Domingo invernal.
Camino a ninguna parte, sin recordar el cómo volver a lo que antaño fue un hogar, de nombre y no en consonancia a este, Mina se sentía desvanecer; como si cada una de las volutas de humo que salían de entre sus labios conformando su aliento tuviesen más, mucho más.
Partida y regreso a ninguna parte, sus pies traicioneros le habían devuelto a un tramo del camino que solo se caracterizaba por el frío. El frío siempre estaba patente, siempre envolvía sus sentimientos más dolorosos como si quisiese acentuar dramática y sufridamente la pérdida de algo que no sabía nombrar.
Ahora estaba allí, sentada en un banco sin respaldo que no ofrecía abrazo alguno válido. Era una coraza invisible que arrullaba su cuerpo con el vaivén del viento como si ocultase las palabras afiladas que remarcaban la imposibilidad de sus sueños.
La angustia azuzaba sus mejillas, remarcando el poco vigor que le restaba en aquellos maltrechos días mientras se doblaba sobre sí misma,abrazando sus rodillas flexionadas, mirando el cielo nublado que entre rascacielos parecía querer hablarle.
Errores y tinos, decisiones ocultas por la premura de un poco acertado acierto. Liviano y escurridizo se desliza hasta ser visto, emergen lágrimas solo visibles al ojo del que es experto.
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