Tenía los labios mordidos e hinchados bajo la sonrisa que aún esperaba por emerger. Estaba ahí, oculta entre el rubor y la vergüenza, los sentimientos baldíos y perecederos que alguna energúmena alguna vez, por mera y pura suerte, había llegado a colonizar.
Apreté el interior de los bolsillos en un pellizco que me ofreció su rugosidad, y una vía de escape al amanecer de todos aquellos pensamientos que sacaban de mi interior tanta oscuridad.
Inhalé y me propuse aceptar el pasado desconocido y sin pronunciar, aún a sabiendas del miedo por preguntar y la necesidad imperiosa de hacerlo y arrebatarme los futuros inciertos y comunes.
Me revolví ausente en mi asiento mientras dos cafés humeaban entre nosotros. Flotando el humo en volutas en un aire que antes no habíamos compartido, pero sí el mismo cielo. No quería idealizar el momento sino sentirlo certero. Toqué la fría y tosca mesa de madera y hundí la yema de los dedos en sus impurezas, en su rugosidad. Quería que esto fuera real y no una ensoñación hambrienta por devorar otro posible.
Él me miraba, si es que me veía, quizás sin saber que yo no estaba ya allí sino corría bajo mil soles sin despertar, tras él y la futilidad de quitar las piedras de un camino que aún no habíamos recorrido.
Yo ya estaba lejos de allí, perdiéndome el sabor del presente.
Lejana sonaba una radio, si es que aún alguien escuchaba y no solo oía. Quizás lo mismo pasaba con las personas, que solo oíamos pero eramos incapaces de prestar voluntad ante las palabras ajenas. Alcé los ojos y me incorporé mientras él no sabía si incorporarse para disculparme e ir al baño o es que yo pensaba huir aún más de la realidad. Rodeé la mesa añorando la hosca rugosidad que estigmatizada en mis dedos había traspasado más allá.
Me senté junto a él, no de lado, no hombro con hombro, sino frente a él. Y quise escuchar. Abrazar el presente y fundirme. Y no habría piedras en ese instante, solo un abismo de madera bordeado con cafés humeantes.
