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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

Tenía la mirada fija en un punto entre su piel y la fina capa de sudor que recorría cada páramo y recoveco, cada rincón profundo e inexplorado de su ser. Notaba la garganta seca y un pequeño gemido quejumbroso salió de esta mientras mantenía la mirada al frente, inmóvil, atenta a sus directrices.

Cuando noto la uña de su pulgar acariciar el reverso de su muñeca sintió la primera estocada en la ingle, aguda y pesada, anhelando sus atenciones. Pero no decía nada, no tenía permiso alguno para hablar.
El reflejo del espejo le reprendía, su mirada puesta en ella esperaba que no perdiese detalle, mientras las palabras mudas, las caricias en transición, pertrechaban la humedad que emergía de ella.

-No eres sumisa, no eres dominante, tan solo serás lo que yo quiero que seas, y cuando me canse de ti, cuando sienta que tengo suficiente y no puedas ofrecerme más, será cuando entiendas lo vacía que te encuentras.

Los aguijonazos en el cuero cabelludo no le provocaron más dolor que placer, tensa con la espalda encorvada se encontraba con su boca mientras Él tiraba de sus cabellos, asiéndose a ellos como si fuese el transporte a un placer inmediato y arrollador. Una carretera llena de curvas que solo él sabía conducir.

Pasó la rodilla entre sus piernas obligando le a separarlas y reposar parte de su peso,, mientras su respiración entrecortada se cruzaba con la errática y pesada de él. No le inmutaba siquiera su predisposición mientras la saliva empapaba los labios de ella anhelando ser besada.

Era un objeto, un divertimento, carne que profanar. Condujo su mano a la de ella acariciando desde el hombro hasta el final de la extremidad. La piel nívea de ella se erizo deseando prolongar aquella breve descargar de placer. No podía sentirlo tan solo ella. Necesitaba notar su excitación, y arqueando la espalda se encontró con la protuberancia de su pantalón asiéndose a él como si atracase tras una odisea y supiese que ese era su hogar.

Volvió a buscar su mirada y él jadeó. Aquellos ojos marrones la miraban con ardor,  conocedores de su destino más próximo. Asió su mano con destreza apretando la muñeca, haciéndola cautiva y conduciendo esta a la goma elástica de su ropa interior que cedió sin demasiado impedimento la ansiada invasión. Solo que él no le tocaba, no como ella ansiaba, conducía sus movimientos en breves caricias que presionaban el punto justo, no como a ella le gustaba, sino como él exigía.

El temblor comenzó a sobrevenirle mientras se negaba a sí misma cuanto él ofrecía. Un tirón acertado arqueó su cuerpo aún más contra la erección mientras él mordía su cuello sin diligencia.

-No te resistas, porque tarde o temprano caerás, y en tu derrota reside mi victoria. Así que córrete...córrete para mi.

Y no pudo resistirlo cuando él mismo introdujo uno de los dedos de ella acompañado del de él en su interior. Eran ambos y a la vez ninguno, no había un "nosotros", solo la dulce mentira que ella ansiaba creer mientras veía sus ojos, empañados por odio y satisfacción mientras el éxtasis le sobrevenía y se tornaba más desdichada y aprensiva que nunca.


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Camino a ninguna parte, sin recordar el cómo volver a lo que antaño fue un hogar, de nombre y no en consonancia a este, Mina se sentía desvanecer; como si cada una de las volutas de humo que salían de entre sus labios conformando su aliento tuviesen más, mucho más.

Partida y regreso a ninguna parte, sus pies traicioneros le habían devuelto a un tramo del camino que solo se caracterizaba por el frío. El frío siempre estaba patente, siempre envolvía sus sentimientos más dolorosos como si quisiese acentuar dramática y sufridamente la pérdida de algo que no sabía nombrar.

Ahora estaba allí, sentada en un banco sin respaldo que no ofrecía abrazo alguno válido. Era una coraza invisible que arrullaba su cuerpo con el vaivén del viento como si ocultase las palabras afiladas que remarcaban la imposibilidad de sus sueños.

La angustia azuzaba sus mejillas, remarcando el poco vigor que le restaba en aquellos maltrechos días mientras se doblaba sobre sí misma,abrazando sus rodillas flexionadas, mirando el cielo nublado que entre rascacielos parecía querer hablarle.

Errores y tinos, decisiones ocultas por la premura de un poco acertado acierto. Liviano y escurridizo se desliza hasta ser visto, emergen lágrimas solo visibles al ojo del que es experto.
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No podía permitirse creer en las segundas oportunidades. Cuando el frío otoñal se coló entre sus labios rosados exhalando volutas de humo sintió la necesidad confusa de salir corriendo y de sentarse a su vez y aguardar. Estaba totalmente aterrorizada.

Para entender el por qué del otoño deberíamos plantearnos toda la existencia que conformaba la vida de Dafne. Cuando de niña observaba las siluetas de sus compañeros tirantes del brazo progenitor caminar asqueados hasta el colegio no lograba comprender el por qué de los bostezos, los lloros y las rabietas. Ella observaba, permanecía perpleja con los finos deditos enlazados en las asas de su mochila mientras la hojarasca pasaba de conformar el cielo sobre un ramaje ennudado por manos expertas, a ser la alfombra de una nueva aventura. Y se sentía especial, capaz de enfrentarse a cualquier cosa, y las penas, quedaban junto con el polvo y las colillas bajo aquel pavimento estacional.
El tiempo fue pasando, pero no sus ideales. La noche precedía al día y no al revés, la niña que se convertía en mujer devoraba ensoñadas fantasías, leyendas épicas, una realidad ajena que sentenciaba el final de la curva de su sonrisa más aparente. Dafne siempre sonreía de corazón pero no todos podían apreciarlo. Cuando la mirabas sonreír podías apreciar como en sus dos grandes y verdosos ojos alguien encendía un farolillo, una esperanza, una promesa a leer toda una noche historias jamás contadas. Cuando Dafne sonreía y te asomabas al precipicio de sus ojos..te sentías capaz de todo.

Y el otoño había vuelto, y con ello traía recuerdos. Y sentada bajo las luces anaranjadas de las farolas del paisaje urbano solo supo creer en que su fortaleza residía en aquel farol, y que debería caminar hacia él constante y segura. El suelo adoquinado bajo sus pies escondía grietas, inseguridades y vacíos; conocía aquel camino, pero sabía a su vez que no era el mismo. Y asiendo sus sueños bajo el brazo, abrazada a sus convicciones, encendió el farol lo más posible, iluminando a su paso sin ser consciente de su sonrisa.

Lo intentaría con todas sus fuerzas.
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Decidió olvidar. Despedirse de esos recuerdos no fue sencillo. Había cargado sobre sus hombros, durante demasiado tiempo, la constante negación hacia su pasado, repitiendo incansable contra una pared invisible que, efectivamente, aquella elección era la correcta.
Estableció una carrera contra el tiempo, y no le importó perder. Los días pasaron de antojarse lentos y marchitos a un devenir constante cubriendo su cuerpo de hojas enumeradas contabilizando la pérdida.
Pero, ¿acaso podía eso importar? Cuando quiso darse cuenta no recordaba su olor ni su tacto, quizás había funcionado, pero la culpabilidad por aquel acto, por haber renegado de un recuerdo, fue lo bastante traicionera y astuta como para abrirse paso de nuevo a aquel frío febrero y tornarlo en un comienzo de noviembre. Un noviembre que quiso parecer dulce.
Y temblando quiso recomponer el calendario de su vida mientras no sabía ordenar sus pensamientos, aguardando sin saber bien qué.
Perdida a la entrada del laberinto, sin querer comprender que el juego aún no había comenzado.


Alicia, el conejo blanco hace demasiado que dejó de correr, se cansó de aguardarte y nadie lo lloró. Nadie cubrió de flores su albino pelaje. Perdiste la inocencia en el horizonte de una botella. Olvidaste cómo hacer una pregunta, perseguiste demasiado la respuesta.


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