Nadie podría decir que conociese, con conocimiento de ello, la verdadera sonrisa de Momhan, pues era un suceso poco habitual, casi impropio de ella, pero que cuando se daba lugar todo cuanto lo precediese se tornaba aún más fantástico.
Momhan tenía la piel como el cafe au lait que sirven antes de las doce en el Foch, un pequeño comercio de Lyon. Sus cabellos se tornaban caprichosos enroscándose entre ellos buscando salida a un laberinto improvisado, mientras el tiempo parecía detenerse hasta descender al umbral de su piel.
Era una sombra con luz propia, anclada a sus pies y que le seguía donde fuese, era la oposición a lo mundano, una visión, una musa atemporal, que como toda mujer que se precie no sabía apreciarse. Era el oxímoron encarnado de las odiseas clásicas. Era ella y nadie más.
Por tanto no era de extrañar cuando aquella mañana toda esa retahíla de acontecimientos imprevisibles desembocó en un agridulce final.
Nadie podría negar una realidad irrefutable en cuanto a Momhan: jamás había amado y a su vez nunca había dejado de hacerlo. Era como si todos los cuentos, canciones, películas y novelas hubiesen conformado en sus ojos, bajo su piel o, sea cual sea ese lugar donde reside el alma, una capa cristalina y blindada que contenía los ideales inocentes e inalterables, apasionados y utópicos que conformaban el concepto de amor. El dilema era que esa perfección inexistente le había impedido descubrir, conocer e investigar en lo conocido como interacción humana, y ante ello, permanecía inalterable y ajena a una primavera que jamás le permitiría florecer.
Tenía un entorno de amigos y aceptaba en ellos cada virtud y defecto más de lo que podía tolerar en sí misma cualquier cualidad y conseguía que aquello resultase encantador.
Cuando aquella mañana de día festivo decidieron pasear por el marchés aux puces de Les Puces du Canal el despertador no sonó porque sencillamente Momhan no se había acostado aún. Había pasado la noche enfrascada en sus libros, lecturas livianas y,otras veces, complejas que le mantenían en vilo hasta que sentía que podía dar por conclusa la sesión. No siempre sucedía al llegar al final o al cierre del capítulo, lo importante eran los hechos, una frase en especial dicha por el protagonista, que conseguía emocionarla lo suficiente como para sumirse en un profundo sueño. Y aquella noche la frase había sido "Este sentimiento triste y reconcentrado, del amor más violento, tiene todo el furor desesperado". Y el sentimiento despertado no podía resultar aún más contradictorio ni plúmbeo de modo que permaneció insomne hasta que le resulto imposible resistir el peso de la colcha contra su cuerpo, como si alejase todo aliento de esperanza de ella.
Se adecentó con la mayor dedicación posible, siempre comedida y coqueta, poniendo atención a los detalles y tarareando alguna canción más para el reflejo del espejo que para sí misma.
Media hora más tarde se encontraba con el cielo añil camino hacia Le Roulet mientras el volante de su falda a topos se mecía armoniosamente contra sus piernas. Las calles estaban desiertas y la acera se le antojó lejana. Un camino de adoquines de piedra y la nieblina matutina se convirtieron en sus cómplices.
Y entonces escuchó un murmullo lejano. Era un chirrido, una palabra impronunciable que se acercaba y se alejaba, que rebotaba contra los pequeños negocios locales hasta alcanzar sus oídos engarzados con pendientes de perlas y latón. Y de entre la bruma apareció un rostro, una mirada, una sonrisa apresurada bajo una vieja bicicleta camino a ninguna parte, y se paró frente a ella.
-Llegamos tarde.
- A...¿a dónde llegamos tarde...?
-La pregunta no es a dónde, si no por qué. Llevo una vida esperándote. Aguardando por conocerte, por descubrirte y evocarte, por suspirar a la par rompiendo los silencios, por hablar hasta que no existan palabras que no hayamos pronunciado.Por entender lo incompresible y olvidado mientras nervioso cojo tu mano...porque eres tú, tú sin más, a quien he estado esperando, quien me ha esperado sin saberme encontrar. ¿Quieres saber a dónde vamos...?
-Aunque parezca no importar..sí.
-Tenemos una cita con el Destino, y eso, querida mía, es algo que nadie puede esquivar ni cancelar.
Y ahí surgió, de imprevisto y como si se destapase el corcho de una botella de Moët y golpease el pecho de aquel joven. La sonrisa de Momhan afloraba al fin mientras la primavera de aquel 21 de marzo se desperezaba tras un invierno...que había durado demasiado.
Momhan tenía la piel como el cafe au lait que sirven antes de las doce en el Foch, un pequeño comercio de Lyon. Sus cabellos se tornaban caprichosos enroscándose entre ellos buscando salida a un laberinto improvisado, mientras el tiempo parecía detenerse hasta descender al umbral de su piel.
Era una sombra con luz propia, anclada a sus pies y que le seguía donde fuese, era la oposición a lo mundano, una visión, una musa atemporal, que como toda mujer que se precie no sabía apreciarse. Era el oxímoron encarnado de las odiseas clásicas. Era ella y nadie más.
Por tanto no era de extrañar cuando aquella mañana toda esa retahíla de acontecimientos imprevisibles desembocó en un agridulce final.
Nadie podría negar una realidad irrefutable en cuanto a Momhan: jamás había amado y a su vez nunca había dejado de hacerlo. Era como si todos los cuentos, canciones, películas y novelas hubiesen conformado en sus ojos, bajo su piel o, sea cual sea ese lugar donde reside el alma, una capa cristalina y blindada que contenía los ideales inocentes e inalterables, apasionados y utópicos que conformaban el concepto de amor. El dilema era que esa perfección inexistente le había impedido descubrir, conocer e investigar en lo conocido como interacción humana, y ante ello, permanecía inalterable y ajena a una primavera que jamás le permitiría florecer.
Tenía un entorno de amigos y aceptaba en ellos cada virtud y defecto más de lo que podía tolerar en sí misma cualquier cualidad y conseguía que aquello resultase encantador.
Cuando aquella mañana de día festivo decidieron pasear por el marchés aux puces de Les Puces du Canal el despertador no sonó porque sencillamente Momhan no se había acostado aún. Había pasado la noche enfrascada en sus libros, lecturas livianas y,otras veces, complejas que le mantenían en vilo hasta que sentía que podía dar por conclusa la sesión. No siempre sucedía al llegar al final o al cierre del capítulo, lo importante eran los hechos, una frase en especial dicha por el protagonista, que conseguía emocionarla lo suficiente como para sumirse en un profundo sueño. Y aquella noche la frase había sido "Este sentimiento triste y reconcentrado, del amor más violento, tiene todo el furor desesperado". Y el sentimiento despertado no podía resultar aún más contradictorio ni plúmbeo de modo que permaneció insomne hasta que le resulto imposible resistir el peso de la colcha contra su cuerpo, como si alejase todo aliento de esperanza de ella.
Se adecentó con la mayor dedicación posible, siempre comedida y coqueta, poniendo atención a los detalles y tarareando alguna canción más para el reflejo del espejo que para sí misma.
Media hora más tarde se encontraba con el cielo añil camino hacia Le Roulet mientras el volante de su falda a topos se mecía armoniosamente contra sus piernas. Las calles estaban desiertas y la acera se le antojó lejana. Un camino de adoquines de piedra y la nieblina matutina se convirtieron en sus cómplices.
Y entonces escuchó un murmullo lejano. Era un chirrido, una palabra impronunciable que se acercaba y se alejaba, que rebotaba contra los pequeños negocios locales hasta alcanzar sus oídos engarzados con pendientes de perlas y latón. Y de entre la bruma apareció un rostro, una mirada, una sonrisa apresurada bajo una vieja bicicleta camino a ninguna parte, y se paró frente a ella.
-Llegamos tarde.
- A...¿a dónde llegamos tarde...?
-La pregunta no es a dónde, si no por qué. Llevo una vida esperándote. Aguardando por conocerte, por descubrirte y evocarte, por suspirar a la par rompiendo los silencios, por hablar hasta que no existan palabras que no hayamos pronunciado.Por entender lo incompresible y olvidado mientras nervioso cojo tu mano...porque eres tú, tú sin más, a quien he estado esperando, quien me ha esperado sin saberme encontrar. ¿Quieres saber a dónde vamos...?
-Aunque parezca no importar..sí.
-Tenemos una cita con el Destino, y eso, querida mía, es algo que nadie puede esquivar ni cancelar.
Y ahí surgió, de imprevisto y como si se destapase el corcho de una botella de Moët y golpease el pecho de aquel joven. La sonrisa de Momhan afloraba al fin mientras la primavera de aquel 21 de marzo se desperezaba tras un invierno...que había durado demasiado.