos. Salvo que no lo hacen, tú eres tu único verdugo y juez. Y te odias en el proceso de autodestrucción que no recuerdas como comenzaste. 


Quiero rendirme, quiero despedirme y claudicar. Quiero recibir un castigo del que no pueda recuperarme y quizás en el último momento, por fin, encontrar algo de paz. Quizás sea en ese último sueño en que el dolor se vea consumado y solo quede el humo final. Y entre las cenizas acostarme, hecha un amasijo de emociones desmedidas y heridas auto proferidas. Buscar los últimos restos de calor y dejar que mi propio estertor me arrulle hacia un desenlace demasiado dulce para lo que merezco.



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 Siempre había tenido una mente peculiar. No sabía bien si se debía al devenir de situaciones atípicas que habían azotado su vida, como olas erosionando y dando forma a su paso. Y en su fuero interno, se detenía a acariciar
la rugosidad punzante de su mente, un entorno que incluso se había vuelto hostil para ella. En esos momentos lloraba queriendo abrazar a su niña interna y protegerla...sin saber que jamás había dejado de ser esa niña, solo se había calzado zapatos diferentes.

Su vida adulta se medía por una sucesión de amantes y no de logros personales. No es que no hubiera conquistado ciertos aspectos de su temprana madurez, sino que en su memoria no se tornaban tan relevantes. Mediocres trabajos, mediocres estudios, mediocres (y pasajeras) amistades. Y al final solo era capaz de recordar dónde había estado en función de la mano que había cogido. Manos esquivas, manos distantes, manos de nudillos tensos y blanquecinos, manos sueltas, manos de las que huir. 

Ya de niña, había sido problemática. Se recordaba a sí misma en ese piso pequeño y helado, llamando desconsolada a su madre. Y aquel ruego acuoso se había quedado remanente en su pecho, haciendo eco una y otra vez. Nunca había sido capaz de callarlo. 

No es de extrañar que la niña conflictiva se tornase en una adolescente difícil. Y con ello, que la terapia y la medicación se volvieran una constante, una pesada manta que cubriría su cuerpo, sus párpados, su mente. Y a ciegas bajo ese pesado manto, empezaba su vida adulta, con decisiones como qué profesión elegir o con quien querer acostarse. Cómo saber qué se quiere ser de mayor cuando uno mismo no se ve reflejado más que como un infante. Cómo entender lo que es acostarse con alguien cuando solo quieres robar unos minutos de cariño a expensas de la entrega y renuncia que supone. Así que cuando veía que el amor prometido no llegaba, solo ladeaba el rostro a la espera de no sentir aquello que certeramente sabía que no era amor, sino la acritud hecha besos, caricias que eran demandantes e instigadoras, manos de tacto desconocido que te disponían y colocaban a su placer, cual muñeca inerte cuya única función es sonreír. 

Y esa muñeca, remendada y envenenada, debía convertirse en un adulto funcional. Debía hacer muchas cosas, alcanzar grandes hitos, y con premura, pues debía recuperar todo el tiempo que había perdido desviándose de ser normal. Una normalidad que desconocía, pero que tampoco anhelaba. No sentía envidia de esas vidas, solamente anhelaba algo, ese eterno eco que vibraba y palpitaba en su interior clamando por el cariño no dado. 

Creyó encontrar ese amor en un nuevo desconocido. Sus manos se mantenían cercanas a las de ella, desenmarañaban telarañas, nudos de lo que antaño fue la manta que la cubría y ahora solo era una crisálida para la que no estaba preparada a salir. No habían alas, seguía siendo una niña a medio hacer incapaz de caminar por sí misma. Él la examinaba buscando sus heridas y besando cada golpe, amortiguando cada reincidencia. Ella se deshacía en sus manos, él quería que ella corriese, ella apenas se tendía en pie. No sabían encontrar un punto intermedio. Él se desesperaba, ella lloraba, él comenzaba a odiar su llanto. Él se alejaba y ella le seguía, hasta que él volaba y ella le veía alejarse. Él volvía, capaz de lidiar una nueva batalla contra aquellos demonios, y ella se ilusionaba y volvía a dejar que aquellas manos se aferrasen a ella. Manos que le desnudaban, manos que ahondaban en su cuerpo, manos que pasaban a ser sus propias manos y que en aquella inmensidad ambos se volvían infinitos. Pero entonces destapaban nuevas heridas, como un devenir constante de infortunios, y él la miraba, consciente de la causa perdida, del cuerpo corrupto, de la necedad de sus sentimientos. Y las manos se alejaban, las manos ya no le llamaban, el vacío se hacía mayor, el eco percutía su pecho clamando por él, solo  por él. 

Creyó encontrar el amor y cuando lo supo....supo también que no podría retenerlo, que lo había perdido incluso antes de encontrarlo, que el amor de su vida solo serían sesenta y cinco oníricos días. Quizás menos incluso. Quizás sencillamente todo había sido una dulce mentira que ambos se permitieron creer.

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