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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

Con leves palabras de despedida, y ante la luz intermitente de su teléfono, dijo adiós a un desconocido, con cierto pesar y desconcierto. Hundió el rostro en la almohada y dejó que pasasen las horas como quien espera que pase con mayor rapidez el tiempo.

Dicen que Madrid no tiene primavera, y que del frío se pasa a un verano seco. Y así es como aquel año estaba pareciendo ser la primera primavera que muchos pudiesen recordar. 
Con la cabeza gacha, rebuscando entre sus zapatos, el vestido elegido colgaba en la puerta, mientras su madre miraba distraidamente, preguntándose a donde iría aquel sábado. 

Daphne, nacida bajo otro nombre que no casaba con sus grandes ensoñaciones, había defendido desde niña que nunca hay que esperar a que lleguen las ocasiones especiales sino generarlas. No obstante, siendo más sencillo decirlo que mantenerlo, había pasado incontables horas leyendo ensimismada, viendo como los años pasaban y, con ello, todos los momentos que esperaba atesorar. 

Resopló sacando una caja que hacía años que no abría y sacó dos zapatos de baile con un solo uso. Recordó aquel día con una sonrisa ladeada y se los puso, mientras su falda susurraba en un leve fru-fru debido al tul que se mecía entre sus piernas.  Su madre negó al verla pasar, sin saber bien si sería por el pintalabios carmesí, los tacones o el vuelo de la falda. Ella era la definición de la sobriedad y la rigidez, en cambio, Daphne era un cuadro donde, premeditadamente, se habían salido de los bordes al pintar. Y qué colores. 

Había salido con tiempo, y llegó puntual para pararse en una pequeña cola. Había decidido ir al cine, sin esperar que nadie la acompañase, arreglada solo para disfrutar del hecho de sentirse hermosa. La elección era personal, como todo cuanto ella encaraba, y cuando llegó su turno, no le tembló la voz al pedir "Una entrada para la película de Wilder".

Aquella era una de sus películas favoritas y se sintió feliz por ello. Compró un pequeño paquete de palomitas con caramelo, sin poder resistirse al olor que inundaba el elegante hall de los cines Doré. Busco un asiento libre en la sala aún medio vacía y se acomodó mientras su falda susurraba entre los pliegues contra el acolchado sillón. 

Las luces de la sala fueron volviéndose tenues mientras el ornamental techo se difuminaba con la privación de luz. Probó la primera palomita, llevándose los dedos a los labios con puro placer, y sonrió. 

        - Te encontré...

Y girando el rostro, se encontró con su desconocido que se volvió real y certero; efímero hasta el momento en que sus dedos cálidos rozaron la comisura de sus labios mostrando el carmín movido...

         - Supongo que tendré que empeorarlo...

Y sin tiempo para poder decir nada,mientras empezaba el metraje de la adorada película, él la cautivaba con ósculo, un primer beso, un tachón sobre la palabra desconocido que hacía que el rubor fuese visible, a pesar de tornarse todo en blanco y negro. 
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El truco reside en no dejar de nadar, en no hundirse. Si te hundes no hay vuelta atrás. 

El agua está tan fría que aguijonea mis pulmones. Aunque logro inhalar, mi respiración es insuficiente. Noto el frío entumecer mis brazos y mis piernas, pero sigo moviéndome lentamente mientras veo la orilla. 

Murmuro algo, algo que se vuelve una tonadilla, una vieja canción,mientras mis dientes castañdan. 
Podría salir del agua en cualquier momento. Pero para ello debería nadar, nadar hasta la orilla. Y cada vez me alejo más y más. 

Playas en invierno, en las que moldear la fría arena y caminar contra el viento, mientras todo emigra lejano. Todo salvo esa necesidad que te empuja a perpetrar el mar y sollozar ante el abandono de toda ilusión que perece ahogada. 

¿En qué momento todas las piedras del camino decidí cargarlas sobre mi espalda? Penitente cual Sísifo, ahora me adentro en las entrañas acuosas de mis miedos, donde solo reside el frío y la oscuridad. Allí mi cuerpo se mece entre el oleaje, bailando por siempre solo, demasiado cerca de la orilla y a la vez tan lejos. 
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