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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

Notaba las sienes palpitando, la saliva ácida, el ánimo torcido.
Su ceja arqueada era la respuesta a una pregunta no dicha. Bajo la bata solo estaba su cuerpo maltrecho. Bajo la piel, los huesos astillados. Bajo los huesos la creencia en un alma que había huido de viaje hacía ya demasiado, y que según los altibajos de humor mandaba insulsas y comerciales postales con frases ingeniosas propias de cualquier otro.

No había ninguna invitación pendiente, ninguna botella por abrir. No era fumadora pero la sensación del humo escapando entre sus labios, como si fuese su último aliento avisando de la cercana caída del telón, le reconfortaba.

Y la oscuridad le abrazaba, amante eterna, siempre puntual, siempre cumplidora. Le acariciaba las mejillas y le azuzaba promesas banas al oído. Tensaba sus músculos y desentumecía sus tendones. Era una mano amplia y fría sobre sus caderas marcando su caminar, meciéndole hasta que con las horas..el sueño la atrapaba.
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Si tú quisieses,yo podría.
Si las palabras no bastasen llenaría tus silencios con plegarias en la noche, enlazando mis dedos con los tuyos, postrada bajo tus ojos, abnegada y bebiéndome tus miedos en la penumbra de los recovecos más fríos de la cama.

Si tú quisieses, yo podría.
Y los amaneceres se tornarían en atardeceres, y el tiempo sería una sátira a medio escribir, un cuento antes de dormir esperando el sueño eterno. Seríamos eternamente jóvenes bebiéndonos el aliento entre los labios entreabiertos.

Si tu quisieses, yo querría.
Caminar tras tus huellas un día de nieve, profundizarlas en la arena defendiéndolas de la marea. Sería tu isla personal donde perderte, tu manantial de agua esmeralda, sería el bosque donde recorrer de nuevo los pasos de tu niñez.

Si tu quisieses, yo querría.
Escuchar tus silencios y darles forma entre mis manos. Sombras chinescas en la pared que devoran las posibilidades y las convierten en hechos. Hechos inamovibles, certeros, eternos, un baluarte en el que sujetarte al temer.

Si tu quisieses, yo querría, podría..esto y mucho más.


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Quería respirar, pero tan solo no podía, no sabía, no recordaba como hacerlo.
Estaba de nuevo a solas con esa chirriante voz que desde su fuero interno enumeraba sus cualidades, sus virtudes..oh, para que engañarnos, no había cualidades, no había virtudes. Era una puta buena para nada.
Tanteó los cajones y ahí estaba la promesa no dicha, el torrente de recuerdos que un pequeño reflejo en la penumbra podía dar.
Tenía la sonrisa desdentada, la mirada brillante y asentía casi impulsando su pequeño cuerpo contra aquella necesidad que a latigazos se clavaba en su piel. Sí, en su piel. Lo necesitaba, era el hormigueo incesante siendo detenido, era ella con trece años poniendo en claro sus prioridades y llenando el maldito libro de matemáticas de aquel vino joven y templado con sabor a herrumbre. Era la constancia hacia el fracaso. Era de nuevo una chica llorando en un portal junto a un osito de peluche bajo la lluvia. Sabiendo que el peluche no era suyo. Conocedora de que era el único amigo que estaba ahí, sin serlo.
Era una madre que renegaba de aquel despojo con las cuencas vacías, con el útero vetado. No, no había un donde volver, no existía el significado de la familia, del recuerdo, no había posibilidades tan solo lo incierto.

Joder, simplemente tenía miedo y la voz la engulló. Quedó a oscuras todo. Y se encontró con todos los pedazos de sí misma. Lo que pudo haber sido. Lo que nunca fue. Lo que nunca nadie pudo amar.
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Todos tenemos miedo a equivocarnos, y a pesar de ello seguimos caminando buscando nuestro lugar.

Eso pensaba aquella mañana cuando, ni muy tarde ni muy temprano, Jena se empezó a desperezar en la cama, mientras sus pensamientos se enredaban en el sonido suave de su respiración y la suavidad de las sábanas. 
La luz entraba sigilosa, casi pidiendo permiso colándose poco a poco por cada rincón. Era un día soleado y tranquilo, y poco a poco entreabrió los ojos para volver a cerrarlos.

Rodó ligeramente por la cama y se abrazó a la almohada arrugando la nariz haciendo un infantil mohín. Agradecía esa sensación refrescante al acariciar los pliegues de las telas, hasta que sintió algo fuera de lugar.

No quiso saber si era porque se estaba adentrando ya en un sueño, o quizá ya rallaba la locura. No sería la primera vez que era consciente de cómo su pensamientos y percepciones se alteraban mientras se iba durmiendo aceptando lo imposible como mundano.
Pero ahí estaba, con el pulso ligeramente acelerado, hecha un ovillo bajo las colchas de la cama y con el extremo de los finos y largos dedos rozando algo tibio, suave y que a su vez respondía a su caricia.

De repente,  aquello se aferró a ella, lentamente su mano quedó cubierta; y dado que era un sueño, no tenía sentido asustarse. Simplemente se dejó llevar.
A partir del tacto pudo atisbar que su mano estaba siendo sostenida por otra. Y se preguntó si en los sueños se podía pasear de la mano de un desconocido. Tuvo que repetirse que en los sueños, todo era posible, casi en voz alta, mientras una sonrisa muda respondía a su rezo.

El tirón se hizo más certero.

El pulgar de aquella mano acariciaba su piel con lentitud y dedicación, y no pudo evitar sonreír consternada . Rodó nuevamente y sintió como  la mano le atraía hacia el final de la cama. Salvo que en los sueños la pequeña cama era una nube infinita, cálida y aterciopelada, de tonos rosados como sólo se aprecia al alba, cuando todo el mundo duerme, y muy pocos se atreven a soñar.

Y al final de ese horizonte estaba él. Salvo que Jena tenía los ojos cerrados y solo pudo encontrarse inmersa en él, en su olor y tacto, en la suave caricia que aún solamente aferraba su mano, frente contra frente, embriagada de una promesa no dicha, de una sensación de bienestar que no podía asimilar, sonriendo infantilmente contra su cuerpo mientras el pulgar de Jake seguía rozando su mano pausadamente pero sin detenerse. Como si cada caricia fuese una pequeña palabra encadenada a la siguiente, una promesa no dicha para algo que nunca se atrevería a pedir.

Y por miedo a dejar de soñar, no abrió los ojos.
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El frío era la perfecta evasiva que su mente había conseguido hallar. Lejos de una cama tibia y una almohada mullida que recogiese sus lágrimas, más allá de unos brazos protectores que la acunasen. Cuando los problemas acudían, simplemente se refugiaba en sí misma, y en su pequeño agujero.

Hacía años que existía, entre la lavadora y la pared, cubierto por baldosas bajo la encimera de madera. Su madre se excusaba soñando con un lavavajillas que no llegaría jamás y mientras esa oquedad , ese pequeño subterfugio de la realidad le permitía evadirse, desahogarse, alejarse de todo.

Y ahí volvía a estar, abrazando sus piernas desnudas, sintiendo cómo el frío la calmaba de algún modo, sin saber bien el porqué su mente hacía semejante conexión mientras acariciaba la piel fría y nívea.
Apoyaba la mejilla junto a la pared y creía poder oír el revoloteo de los gorriones en el patio del edificio, exploradores incesantes de todas las pequeñas grietas y hornacinas que conformaban a su alrededor.

Y se sentía mejor.

El llegar a ese punto era complejo, realmente arduo, pero notaba allí como la mente se embotaba y las penas fluían entre las mejillas resecas y cuarteadas, que horas antes se mostraban incapaces de contener aquel torrente de confusión.
Odiaba sus debilidades tanto como se odiaba a sí misma. Pero en ese momento solo podía sentir una terrible quietud. Era la calma tras la tormenta mientras su mente se quedaba en blanco y su cuerpo se enfriaba más y más. Nadie la buscaría allí, nadie reparaba en su ausencia, ni siquiera ella misma.

Seguía acariciando la piel con lentitud y torpeza, perdiéndose entre los pliegues de la tela y volviendo tras tomar aire al interior. A veces la cordura volvía, y arañaba la piel mientras un gemido ronco se atoraba en su garganta. Y entonces simplemente tomaba otra más, sin agua, sin saliva, simplemente tragaba aquellas pastillas. Y todo se deshacía a su alrededor, distorsionando su realidad e incluso dejando aparecer una sonrisa débil y sentida.

Y se sentía mejor.
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