Un día quiso escribir un poema. Y cogió papel y lápiz para luego hacer un borrón y una pelota.
Tomó su ordenador decidido por hablar de sentimientos. Y enumeró metáforas y palabras difusas.
Se centró en qué sentirían al leer sus palabras pulidas. Y no en que las verdades a veces son ásperas y adustas.
Esperó pacientemente, una serie de minutos largos. Y remirando su móvil ni había rastro, llamada o mensaje de musa alguna.
Desesperado, empezó a pensar que no era tan sencillo aquello de escribir. Y quiso realizar una lista.
Las listas son sencillas. Las listas no tienen demasiados inconvenientes ni plasman expectativas.
Las usamos a diario, las enumeramos y olvidamos. Y pensó, que si podía ser olvidado, no trascendería.
Pero siguió escribiendo. Escribió dicciones y ambigüedades, sinónimos inventados de promesas no hechas.
Cayó la noche y la lista albergaba varias páginas, enumeraciones de sinsentidos que entrelazados conformaban un ser inerte, una esperanza.
Y decidió que aquel sería su poema, sería su lista de tareas: convertirse en una persona capaz de decir y cumplir semejante pacto. Había creado una promesa.