La cadena se balanceaba en la oscuridad, sobrevolando mi cabeza con una lentitud cada vez mayor. En un vago intento por resguardarme del calor, y del gentío, había terminado adentrándome en aquel armario. O quizás fuese una alacena, no sabría decir.
Alcé la mano que tenía libre, con cuidado de no derramar el contenido de la copa que la otra ocupaba, guiándome por la leve luz que emergía de la rendija bajo la puerta.
Oí un estruendo y la luz por un momento me cegó, para volver a la opacidad de mi escondrijo. El crujido del cristal bajo mis pies me sacó del ensimismamiento, y encontré que mi mano estaba ocupada, pero por algo que le devolvía el agarre. Que apretaba, acercaba y tensaba contra lo desconocido. Notaba una respiración, que apenas podía oír, más allá de mis propios latidos impactando en mis oídos, distorsionando el ruido del convite.
El agarre era una escalera, que se alzaba por mi brazo, asiéndome firme para en una cadencia hacerme notar su pérdida. Su aliento se entrecortaba contra mi piel, perlada por el sudor de aquella noche de verano. Adivinaba una sonrisa, un siseo que me conducía a pensar en la curvatura de una boca desconocida. Trepaba, adentrándose en mi curiosidad, hasta alcanzar mi cuello.
Noté que se movía, y a mí con él. Bailábamos con suavidad, casi inmovilizada por su mano que asía mi cuello, que se enredaba en mi cabello. La música era lejana, pero él rasgo nuestro particular silencio con su voz, tarareando una canción.
Alcé la mano y él, renuente a mi acercamiento, borneó mi cuerpo en un suave giro. Mi espalda descansada sobre su pecho, y su mano seguía en mi cuello. Consciente él de mis latidos, ahora percibía yo los suyos. El atrevimiento que suponían sus caricias parecía adulterado por la seguridad mecánica con la que operaba.
Quise dar un paso al frente, salir de mi ensoñamiento. Detenerle. Él me asió con más fuerza exhalando en un gemido al notar su cuerpo la pérdida del mío, momentáneamente. Volvió a tararear, una suave melodía que se repetía mientras volvíamos a fundirnos en un abrazo, reposando mi cabeza en su hombro, atisbando dónde estarían sus labios.
Mis manos volvieron a tratar tocarle, temblorosas en las tinieblas que nos amparaban. Y él lo permitió, presionado con fiereza su mano sobre las mías, asiéndonos a ambos en una invitación no dicha. Me mecía en aquel baile, acunando mi cuerpo, descubriéndonos toscamente, a través de algo que no habíamos aprendido, que estaba en nosotros y nos llevaba a ese momento.
Giré de nuevo con suavidad, alzando mi mano, enramando mi brazo a su cuello, a sus cabellos. Sentía el permiso, la concesión de lo que podía antojarse prohibido. Había dejado de tararear aunque seguía meciéndonos, sintiendo su erección aun espaciando él la pequeña distancia que el aire clamaba, y nos permitía seguir moviéndonos. Su boca entreabierta se encontró con mis labios, dispuestos a entregar y a no ser, de nuevo, víctima de lo usurpado. Besé, besé con fuerza pero sin adentrarme demasiado. Besé perdiendo el recato y el poco aire que hacía tiempo tenía guardado. Besé como esperaba que me besasen por primera vez y jamás había experimentado. Pero, para cuando todo quiso haber terminado, tiré de la cadena que, hacía unos minutos, aprisionaba en mi mano.
Labios hinchados, manos asiendo terreno conquistado. El sudor de una noche de verano, que olía a algo de él, menos de lo que me habría gustado. Y su mirada, clavada en la mía, clamando que aquello tan solo había empezado.