Miraba la pared, resquebrajado el papel pintado. La música suave y melódica había cesado y quizás nunca volviese a sonar.
Nou era menuda y a la vez de formas generosas, todo dependía del día. Había días maravillosos en los que se podía mostrar al mundo, sentía la piel suave, el pelo ágil contra la brisa del aire, un resorte en su cabeza que tiraba hacia arriba. Y se alzaba. Más. Y más.
Pero había días donde el exterior dolía, la piel se cubría de arañazos y el pelo se enamarañaba. Y no había suficientes capas de ropa para esconderse ni engañar a la mente con que aún estaba bajo las mantas. Las muñecas tiraban hacia abajo y rogaba por desaparecer encogida en su interior, donde una voz le reconfortaba con la idea de ser invisible ante los demás.
Nou era muchas cosas y, a veces, muchas cosas pueden ser también nada. Pueden ser lo que uno se proponga que sean.
Nou tenía los dedos delgados y las palmas amplias. De niña se había mordido las uñas hasta que su profesor de piano le notificó a sus padres que debía cuidar las manos de una prometedora pianista. Y en los ojos de su padre vio un pequeño destello de reprobación, quizás de ilusión. Ese día sus manos se convirtieron en algo sagrado, y el tiempo de práctica el único objetivo.
Había crecido, aunque no demasiado. Y el tiempo no había tratado bien su espíritu, dejando en ella solo unas manos suaves y gráciles en el bosque de un cuerpo atormentado. A veces, se había atrevido a salir al exterior, a alterar su rutina de práctica constante para adentrarse en un bar o cruzar la mirada con un extraño. Pero algo siempre le alertaba y terminaba huyendo. Y quizás no fuese lo más inteligente, pero se sentía a salvo de los demás aunque no lo estuviera de sí misma.
Nou componía en secreto, más allá de las piezas clásicas que había memorizado y que contentaban a su padre quien esperaba siempre más y más. Tenía melodías que susurraban pequeñas plegarias, la necesidad de una caricia, la confidencia del silencio. Nou tenía la voz ronca de nunca haber dicho un "te quiero". Y le pesaba, le pesaba en su interior como una roca atorada en un angosto pozo.
Y un día se creyó lo suficientemente fuerte. Se quedó más allá del momento de huir. Y las palabras salieron y no supo pararlas. Nou sentía el eco de sus sentimientos rebotar entre desconocidos que clavaban sus cuerpos en ella, que despreciaban sus miedos y rechazaban no encontrar en ellos la ilusión que se habían prometido desenterrar. Nadie veía a Nou, hasta el punto que el pozo se secó.
El piano dejó de sonar, y su padre decepcionado dejó también de mirarla. Nou se enfrentaba al silencio entre sollozos, con miedo de no poder decir nada que lo mejorase y ante ello callando. Sus manos temblaban por temor a solo poder sentir el marfil bajo ellas. Y arañaba la pared. Fuerte. Más fuerte. La pared se teñía magenta, carmesí, oscura. Y las uñas se partían y sentía el calor que emanaba de sus manos, rodeaba sus muñecas y subía, subía alerta hacia su interior.
Y Nou sentía, de un modo que no era correcto, pero sentía.