Relato 13: El curioso caso del espejo de Alicia
Claude Chabrol- Alice or the Last Escapade
Podía pasar horas contemplando su reflejo, consciente solo del paso del tiempo por la luz que se reflejaba en su piel e iba variando a medida que el día transcurría.
Sus cabellos rizados entornados alrededor de sus menudas facciones parecían florecer queriendo dar paso a la primavera de su belleza.
Sin embargo, desde que tuvo conciencia de su propia mortalidad, trató de huir de ella evadiéndose de la realidad, mas el reflejo de aquel espejo siempre la atrapaba, cautivaba, e interiormente, creía que sustraía su juventud aletargando así cada día su paso, su respiración y determinación.
Alice se había vuelto una efigie viviente que pestañeaba levemente ante la mirada anodina de su reflejo.
Consternados, sus progenitores no pudieron hacer más que, en medio de la noche, quitar todo rastro de lunas, espejos o símiles que pudiesen perturbar a la pequeña Alice; no obstante, a la mañana siguiente, un grito colérico y desdichado emanó de sus pequeños labios transformando su encantadora persona en una Medusa enfurecida.
No tardó mucho en correrse la voz. Ya se sabe que las paredes tienen oídos, pues el servicio de la familia Winstbury era aún más audaz y veloz si cabe. La pequeña del gran terrateniente inglés sufría de algún tipo de mal o desazón que había provocado que sus padres tuviesen que encerrarla bajo el exilio del ático de la gran mansión.
Cuantiosos jóvenes acudían en pro de ganarse el favor, y sea dicho de paso, la mano de la radiante Alice, pero eran más rápidas sus piernas que el emborronado que sufría su sonrisa al oír la pataleta aún sin finalizar de la pequeña dama.
Una mañana, se presentó un joven. Llevaba un paquete bajo el brazo, y no parecía esperar demasiado con su hazaña. Sus modales eran zafios y sus ropas austeras. Sin embargo, no se amilanó ante el estruendo que formaba aquella pequeña personita que pataleando y alzando los brazos en el aire parecía estar orquestando su propia revolución
Hasta que lo vio. El muchacho desenvolvió el trapo que salvaguardaba el presente y ella exhaló finalmente con alivio. Ante ella, había un espejo, una luna perfecta, ovalada y enmarcada en madera barnizada. No era de exquisita ornamentación, ni sus dimensiones eran atípicas. Era su reflejo. Alice pudo contemplar que había pintado la superficie de modo que siempre pareciese flotar una neblina, difuminando la imagen, jamás mostrando lo que en verdad se veía.
Sonrió feliz, pues se sentía liberada. Suspiró, porque alguien al fin la comprendía. Amo, pues había aprendido gracias al muchacho, a amarse a sí misma.

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