Resultaba puramente baladí estimar las probabilidades de éxito a tan corta distancia, así que dio un paso al frente y respiró. O quizás más bien fue una exhalación. Durante unos breves instantes perdió la conciencia del momento. Entre los dedos se le escapaba el detalle de lo notable, la relevancia de lo efímero. Si hubiese querido saltar ya lo habría hecho.
Un pequeño cartel, carente de solemnidad más allá de la notoriedad de la firma de un encargado dictaminaba la prohibición estricta, referente a la estancia en la azotea, más allá de las tareas estimadas como oportunas. Es decir, el tendido de la ropa.
No era un edificio estrictamente alto más allá de las diez plantas de rigor. Nueve pisos y luego alcanzar la azotea. Pero sus vistas sí eran un asunto mayor. Podía contemplar más allá de donde jamás llegaría, podía sentarse y pensar en lugares mejores, oportunidades que quizás la vida podría concederle si alcanzaba a extender los dedos lo suficientemente lejos como para tocarlo. Un roce y lo creería posible.
Hacerse con la llave había resultado sencillo. Encontrar el momento oportuno, un ejercicio de paciencia. Ansiaba llegar, cuando no pudiese encontrarse con nadie, permanecer allí absorta viendo su imaginación desbordarse ante las posibilidades, ajena al tiempo que siempre jugaba en su contra.
Hicieron falta un par de intentos para lograr su propósito. No es que pudiese describir semejante aventura como una hazaña, pero desde la jaula de cristal que había construido a su alrededor, aquella meta resultaba acertada.
Suspiró y se encaminó descalza fuera de su cama. Apresó la colcha con mimo, y se cubrió con ella.
Siete pasos hasta la puerta de su habitación. Doce hasta el final del pasillo. Nueve hasta la puerta. La oscuridad permanecía adulterada por las débiles franjas anaranjadas de luz que se colaban del exterior. Los monstruos no tenían donde esconderse, y por eso clavaban sus uñas con entereza. Más de la que podía llegar a soportar.
Cinco pasos al ascensor, y esperar. Esperar no cruzarse con nadie más. Ni siquiera su reflejo en el espejo de aquella cabina que subía y subía. Decidió darle la espalda mientras combaba y curvaba sus pies, moviendo los dedos ante la sensación de frío que poco a poco atentaba con despertarla.
La llave. Rebuscó en su pijama a tientas, queriendo encender la luz pero sin atreverse a ello. Finalmente tiró del cordel de su cuello y la encontró, balanceándose contra sus piel y la fina tela del pijama. Tímida y aguardando por ser fiel a su cometido. Veintisiete escalones más tarde pasado el noveno piso y allí estaba.
No contó los pasos. El frío viento le revolvía el cabello y le exhortaba que diese la vuelta. Pero el espolón de sus miedos le apresaba contra un muro de recuerdos que flagelaban su mente. Huésped de su propia aprensión, caminaba con los nudillos blancos aferrados a la colcha. Oía en su mente una voz que hacía tiempo se había distorsionado, sentía en su piel los golpes, la necesidad de huida materializada en el recorrido de sus dedos clavados en carne propia. La angustia se agolpaba en la garganta y la impotencia que nació siendo niña había arraigado en una mujer desesperada que esperaba ser salvada de sí misma.
Ahí estaba, frente a las ciudades parpadeantes de la ciudad, mientras todos dormían y nadie miraba. Era ese el momento en que podía susurrar lo que no alzaba a decir en voz alta.
Sentada en el alféizar de sus emociones, con los pies colgando hacia donde un día perecería, la chica de la azotea musitó una palabra antes de que el alba rompiese.
"Ayuda"