Hay días que no olvidas.
Son momentos que permanecen inmutables en la memoria, donde el aire tiene cierto color y las risas un olor particular. Y los conservamos y atesoramos. Y a veces olvidamos, para poder volver a ellos y sorprendernos. Sin saber bien, por segundos, si aquello fue un sueño.
Llevabas tus gafas de sol puestas, aunque a veces viajaban hasta tu cuello. Eso es algo que siempre me llamó la atención, algo que era muy tuyo. Estabas en casa, y yo estaba contigo. No necesitaba mucho más, y era algo que tenía que haber dicho.
El agua se arremolinaba entre mis piernas mientras no sabía bien si rehuir el sol o abrazarlo. Caía la tarde y la música se difuminaba con el sonido del júbilo.
Me dejaste entrar en donde solo llegan los privilegiados, y no te dije que era feliz. Era algo que te tenía que haber dicho. Allí veríamos las estrellas, te vería dormir, viviría una de las fantasías tontas que tienes pero nunca cumples, como el estar rodeado de amigos y no pensar que aquello pueda tener fin.
Recuerdo notar mis labios hinchados por el esfuerzo de soplar y soplar para provocar la sonrisa de un niño. Y aquello me llenó de felicidad y no te lo dije. Y tenía que habértelo dicho.
Y cómo es que lo que no olvidas no lo dices, pero sí las penas que tras las lágrimas no recuerdas, los malos pensamientos que se emborronan en la almohada y se pierden tras una noche a tu lado, entera.
No, tenía que haber dicho las cosas importantes, las certeras, las que curvaban tu sonrisa.
Y ahora las digo, las recuerdo, las mantengo.