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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒



Portrait Alexa Chung, by Unknown



No lo vio venir, cuando al ir a dejar el abrigo, en ese tipo de fiestas donde conoces al dueño pero jamás has estado en su piso. Y ahora, estaba a oscuras en una especie de armario. Un cuartito de dimensiones escasas y donde una mano blanquecina y nívea de uñas lacadas en rojo granate le había apresado.
Debería tener miedo. Pero allí estaba. Cortando el silencio con el sonido de su respiración, y el suave mutis de ella.
Quiso preguntar y no pudo. La bombilla que colgaba, aguardando aún una pantalla que le vistiese, se balanceaba alejándose y acercándose. La oscuridad pertrechaba la estancia salvo la rendija anarajada que remarcaba la salida. Estaba al alcance de su mano, tan solo tocar el pomo y el telón se descorrería. Pero quiso jugar. Y aquel, era un juego de dos.

Él dio un paso hacia delante, y ella quiso concederle el baile. Sus brazos se introdujeron bajo el abrigo y notó su pequeña calidez, la suave caricia que se hacía paso a través de la tela. El abrigo cayó. Y empezó a contar prendas.
Sus manos ágiles bajaban cremalleras, mientras se afanaban en memorizar los pliegues de su piel, las marcas invisibles, el contorno de una figura que deseaba.
Y ella clavó el tacón en el suelo. No quería andarse con  miramientos, estaba en su límite y alzando la mano, enredando los finos dedos en su pelo, clamó con un suave tirón por sus labios, rodando la boca de ella hasta cubrir por completo su boca.
Provocativamente su lengua danzaba desde las comisuras hasta las profundidades, como una ola erosionando su boca. Quería dejar una huella indetectable. Quería marcarle con cada acto, tras cada palabra omitida.

Era la cadencia implícita mientras se arqueaban para aproximarse, mientras el anhelo aún era exacerbado, mientras la punzada de deseo llegaba a un punto álgido derivándose en un jadeo.
Él no pudo contenerse y tomó sus muñecas con fricción, apresándola, evitando que cambiase de opción.
A cada acto su nombre se grababa en ella. No en sí las palabras, sino cuanto podía significar. Eran dos desconocidos devorándose entre expectativas y besos fugaces, con el aliento cortado en el cuello del otro, con marcas de dientes sobre la piel desnuda.

Quiso ahondar en ella, prometer cosas sin sentido le sería imposible, y esa necesidad le perturbó. Allí solo estaba él y la oscuridad y ella y sus intenciones. Y todo parecía tener un misterio delicioso que le hacía clavar la espalda de ella contra las prendas colgando tras ella, mientras sus sudores se cruzaba y las medias de ella parecían formar una carrera contra el tiempo.

Al finalizar no se abrazaron, no cruzaron nombres ni promesas vacías. Ella le dio la vuelta con suavidad y salió de la estancia. Se alejó escaleras abajo de la casa.

Dicen, que él aún la busca. En cada beso compartido, en cada mirada fortuita, en cada noche robada.

La perfección del momento, cuando todo era posible, cuando nada era certero. Cuando el dolor aún era un desconocido que no se había unido a ellos.

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Autor desconocido


En la vulnerabilidad de la mirada, en la afabilidad de las acciones, en la simplicidad de lo omitido, en la perdurabilidad de las palabras. El carácter humano siempre está expuesto y nuestro libre albedrío supone nuestra ventaja, el desafío impuesto a través del tiempo, la piedra con la que nos obligamos a tropezar, el error del que nos negamos a aprender.

Caminamos bajo el mismo cielo, y abogamos por ser diferentes. Creemos en nuestro propio cambio, pero sentimos el impulso de desobedecer nuestro raciocinio, de sucumbir ante nuestras pasiones. Y cuando lo hacemos, en verdad somos nosotros mismos.

Queremos poder comprender los misterios que conforman nuestra existencia, pero necesitamos esa complejidad. Somos incapaces de sobrellevar una rutina que se nos torna tediosa y, ante ello, buscamos el modo de salirnos de las líneas del dibujo, y colorear cada espacio en blanco.

Los hombres, somos seres caprichosos de voluntad cambiante. Amamos, odiamos y tratamos de olvidar, como último consuelo ante los errores ajenos y propios. Nos obligamos a creer, a mendigar entre nuestras ideas, en pro de un bien o mal absoluto, queriendo creernos marionetas de fuerzas mayores a nosotros mismos. Y en el fondo, clavado en nuestro interior reside la verdad, pero nos asusta ese poder. No estamos preparados para esa libertad.

No nos juzguéis, pues, por equivocarnos, y no por acertar. No borréis nuestras huellas, pues eso nos ha llevado a ser quienes somos, el pasado conforma la seguridad de alcanzar un presente, de soñar con un futuro.
No alcéis vuestra mano en nuestra contra, acusándonos con el índice desnudo y erguido. Somos quienes somos, y el único error sería mostrar vergüenza o remordimiento por ello.

Podemos mejorar, pero no cambiar quienes somos. Somos acierto y fracaso, una historia contada con el paso del tiempo a nuestra espalda, con vuestro silencio y diligencia como testigo.
El niño que aprendió a valerse ante la mirada ausente de un padre. 


Somos vuestro legado. 
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Claude Chabrol- Alice or the Last Escapade


Podía pasar horas contemplando su reflejo, consciente solo del paso del tiempo por la luz que se reflejaba en su piel e iba variando a medida que el día transcurría. 
Sus cabellos rizados entornados alrededor de sus menudas facciones parecían florecer queriendo dar paso a la primavera de su belleza.

Sin embargo, desde que tuvo conciencia de su propia mortalidad, trató de huir de ella evadiéndose de la realidad, mas el reflejo de aquel espejo siempre la atrapaba, cautivaba, e interiormente, creía que sustraía su juventud aletargando así cada día su paso, su respiración y determinación.

Alice se había vuelto una efigie viviente que pestañeaba levemente ante la mirada anodina de su reflejo. 
Consternados, sus progenitores no pudieron hacer más que, en medio de la noche, quitar todo rastro de lunas, espejos o símiles que pudiesen perturbar a la pequeña Alice; no obstante, a la mañana siguiente, un grito colérico y desdichado emanó de sus pequeños labios transformando su encantadora persona en una Medusa enfurecida.

No tardó mucho en correrse la voz. Ya se sabe que las paredes tienen oídos, pues el servicio de la familia Winstbury era aún más audaz y veloz si cabe. La pequeña del gran terrateniente inglés sufría de algún tipo de mal o desazón que había provocado que sus padres tuviesen que encerrarla bajo el exilio del ático de la gran mansión.

Cuantiosos jóvenes acudían en pro de ganarse el favor, y sea dicho de paso, la mano de la radiante Alice, pero eran más rápidas sus piernas que el emborronado que sufría su sonrisa al oír la pataleta aún sin finalizar de la pequeña dama.

Una mañana, se presentó un joven. Llevaba un paquete bajo el brazo, y no parecía esperar demasiado con su hazaña. Sus modales eran zafios y sus ropas austeras. Sin embargo, no se amilanó ante el estruendo que formaba aquella pequeña personita que pataleando y alzando los brazos en el aire parecía estar orquestando su propia revolución 

Hasta que lo vio. El muchacho desenvolvió el trapo que salvaguardaba el presente y ella exhaló finalmente con alivio. Ante ella, había un espejo, una luna perfecta, ovalada y enmarcada en madera barnizada. No era de exquisita ornamentación, ni sus dimensiones eran atípicas. Era su reflejo. Alice pudo contemplar que había pintado la superficie de modo que siempre pareciese flotar una neblina, difuminando la imagen, jamás mostrando lo que en verdad se veía. 

Sonrió feliz, pues se sentía liberada. Suspiró, porque alguien al fin la comprendía. Amo, pues había aprendido gracias al muchacho, a amarse a sí misma.


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