N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.
https://open.spotify.com/playlist/3aADzw9cAS9eq6bdgEfV5e?si=1CCiZidlSWqbeua7XhqYtg
Nos habíamos
mudado al New East Side de Chicago, tras dejar California. No echaba en falta
nada, pero mi padre seguía compensándome más allá de su sonrisa temblorosa y
sus apelativos cariñosos. Todo había empezado con un sobre con unos billetes
sueltos. Un maldito sobre de Hello Kitty. Me había reído ante la ocurrencia como
si fuese un chiste de mal gusto, mientras cogía, ante los ojos brillantes y perdidos de mi progenitor, el sobre rosa. Un envoltorio con ese olor que se supone
que es fresa, pero sabe más a chuchería industrial. Y, desde entonces, mis bolsillos
siempre huelen así.
https://open.spotify.com/playlist/3aADzw9cAS9eq6bdgEfV5e?si=1CCiZidlSWqbeua7XhqYtg
El goteo intermitente me hizo despertar. Tenía la piel
erizada bajo el agua estancada y fría. Me había quedado dormida, un par de horas
atrás. Desnuda en la bañera de mi propio cuarto de baño, la oscuridad cubría la
estancia. Dudaba que mi padre notase mi ausencia y no me extrañaba. No necesitaba buscarle por aquel ridículo apartamento
para saber que estaría dormido ante el televisor. Desde que mi madre se fue, él
no había sido capaz de dormir en su dormitorio. A veces lo encontraba en el
sofá, otras incluso en mi cama, aferrándose a la excusa de haberme estado
esperando.
Nos habíamos
mudado al New East Side de Chicago, tras dejar California. No echaba en falta
nada, pero mi padre seguía compensándome más allá de su sonrisa temblorosa y
sus apelativos cariñosos. Todo había empezado con un sobre con unos billetes
sueltos. Un maldito sobre de Hello Kitty. Me había reído ante la ocurrencia como
si fuese un chiste de mal gusto, mientras cogía, ante los ojos brillantes y perdidos de mi progenitor, el sobre rosa. Un envoltorio con ese olor que se supone
que es fresa, pero sabe más a chuchería industrial. Y, desde entonces, mis bolsillos
siempre huelen así.
Los sobres habían empezado a ser
una sucesión de dinero, un grifo abierto que pretendía cubrir la falta de un
tutor alerta.
Nunca nos había faltado el dinero, pero, para mi padre, que
había crecido viviendo penurias y carencias, se había convertido en una
obsesión. Yo seguía almacenando aquellos sobres tras el conducto de ventilación
del edificio, metido en un calcetín desparejado.
Residíamos en un aparta-hotel
con habitaciones vacías y un servicio de limpieza tan eficiente que hacía que
me fuera imposible saber dónde estaban mis cosas. Añoraba San José. El calor
seco. Las noches con personas que podían haber sido amigos, si yo no fuese mi
mayor enemiga. Vivir en el caos que nacía e
inundaba mi interior.
Salí del agua. Me puse una camiseta de
tirantes sobre la piel desnuda. Pasé la uña por la línea de la clavícula,
enrojeciendo al instante mi piel. Cualquier color contrastaba con mi palidez, y
era algo que me gustaba.
No hacía demasiado calor, pero la humedad era
una constante durante los veranos. Lo había aprendido nada más llegar allí. Rebusqué
entre los cajones y saqué unos pantalones vaqueros cortos y unas braguitas.
Tras la marcha de mi madre, quien siempre se había ocupado de acompañarme a
comprar ropa, y dado que mi padre sentía cierto pánico hacia la idea de hacerse
cargo; mi ropa interior había sufrido variaciones. Siempre había llevado ropa
interior de algodón con estampados variados. Cuando hice mi primera búsqueda
online, terminé dejándome varios de los sobres de fresa en un pedido de “La
perla”. La fricción del encaje siempre me hace reprimir un gemido.
No me molesté en ponerme sujetador. Cogí
los patines y di un rápido vistazo al reflejo que el espejo ofrecía: el pelo
cobrizo, recogido en dos moños altos. Los ojos verdes distorsionados, con las
pupilas algo dilatadas aún bajo los sedimentos de la última pastilla. No,
aquello no era ser inteligente, pero poco me importaba. Me puse los cascos,
sintiendo que esa extensión de mi cuerpo notaba su carencia como un aguijonazo,
y gemí cuando la primera canción se reprodujo. Cinco minutos más tarde salí, del
hall bajo la mirada reprobatoria de Sergey, el conserje de noche.
Salí del Hotel Apartamento
Pittsfield para bajar hasta Wabash St. y
comprar algo de comer en Cindy’s. Aquél había sido mi primer gran
descubrimiento al llegar a la ciudad. Una cafetería a la antigua usanza en
medio de la opulencia del Loop.
Suz, la camarera más anciana y
quien siempre hacía el turno de noche, tenía una cafetera siempre lista de puro
café colombiano “No la porquería que
venden a precio de oro en Starbucks, Dolly”. Había empezado a llamarme así
tras la primera vez que pagué con tarjeta de crédito. Rebeca Dolly Pierceson, decían
unas letras cuadradas con volumen. Becks para mis conocidos, Princesa para mi
padre, y ahora Dolly para la vieja Suz. La sucesión de apodos era algo
inherente a su corta vida.
Cogí yo misma el termo ante la
mirada divertida de Suz. La pantalla colgada de una esquina de la cafetería
mostraba un programa de la televisión pública.
El diálogo entre la camarera y el
programa de adivinación y buenafortuna era una realidad que pocos lugares
podrían servir. Alguna noche la había pasado divirtiéndome con el espectáculo.
Un pequeño plato blanquecino
chocó contra la barra. Una magdalena insuflada con
mermelada industrial. Suz sabía que no lo cogería, pero que podría cobrármelo. Había sido lo suficientemente lista como para
ver que me sobraba el dinero, y que, bajo el pretexto de necesitar comer más,
ella podría tener algo que picar entre horas y por lo que yo pagaría.
En su lugar, le pedí que me
prestara una de sus cofias. Con los patines me sentía una camarera de Hooter´s.
Sólo me faltaba ponerme silicona en la consulta del socio de mi padre. El
Doctor McLeod. ¿Alguien había tocado más tetas que él? Su mujer habría tenido
celos patológicos bien fundados…
Después de pagar el café y la
dichosa magdalena, salí rodando, dejando una sombra de tonos rosados a mi paso.
La ciudad dormía, pero aquello era el distrito financiero, y había modos de
mantenerse despierto más allá de lo razonable.
Me
dirigí al parque cercano mientras me desperezaba dando sorbos de café. Sabía
que Eddie estaría por allí. Eddie era mi mulo. Sí, una chica de 17 años con su
propio mulo, llevando solo dos semanas en la ciudad. En mi defensa diré que
tengo claras mis necesidades básicas, y Eddie tenía mercancía de buena calidad.
Eddie
era delgaducho, con la ropa mal planchada, pero sin la apariencia de ser un
yonki. Había empezado a vender gracias a su trabajo, una residencia de ancianos
que le permitía acceder a medicamentos sin levantar sospecha. Tenía pastillas
para nockearte y otras para mantenerte despierto. Todo empaquetado en bonitas
cajas de mentolados. Sólo había que preguntarle por un dulce a un desconocido.
Tan fácil como eso.
Casi cuatro minutos más tarde, la
pequeña caja de Fisherman se removía en mi bolso, cuando le escuché por primera
vez. Tenía la voz grave y algo áspera.
- - Eres muy
joven para ser una yonki. ¿También eres puta?
Me giré arrugando el ceño y
pareciendo aún más aniñada de lo que mi aspecto reflejaba. A un lado del
camino, bajo la luz anaranjada que ofertaban las farolas, estaba un hombre de
aspecto impoluto, aún a pesar de llevar la camisa arremangada y la americana
doblada a un lado. Se acercó, con las manos en los bolsillos y el caminar
estudiadamente ralentizado. Tenía la mandíbula tensa y los ojos entornados
estudiando mi rostro. Me tomó de la barbilla, antes de que pudiese replicarle y
me hizo levantar la vista. El muy cabrón me hacía consciente de los seguramente
más de 30 centímetros de altura de diferencia. Quería sentirse superior, y lo
lograba.
- - Te he
preguntado si eres una puta…
Bajé la barbilla rozando sus
dedos con mis labios, sin dejar de mirarle. Tenía el cuerpo aún aturdido por el
tranquilizante, y quizás aquello envalentonó mi osadía de lamer su pulgar sin
dejar de mirarle fijamente. Él gruñó como respuesta. Yo era demasiado inocente
o quizás inexperta para saber si era de aprobación o de enfado. Quizás ambas
cosas. Pero ambos sabíamos que aquella situación me había excitado.
Me separé de él y di un sorbo al
termo de café, buscando algo a lo que agarrarme mientras clavaba los frenos de
mis patines en el suelo.
- - Solo soy
problemas.
Él se adelantó un paso, ladeando
la cadera hasta quedar ante mí, aferrando mi pelo entre sus manos con tanta
tensión que mi cuero cabelludo palpitaba de dolor. El termo cayó al suelo,
salpicando los bajos del pantalón de él y los ruedines de mis patines. Una de
sus manos abandono mi pelo y me agarró el cuello con fuerza, pero sin herirme.
Clamaba que estaba ahí, que podía, pero no lo haría, no si yo no se lo pedía.
Ese pensamiento me asaltó a la par que un pellizco a través de mi camiseta
erguía uno de mis pezones. El otro le siguió sin ser invitado. Mi cuerpo
respondía a algo que yo no conocía.
Se lamió el pulgar que un momento
antes yacía en mi boca, y sonrió con descaro.
- - Hola
Problemas, yo soy Val.