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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒

N/A: Murmur Adagio se contempla como un proyecto capitular, con la siguiente banda sonora: 

https://open.spotify.com/playlist/2q4ToWolSnIWEW7kJh1nfx?si=kofVF-U1Qh6GtfH3RDiBXw

No obstante, a fecha de hoy solo ha sido escrito este fragmento



- Tener esperanzas es un asunto peligroso....- dije mirando mi propio reflejo bajo el vaho, mientras pasada dos dedos y me encontraba con mi mirada. Hacía días que no pegaba ojo. 

Bueno, eso no es del todo cierto. Había desvanecimientos, pequeñas pausas en las que mi mente se había evadido y no recordaba nada. Como la noche anterior, con la mirada perdida en la pantalla del ordenador, escondida por el grueso nórdico en medio de aquella cama demasiado grande para mí sola. En algún momento,  mi juicio desertó tras aquella pálida luz, vagando en algún rincón donde la lucidez crujía y se desportillaba de manera cada vez más perceptible.




Tenía el pelo húmedo, goteando sobre la amplia camiseta, y olía a champú. Lejos de la sensación de confort que podría haberme embriagado, hacía aquello por mero instinto de supervivencia. Me aferraba a un comportamiento rutinario, un modo de controlar lo poco que quedaba a mi alcance. Eso abarcaba desde la limpieza al orden de mi minúsculo apartamento. Pero no recordaba la última vez que había comido algo o pernoctado.

Cogí el dobladillo de la camisa y lo apreté hasta que mis nudillos se tornaron blancos, afirmando una decisión que en mi interior se iba conformando. Desenrosqué la ruedecilla del agua caliente y salí de la estancia. Sabía que esa idea era estúpida e inmadura. Sabía que suponía un riesgo, pero aquello no me frenaba, sino que me impulsaba a coger el blister del oxidado cajón de la mesita de noche. Lo apreté con tesón, hasta que mi piel nívea se enrojeció y adoptó todas las estrías y grietas de aquel trozo de aluminio.

Sentí los aguijonazos de dolor cuando la planta del pie se adentró en la turba de agua. La estancia estaba iluminada por algunas velas viejas, recolectadas de varias estancias de la casa. Con la mirada fija en las baldosas, veía  cómo se movían por la luz danzarina y distorsionada de las llamas Me concentré en aceptar aquella sensación, el dolor que perpetraba en mi piel y tomaba todo consigo, en cómo se adueñaba de mi cuerpo, más y más. Poco a poco, me fui tumbando hasta permanecer completamente a merced de aquella sensación que adormecía mis pensamientos, palpitando en mis sienes hasta quedar en calma.

En aquellos instantes, mi mente alcanzaba la nada. Toda la turba de pensamientos que clamaban impasibles contra toda posible paz interior, se silenciaba y caía el telón. No era del todo sencillo, debía dejarme llevar, aunque para eso las pastillas, situadas en el borde de la bañera de acero, servirían.

Entrecerré los ojos, sumida en aquella matriz acuática de concordia, mientras algo se movía tras el telón de mis pestañas. Al principio no reaccioné, carente de reflejos y demasiado atolondrada para concebir que no estaba sola. Fue entonces cuando noté cómo el agua se movía, alzándose sobre mi piel y llegando a cubrir por completo mis senos, los cuales habían permanecido alzados cual islas. 

Me esforcé en abrir los párpados luchando con la somnolencia y mis sentidos afectados por los barbitúricos, pero solo lograba mecer mis pestañas contra mis mejillas húmedas. Fue entonces cuando escuché con nitidez un sonido que jamás podría olvidar. 

Sabía que la estancia estaba sumida en el silencio perpetrado, si acaso, por mi propio aliento. Más allá de mis oídos, como si naciese de mi interior pero no de mí, podía escuchar con total perspicuidad una melodía alzándose y adueñándose de todo a su paso. La sentía latir en las ondas del agua, en las llamas danzarinas que mecían las sombras de la estancia. Se enroscaba en mi garganta y descendía hasta mis labios, cabalgando sobre las gotas de humedad y agua jabonosa. Adivinaba su mirada, aún sin comprender cómo podría ser vista, insinuándose tras las sombras de cada recoveco, dejándose oír pero no ser visto. 

Cuando me sobrevino la coda, mi cuerpo yacía dormido, extenuado por aquella peculiar digresión. Un murmullo suave emergía del otro lado de mi pequeño abismo personal, donde las aguas eran más cálidas, y velaban por el letargo en el que me mecía. 
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N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

https://open.spotify.com/playlist/3aADzw9cAS9eq6bdgEfV5e?si=1CCiZidlSWqbeua7XhqYtg

Desperté pasadas más horas de las jamás había dormido, en la misma posición, presa por sus brazos. Sentí que jamás antes había dormido de verdad, nunca nada había sido la sensación de calma y paz semejante a la que sentía en esos momentos.
Alcé el rostro con cautela, y le encontré mirando hacia la ventana, era entrada la noche y se veía toda la ciudad iluminada. Me traté de incorporar consciente al fin de haber dormido casi un día, pero él no me lo permitió.
-        –   Tengo que ir al baño… - susurré con vergüenza apretando los muslos. Él permaneció callado con sus brazos sobre mi espalda. Me mordisqueé el labio, pensativa, algo en mi interior me hizo reformular aquella frase - ¿Puedo ir al baño, por favor?

El asintió levemente, reposando sus brazos a un lado de la colcha con las palmas abiertas, como si esperase mi vuelta. Gateé hasta el extremo de la cama y caminé a tientas por el pasillo hasta que encontré el servicio. Me apoyé sobre el lavabo mirando mi reflejo. Tenía las pupilas dilatadas, el pulso disparado y mi mente descontrolada. Vi a mi espalda la bañera en la que le había dejado la última vez que le vi y sentí una punzada de aprensión en el estómago. Las últimas dos semanas me había repetido que aquel infierno personal se debía al mono por dejar los barbitúricos. Pero sabía en mi fuero interno que era su ausencia lo que me había llevado a aquel extremo. Si había dejado de tomar nada, era solo porque él lo quería así. Y había obedecido sin que él fuera consciente, sin que hubiese repercusión.

Examiné mi reflejo, consciente de las magulladuras y los moretones. Habían mejorado con rapidez, pero seguían siendo visibles. No sentí vergüenza, ni repulsa, sino que pasé la yema de mis dedos en una suave caricia recordando cómo había sido su ataque.
Al volver a la habitación, Val no estaba. Busqué en el suelo mi ropa sin éxito alguno, así que emprendí su búsqueda notando como la vergüenza ruborizaba mis mejillas y hacía latir mis sienes. No, no era vergüenza, pero en aquel instante no podía reparar en ello, solo en encontrarle.
Llegué a la cocina, y le vi junto a la isla, sacando varias cosas del refrigerador. A diferencia de mí, llevaba unos boxers y una camiseta de tirantes negra. Permanecí observándole desde el vano de la puerta, conscientes ambos de la presencia del otro.
Finalmente, él se sentó en una banqueta alargada, cruzando sus brazos con mirada poco paciente. Pasé el umbral de la puerta con suavidad y percibí el arqueamiento de su ceja apremiando mis pasos con ello, hasta que quedé frente a él.




-          – Siéntate – dijo de forma firme. Mi cuerpo se veía aún más pálido bajo la luz blanquecina de la cocina, y el frío me erizaba la piel, pero no pronuncié queja alguna. Miré a ambos lados, pero no encontré asiento alguno.

Tomé el plato que había frente a él y lo hice a un lado, rompiendo el silencio con el suave impacto del plato sobre la madera que cubría la superficie. Me situé en el hueco entre sus piernas, y me impulsé sobre mis brazos, sentándome finalmente ante él, colgando mis piernas en el vacío.

Val sonrió de casi imperceptible, pero yo permanecía alerta de todos sus movimientos. Cogió el plato, que contenía una selección de antipasti, y lo puso sobre mi regazo desnudo. Tomó una loncha de prosciutto enrollado y se lo llevó a los labios, masticando con calma y detenimiento predeterminado. 

Recordé el incidente en el Shawarma y su hastío al intentar hacerme comer, supe que aquello no se volvería a repetir. Me agarré al borde de la isleta y arqueé mi cuerpo hacia él evitando que el plato, que reposaba en mi regazo, cayese. Me mantuve, temblando ligeramente por el esfuerzo, tendida en tensión hacia él con la boca entreabierta ante su mirada calmada y carente de afección.
Terminó de comer y pasó su pulgar por mi labio inferior, humedeciéndolo ligeramente. Su mano tomó mi barbilla y presionó con el pulgar en el labio a modo de advertencia.
-       
 –   – Abre -sentenció mientras yo abría con lentitud mi boca y él introducía más su pulgar- …Más…- continué con la apertura lenta y pausada, notando como su mano se tensaba- He dicho que más…- susurró con cierto enojo. Cerré mi boca mordiendo su pulgar y succionando después.

Val sacó el dedo de entre mis labios, con una pequeña marca de mis dientes, algo irrelevante y perecedero, que en minutos desaparecería, pero que suponía una rebeldía por mi parte. Apretó mi mandíbula con su mano haciendo que mis mejillas y labios conformasen una mueca contraria a mis ojos, cargados de desafío.

-        –   Eres una malcriada, Problemas… y alguien tiene que corregir eso – dijo midiendo cada palabra con lentitud, despertando en mi interior algo que debía haber sido miedo, pero era más afín a la excitación.

 Soltó mi rostro y se separó de mí, tomando la banqueta con una mano y dejándola a un lado con suavidad. Mis ojos le seguían con detenimiento, estudiando sus movimientos, la tensión de sus músculos y lo que aquellos ojos atormentados escondían. Volvió sobre sus pasos y tomándome con cuidado, me bajó de la isleta, colocándome de espaldas a él.

-        –   Inclínate sobre la encimera, apoya tus codos sobre ella y extiende las palmas sobre la madera – susurró contra mi cabello

Hice lo que me dijo, vacilando ligeramente aun sabiendo que no había margen para la duda.

-       –   Quiero que entiendas que esto lo has provocado con tus acciones. Vas a contar en voz alta hasta diez y recordar que mi paciencia no debería llegar jamás a tanto - Su voz, grave y profunda, jugaba con cada palabra, pronunciando cada silaba como una cadencia que se grababa en mi interior.  – Comienza a contar

-       –    Uno – Dije con firmeza. Aunque mi mente se había generado una idea de lo que estaba por venir, cuando su mano abierta golpeó mi trasero, un gemido salió de mi boca en una exhalación que me hizo perder todo el aire. Noté como mi cuerpo empezaba a arder, pero apreté los dientes y seguí contando, tratando de no parecer afectada- Dos – Antes de terminar de pronunciar aquel monosílabo, su mano impactaba contra el otro glúteo, enrojeciéndose a la par. Sentí una punzada en la garganta que me hizo aumentar el ritmo al contar- Tres, cuatro, …- La intensidad de los azotes no menguaron, mientras mi piel, lejos de acostumbrarse, se aquejaba dolorida, sin embargo, de mis labios seguían emergiendo, número a número, susurros concesivos que aceptaban aquel castigo.


Cuando llegamos a diez, mi cuerpo temblaba dolorido, pero aún en la postura que él me había exigido.  Noté como se distanciaba brevemente y las lágrimas afloraron en mis ojos, haciendo que sintiese un profundo pesar sin atender a sus movimientos, cada vez más cercanos a mí. Sus manos me tomaron de la cintura, situándome en su regazo con cuidado, acariciando mi espalda con suavidad. La banqueta volvía a estar en la posición inicial, y él se había sentado, permitiendo que descansase mi cuerpo en él. Noté las yemas de sus dedos bajar por mi columna hasta generar una suave caricia sobre mi piel magullada, sus labios se apretaron contra mi frente mientras canalizaba todo mi dolor, más allá del malestar físico.  Me abracé a él, humedeciendo su camiseta y su piel, mientras continuaba, con mimo, recorriendo mi piel y besando mi rostro.

La angustia y la aflicción quedaban lejanas, mientras sentía pequeñas alas que afloraban en mi espalda, desde algún punto de mi interior. Esas alas que siempre había notado en mi interior, plegadas, aprisionadas bajo la asfixia de un mundo al que no pertenecía, en el que era invisible.


Y ahora, él me veía.

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N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

https://open.spotify.com/playlist/3aADzw9cAS9eq6bdgEfV5e?si=1CCiZidlSWqbeua7XhqYtg

Sentía que todo mi cuerpo olía a él aún a pesar de la brisa helada. Desde aquel punto, sentada sobre su regazo, veíamos el lago Michigan mientras el día terminaba de abrir. Aunque mi mirada estaba clavada en la mancha de sangre que había dejado en su camisa. Ninguno rompía el silencio, como si cualquier cosa que pudiésemos decir supusiera sentenciar aquel momento.

Val pasaba sus dedos por mi cuello, masajeando con suavidad la zona mientras su mandíbula se mantenía tensa. Había llegado a aprender que de sus silencios había más significado que en sus palabras. Pasé mi mano por su mejilla, notando el calor que emanaba y la rugosidad de la barba incipiente, haciendo que sus ojos se posaran en los míos.
-          Deberíamos irnos, los obreros podrían llegar en cualquier minuto – dije con suavidad, pero aplomo. Notaba como mis párpados se esforzaban por permanec
er abiertos, pero mi cuerpo aletargado no respondía como habría deseado.
 
-
Una parte de él deseaba que llegasen y mirasen, aquella era su pequeña victoria, pero también se sintió receloso de mostrar algo que apenas lograba definir, y que empujaba hacia su interior, ocultándolo cada vez más.  


Veinte minutos más tarde, atravesaban el hall del edificio de apartamentos de él. No es que le hubiese dado opción a Beck, sencillamente la había tomado de la muñeca, en silencio, y habían bajado hasta volver a la acera. Ella se apretaba los labios, hinchados por la presión, tratando de no quejarse por el dolor en las plantas de los pies.  Los patines se habían quedado en la azotea, y ella era incapaz ahora de poder usarlos, no en aquel estado.

Podría haberla llevado en brazos o a su espalda sin demasiada dificultad, pero no quería imaginarse las miradas que podría despertar o que la policía les parase dado el aspecto de ella. Lo inteligente sería mandarla a casa en un taxi, y él volverse a su apartamento y olvidarse de aquel asunto. Sin embargo, había subido tras ella a aquel ridículo vehículo, mientras apretaba la mandíbula y ella evitaba decir nada que fijase la atención en su cuerpo magullado.

Había apreciado el silencio y la mirada esquiva del recepcionista del edificio, aún el correspondiente al turno de noche. Debería recordar recompensarle en un futuro, pero en aquel momento solo quería llegar a su apartamento.  Dentro del ascensor, ella se mantuvo ligeramente separada, apoyando parte de su peso en las barras de protección de las paredes del obscenamente lujoso ascensor. Val se acercó a ella y la elevó entre sus brazos, cargándola contra su cadera mientras sacaba la tarjeta con la que identificarse y poder entrar en el ático.
La llevó hasta el dormitorio, rechazando los pensamientos que de conformaban instándole a pensar que aquello era una mala idea. La dejó sobre la colcha gris antracita, volviendo a ser consciente de la falta de ropa interior, que descansaba hecha jirones en el bolsillo de su pantalón.      
                                                                                     - 

Tendida en su cama, notaba mis ojos entrecerrarse. Una punzada de aprensión nació en mi interior cuando le vi marcharse, pero terminé por quedarme dormida, hasta que sentí de nuevo sus manos en mis tobillos.
Arrodillado ante el borde de la cama, sin camiseta y en calzoncillos, pasaba una gasa por la planta de mis pies, desinfectando los cortes con cuidado y esmero. Tomó unas pinzas y quitó una esquirla de cristal mientras maldecía por lo bajo. Fue en ese momento cuando fue consciente de mi mirada, así como de mi falta de queja. Pasó una pomada al finalizar examinando el resto del pie. Inesperadamente mordió la punta de mis dedos y sonrió de lado al ver cómo intentaba retirar las piernas. Tomó el tobillo con una mano y lo dejó sobre su hombro, haciendo que, al acercarse, mi pierna rodase por su espalda.  Volvió a centrar su atención en la otra planta, repitiendo la operación. Mis pupilas estaban fijas en él, esperando que tomase la pomada y volviese a sentir su boca contra mi piel. No obstante, al finalizar, tan solo dejó la pierna reposando contra la cama, notando mi decepción.

-          -Eres demasiado sincera, … y eso me gusta – dijo roncamente. Antes de que pudiese responder nada, tiró de mis piernas hacia él, hundiendo su rostro en mi sexo. Mis caderas se arquearon mientras él gruñía contra mi piel, notando su eco en mi interior. Sus dedos se clavaban en mi piel, evitando que mis espasmos me permitiesen alejarme de donde él quería tenerme.

Se incorporó, a medio camino entre el orgasmo y la necesidad, con los labios enrojecidos, y aquellos ojos pardos puestos en los míos. Tiró de mi cuerpo hacia sí y luego gateó, hasta quedar a horcajadas sobre mi pecho. Cogió otra gasa y empezó a curarme las comisuras de los labios, aún amoratadas.

-         -Eres demasiado frágil, Problemas… y yo no sé ser delicado- dijo gateando hacia mi rostro y sacando su pene erecto. No tuvo que decirme qué hacer, y abrí la boca mientras me erguía levemente para quedar a su altura. Las heridas escocían y la piel resultaba tirante, pero ninguno de los dos se detenía. Agarró mi pelo, que aún guardaba el recuerdo de sus caricias, y lo enrolló en su puño mientras evitaba que abandonase mi cometido hasta que noté cómo descargaba todo su semen contra mi garganta.

Soltó mi cabello, respirando entrecortadamente, y comenzó a desvestirme, hasta que toda mi ropa estuvo diseminada a un lado de la cama. Aturdida, le seguía con la mirada, mientras cogía la colcha y se adentraba en la cama. Yo permanecí quieta hasta que escuché como una pequeña e inusual risa salía de su garganta.

-          -No voy a ir a por ti – dijo de forma grave y sentenciadora. Aunque hubiese sido un susurro, lo había podido escuchar de forma clara. Gateé hasta el otro extremo de la cama y me colé bajo la mullida colcha. Su mano asió mi muñeca con fuerza mientras un gemido emanaba de mi garganta. El tirón fue certero, haciendo que rodase hasta quedar sobre él. Con la otra mano quitó la colcha y me dio tres azotes en el trasero, con la fuerza justa, como para sentirlos atravesar mi cuerpo y despertar ligeramente una nueva erección. – No me hagas repetirme, por mucho que te guste como pueda castigarte.

Me aferró contra su cuerpo mientras gemía, consciente ambos de mi propia humedad.  
Ninguno dijo palabra alguna, mientras el sueño nos sobrevenía, permaneciendo en la misma postura, enredados ambos cuerpos en una prisión que podría llamarse abrazo.

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N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual. Pero para este relato, se recomienda escuchar la canción: 

https://open.spotify.com/track/23Xn28hj2UKh9vQmK9bwsV?si=70tGrVvyRlO2at_L4qRsHA


Me desperté con la piel erizada por el frío, aún metida en aquella bañera, absorbiendo el calor que emanaba del cuerpo de él. Un leve gemido emanó de mi garganta, sintiendo mi sexo dolorido e inflamado, con él aún dentro de mí.
Aún dormido, tenía la mandíbula apretada. Su rostro parecía la barrera a una constante lucha interna. Acaricie con suavidad el flequillo que aún húmedo, descansaba sobre su frente, apartándolo ligeramente. No se despertó, durmiendo con profundidad, quizás algo que no había logrado en mucho tiempo.
Busqué mi ropa y los patines y salí de aquel lugar, esquivando la mirada interrogativa del conserje en la salida del edificio. Era media tarde, pero el sol seguía pegando con fuerza.

Pasaron dos semanas. Dos largas y dolorosas semanas en las que casi no dormí ni pude comer. Mi cuerpo no se acostumbraba a la falta de melatonina, sino que generaba cierta ansiedad que me devoraba, oculta bajo mis ojos como dos sombras que no querían irse. Al principio, me aferraba a los libros y a la cafeína como aliados. Pero la evasión tenía trampa. Su recuerdo me acechaba de forma constante. En las gotas perladas de agua que se adherían a mi piel al ducharme. En los pliegues de las sábanas, cuya tibieza me tragaba más allá, donde reside la angustia por la pérdida. Me hacía revolverme en medio de la noche, coger mis patines y salir a la ciudad, vagar lejos del parque y de Cindy’s.
Encontré las obras de N Field Boulevard una madrugada de agosto. El edificio entero cubierto de andamios, forrado con aquella tela de plástico, teñida de color anaranjado bajo las luces de las farolas. Como si se tratase de un regalo, me quité los patines y anudé entre sí los cordones, colgándome ambos del cuello. Subí, descalza hacia lo alto, sin saber qué me depararía. A medida que escalaba por aquella escalera oxidada sentía la brisa húmeda del lago Michigan. Me fijé en los pequeños ferries se llamaban entre sí, cruzándose entre sí, cargados de vehículos y pasajeros.  
Creí oír mi nombre, y apreté el paso, como si mis fantasmas pudiesen encontrarme. Al llegar a la cima, me senté al borde de la ancha cornisa, dejando mis piernas caer.
-                         - Beck…
El viento volvía a susurrar y apreté mi cuerpo contra mis rodillas flexionadas, tratando de esconderme en algún fuero interno donde yo misma pudiese aceptarme. Caía en mi abismo persona hasta que volví, por tercera vez, a oír mi nombre.
Giré el rostro, y me encontré con él, sentado con aquella eterna camisa blanca, impoluta y bien planchada, arremangada. Me mirada de forma nostálgica, con aquellos ojos que parecían ver más de lo que yo estaba dispuesta a mostrar, a decir.
En algún momento había empezado a chispear, y ahora la ligera llovizna nos mojaba a ambos, mientras su flequillo volvía a pegarse a su frente, recuerdo de la última vez que le vi.
-                     - Siempre hago que tu ropa se estropee- balbuceé con la voz ronca. No era consciente, de que llevaba dos semanas sin decir palabra alguna. Note el escozor en mi garganta mientras arrugaba la nariz y volvía la mirada al frente.
Escondí las manos bajo el pliegue de mis rodillas, sabedora del estado lamentable en que se encontraban. Había estado volviendo a morderme las uñas con nerviosismo, mientras pasaba cientos de páginas de aquellos libros que parecían traerme a aquel momento.
Él tomo una de mis manos, examinando las pequeñas heridas, para después apretar su mano con la mía. Sentí su palma cálida contra la mía, abarcando más allá de lo tangible con aquel gesto. Cerró sus dedos y tiró de mí hacia él con suavidad. Me incorporé, gateando hasta él, en tensión por su agarre. Finalmente, me dejó de rodillas ante él, sentado en el bordillo donde yo me encontraba momentos antes. Sentía la gravilla del cemento clavarse en mi piel desnuda, mientras él seguía agarrando mi mano, tirando de mí hacia sí mismo.
Su mano empezó a acariciar mi rostro. Intercalaba pequeños gestos dulces con otros desafiantes, probando mi paciencia, retándome a volver a huir. Si bien pasaba su pulgar por mi ceja después tiraba de mi pelo hacia atrás, alzando mi barbilla. Acariciaba mi mejilla con el dorso de sus dedos para abofetear mi rostro finalmente, mientras me impedía dejar de mirarle.
Me agarró de la barbilla obligándome a levantarme sobre mis talones, tambaleándome más por la dureza de sus ojos que por el esfuerzo en sí. Sus manos rodaron hasta su cintura y desabrochó su cinturón tirando de este, hasta estar lánguido en su mano, rozando la punta contra el suelo de la azotea. Jadee sin ser consciente de ello y sus pupilas se dilataron.
Tensó el cuero entre sus manos, hasta que los nudillos estuvieron blancos y dio un paso adelante. Permanecí quieta mientras él daba otro paso y estudiaba mi respuesta. Finalmente quedó frente a mí. Notaba su aliento contra mi rostro. De nuevo esa calidez. Apoyó su frente contra la mía, cerrando los ojos por un momento. Cerré los míos sintiendo el aguijonazo de las lágrimas amenazando con escaparse.
-          No…No seas dulce. Lo prometiste- susurré ansiando no hacerlo, le daba la respuesta que él quería escuchar, no la que yo quería dar. De nuevo, aquellas mentiras piadosas que harían feliz a todos, menos a mí.
Él se separó y me agarró con fuerza de las muñecas, pasando su cinturón y atándome con este, mientras el cuero se clavaba en mi piel y ardía. Caminó hasta uno de los salientes de ventilación y me empujó hasta este, quedando contra la pared de acero frío.  Levantó el borde de mi falda y noté como sus manos rasgaban mi ropa interior. Quise girarme, espetarle que parase, pero tiró de la correa alzando mis brazos, quedando en flexión contra mi pecho y mi cuello.
Apreté la mandíbula, esperando aquella intromisión que aún podía recordar en mi interior. Salvo que esta vez, fue diferente. Sentía las caricias de su cuerpo contra el mío, cómo el glande buscaba una invitación gentil, y mi cuerpo respondía arqueándose.
-                      - No…No seas dul…. – No pude replicar más allá de aquellas palabras. Tomó la correa de mis muñecas y metió el extremo en mi boca, acallándome con su dureza y aquel sabor acre y salado.
Entonces se adentró en mí, mientras mis lágrimas caían y las comisuras de mi boca se laceraban por el elemento intrusivo. Sus dientes se clavaron en mi hombro desnudo, y aquel dolor me supo como los besos que ambos nos habíamos negado. Nacía de sus labios, pero era diferente a todo aquello que en mis noches de niñez podría haber ansiado.
Las piernas me fallaron, heridas por la rugosidad puntiaguda del cemento que cubría el techo del rascacielos. Val me giró y descubrió mi boca amoratada, para agarrarme del cuello con sus manos desnudas.

-                 - No creo en las segundas oportunidades. No escapes de mí. Nunca más- Soltó mi cuello y me levantó apoyando mi cuerpo contra la superficie de metal, volviendo a adentrarse entre mis piernas-No volveré a por ti…Así que deja de huir, joder.
Su lengua pasó por mi comisura amoratada hasta llegar a mis labios enrojecidos por pequeños cortes. Sentí como mis sentidos se nublaban mientras un orgasmo me sobrevenía, colapsando ante sus ojos y él me apretó contra su pecho, susurrando mi nombre.
-                      - Joder, Problemas….
Rozando el amanecer, ambos estábamos más allá de los límites, en terreno desconocido, carentes de cualquier resquicio de duda o arrepentimiento.


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Mi universo está regido por una deidad icosaédrica
flotando en una solución de lágrimas y alcohol,
teñido del azul final,es mi crepúsculo de los dioses,
allí quizás podamos encontrarnos, tú y yo.


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El ya conocido atontamiento recorría mi cuerpo. Sentía la vista cansada y los ojos entumecidos, mientras las lágrimas salían acompañadas de la exhalación de mi aliento.  El dolor no me resultaba un extraño, pero siempre aparecía como si fuese la primera vez, como si no tuviera intención de marcharse.

No recuerdo bien cuándo quise, por primera vez, anestesiar mi realidad, pausar el mundo. Solo sé que se sentía como el cobijo de un abrazo sincero, la calidez de lo que creo que es ser amado.
En algún momento, su enfado nos había metido en un taxi. Algo extraño. Teniendo en cuenta la cercanía con el destino que nos deparaba. Me llevó a su piso y me sentó en el sofá, tras quitarme los patines y dejarlos, con meticulosidad, bajo el recibidor de la entrada.

Se pasó la mano por el pelo, mientras yo me hacía más insignificante, más pequeña. Me hundía en aquel sofá de tonalidad oscura, incapaz de ser lo suficientemente invisible como para no ser notada.
Había cumplido mi palabra, siendo la eterna profecía autocumplida. Era un problema que no le correspondía a nadie, solo un obstáculo que esquivar, pero que a veces te sacudía si ibas distraído, si te sentías lo suficientemente ganador.

Le vi hablando por su Smartphone mientras mi mente se emborronaba y las mejillas empezaban a escocer y cuartearse. ¿Cuánto hacía que había empezado a llorar? No sabía si podría ser capaz de parar. Me clavé las uñas con fuerza en las palmas, queriendo profundizar y arrancar aquella pesadumbre que se arraigaba en mi interior. No quería escuchar, pero sí entendía a través de su tono autoritario que no dejaba margen ante cualquier negativa. Colgó y dejó a un lado, con perfecta calma impostada, haciendo uso de todo su autocontrol, el teléfono en la isla de la cocina anexa al salón.  

Se aproximó a mí, y entonces percibí que no iba calzado. En algún momento él también se había puesto más cómodo, o quizás aquello solo era parte de sus costumbres, de su meticulosa rutina que yo estaba rompiendo. Levantó uno de los laterales del Chaise longue y sacó una manta gruesa, de una tonalidad grisácea que casi se fundía con el negro del sofá. Todo el apartamento carecía de color, pasando el blanco más neutro a una negrura que absorbía todo a su alrededor. Estaba tendida, justo donde él me instaba a sentarme. Temblaba, no sabría decir cuándo había empezado aquellas pequeñas sacudidas. Notaba mi pulso subir y bajar y apretaba más las uñas contra mis palmas esperando que doliera aún más.
-          – Levántate – Dijo de forma seca. De nuevo aquel autoritarismo. Quería irme a casa, pero no tenía claro lo que eso significaba. No era aquel apartamento del New East Side. Era algo que no conocía, pero ansiaba. Ese pensamiento generó un gemido ahogado de angustia en mi garganta.
Él chasqueo la lengua y tiró de mi brazo con más fuerza de la necesaria, con la manta en su otra mano, me cubrió por completo. Yo le miraba contrariada mientras él estudiaba la situación con enfado. Me tendió con suavidad en el sofá, frotando mi cuerpo menudo a través de la suavidad de la gruesa colcha.

-         – Escúchame bien, no voy a dejar que vagues en este estado por las calles de la ciudad, provocando cualquier tipo de peligros. Si quieres autodestruirte, es cosa tuya. Pero no ahora, no delante de mí- yo temblaba al oír su voz, carente de emoción más allá de la ira. Esto no lo hacía por mí, sencillamente no quería ese peso sobre su conciencia. Quise levantarme y le oí maldecir.

 Apreté los ojos pensando que me pegaría, sin saber bien por qué. Pero en vez de ello, noté que se tumbaba a mi lado, aún vestido con aquel traje caro, rodeando mi cuerpo con sus piernas y brazos, apretando mi rostro contra su pecho.

Fue entonces cuando un alarido salió de mi interior y el llanto se hizo mayor. No podía huir, estaba contenida por su cuerpo, aprisionando mis sentimientos y emociones, mis miedos se agolpaban. Jadeaba y trataba de alejarme, pero él no se movía ni un ápice. Permanecía rígido mirándome a los ojos aun cuando yo evitaba ese contacto.

-         – ¡¡¡Basta!!! – gritaba con la voz rasgada, temblando con las palmas marcadas por medias lunas, tratando de alejarle, de huir de mi misma - ¡¡¡Basta, joder!!!
Poco a poco, mi cuerpo quedó laxo e inerte entre sus brazos. Creí sentir un beso leve en mi frente, percibiendo una exhalación que removió mis cabellos. Y caí dormida de forma profunda y lánguida, cual Ofelia varada en un río que olía a mi desconocido.

Desperté, sin saber cuánto tiempo había pasado. Era media tarde y él estaba sentado en un extremo del sofá, escudriñando su portátil, con el rostro enmarcado por unas gafas de montura gruesa.  Debió de percibir mi mirada, pues sin siquiera confirmarlo, cerró el ordenador y se quitó las gafas apretando el puente de su nariz. Llevaba un pantalón holgado de algodón y una camiseta. De nuevo aquellos tonos grisáceos. Parecía cansado, más allá de lo que el sueño pudiese soliviantar. 

Me traté de incorporar, aún algo mareada, y volví a sentarme. Era consciente de que allí no encajaba, sino que era un borrón, una mancha en su impoluto lienzo, era una puerta al caos en un mundo donde reinaban el orden y el control. Se incorporó y abandonó la estancia perdiendo el sonido de sus pisadas descalzas a lo largo del apartamento. Apreté con fuerza la manta, tenía el estómago encogido y doloroso, bajo el aguijonazo de aquel sentimiento amargo. Habría llorado si hubiese podido.
Me incorporé con suavidad y fui hasta la cocina anexa y diáfana, tomé un vaso de agua y bebí con dificultad. Noté unas manos que tomaban mis caderas, obligándome a darme la vuelta. Estaba ante mí, con aquellos ojos, que antaño creí negros, escrutando mi rostro. Miró el vaso de agua y noté la tensión en su mandíbula al percibir como mi mano temblaba y el agua conformaba un pequeño oleaje contenida por su prisión de cristal.

-          – Termínate el vaso – dijo con la voz baja y rasgada.
Obedecí, aunque sintiese tirante mi garganta. Solté un gemido al dejar el vaso en la pila, y busqué una esponja para poder lavarlo. Él asió mi mano con fuerza y tiró de mi por el pasillo. Aun en mi aturdimiento, pude ver fotografías diversas, en blanco y negro, a lo largo de aquel rellano iluminado estratégicamente. 
Nos adentramos en una habitación y percibí la humedad. Cogió el dorso de mi camiseta y lo subió sin remilgos mientras mis pechos se balanceaban ante el brusco movimiento. No me cubrí. No había vergüenza en mostrar lo que él miraba, porque había visto más, mucho más. Llevé mis manos al botón del pantalón y oí como chasqueaba su lengua en un latigazo de descontento.

-          – No

   Me quedé quieta, mientras con una mano desabotonaba el pantalón, para después arrodillarse maldiciendo. Yo trataba de no mirarle, pero era incapaz. Estaba asustada, pero no por lo que pudiese hacerme, sino por cómo mi mundo parecía estar derrumbándose por instantes.  Me quitó la prenda vaquera con cuidado, deslizándola hasta los tobillos y repitió lo mismo con mis braguitas. Apoyó su frente contra mi vientre y sentí la necesidad de acariciar sus cabellos, de decirle…de mentirle…con que todo iría bien. Como si aquello se tratase de una vieja cantinela y él fuese un niño asustado. Se incorporó y me tomó por las axilas, cayendo las dos prendas en el suelo embaldosado. Me llevó así, hasta la bañera que seguía llenándose de agua. Esta era tan caliente que trate de esquivar su contacto alzando las piernas.

-        –   No
      
     Bajo la mirada de aquellos ojos pardos, bajé mi cuerpo a la tina de agua y apreté las mandíbulas ante la oleada de dolor.  Fue introduciéndome, poco a poco, hasta dejarme tendida, dócil ante el latir de mis sienes que borraban todo pensamiento que pudiese acumularse. No fui consciente de que se había metido en la bañera hasta que noté sus manos alzándome y situándome sobre él, encajando en aquel pequeño cosmos donde, por un instante, mis miedos se habían ido.  Giré el rostro, mientras notaba su pecho contra mi espalda húmeda, pero él tan solo agarró mi cabello, evitando que pudiese mirarle.   
    
    Fue entonces cuando sentí la punzada de dolor, la intromisión sin preaviso, adentrándose en mi interior. Solté un gemido, la exhalación de aquel dolor interno que había estado constriñendo y que era mayor que las embestidas que empezada a generar. El agua se removía a nuestro alrededor y él seguía empujando mi cuerpo contra él mientras su mano abandonaba mi pelo y tomaba mi cuello, acercando su boca a mi oído.

-          – No seré dulce, jamás te besaré, ni te amaré. Tomaré tu dolor, tomaré tu arrepentimiento y tu culpa. Te haré enfrentarte a todo ello. Yo... te haré libre.

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N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

https://open.spotify.com/playlist/3aADzw9cAS9eq6bdgEfV5e?si=1CCiZidlSWqbeua7XhqYtg




Decir que Val era una persona sencilla de leer, habría sido un grave problema de juicio. Cuando creces bajo la tutela de unos padres ausentes, los internados y colegios privados son tu pequeño infierno personal. Val forjó su carácter en ellos. Si bien no fue un estudiante que llamase mucho la atención, fue ya en la universidad donde comenzó a destacar siendo el primero de su promoción.  Había pasado de ser invisible socialmente a rozar la popularidad, creando contactos por su gran capacidad para predecir inversiones acertadas.  A un semestre de graduarse, abandonaba la universidad. Era su momento, estaba ganando dinero a mansalva.

http://jossrider.tumblr.com/post/146169492548/captvinvanity-chicago-photographer-cv?og=1&fb_action_ids=1103148413057838&fb_action_types=tumblr-feed:reblogAntes del estallido y caída de la bolsa en 2008, había entrado en unas prácticas de verano; pero tras un golpe de suerte, era el bróker que más dinero hacía, a su edad, en Manhattan.  
No es que le hubiese faltado alguna vez el dinero. Vivía cómodamente, pero había otras carencias. Ese tipo de exigüidades que conducen a cobijarse en el desahogo de pequeñas frivolidades. Eso, o decir que las drogas eran parte de una consistente dieta, mezclada con bebidas energéticas y el devenir de malas y breves compañías. Aquel torbellino terminó haciendo que descarrilase, para ser exactos, en un callejón de Queens, bajo arresto policial.  

Más vergüenza e ira interna, que horas comunitarias dictaminadas por el juez, dejaba la ciudad.  Se mudó a Chicago, siendo uno de los peces gordos de la ciudad, oculto bajo una firma que le quería como asociado principal. Pero aquello habría destapado historias sobre su pasado y esa herida que de alguna manera no había logrado curar. Había dejado las drogas, pero seguía teniendo adicciones, necesidades, atracción por el control.

Y ahí estaba, insomne por naturaleza, evitando en la medida de lo posible volver sobre sus pasos a aquel ático de la calle Garland. Había descubierto a Eddie en sus múltiples paseos. No era la primera noche que se quedaba ahí, bajo aquella farola de forja, viendo su sombra alrededor de un halo de luz naranja. Eddie tenía una clientela variada. Desde ejecutivos que precisaban Fenobarbital para bajar los efectos de la cocaína y poder dormir, a niños ricos errantes en su aburrimiento que tonteaban con benzodiacepínicos, como Ambien y Lunesta. Alucinógenos y tranquilizantes, ese podía llegar a ser un mal viaje.

Lo que no esperaba era que aquella niña se deslizase hasta esa madriguera, no por voluntad propia. No la había visto antes, de eso estaba seguro. Tenía la piel resplandeciente, salvo algún cardenal y rojez, quizás por aquellos dichosos patines rosas sobre los que iba. Algo se despertó en su interior, que le hizo levantar una ceja momentáneamente frente a su habitual gesto adusto. Una pequeña erección asomaba, en respuesta a aquellas marcas. Quizás la cría no era tan inocente. Y surgió la pregunta, desatando una voz ronca en su interior.

Se acercó con las manos en los bolsillos, tratando de guardar la compostura. Se tomó su tiempo, a sabiendas de que la chica se había parado y le observaba alzando los ojos y la barbilla con desafío. La necesidad de zarandearla, de proferirle algo más que un par de palabras que le sacasen de su ensimismamiento, se aferraba a sus latidos cada vez más acelerados. No obstante, permanecía impasible, con el rostro regio y la mandíbula algo apretada. Tomó su rostro y ella se defendió con la mayor de las provocaciones, mientras le llegaba una oleada de un peculiar e infantil olor a fresa amortiguado por el café.
  
Acortó aquella ridícula distancia y la asió del pelo. Quería pegar su cuerpo al de ella y que notase la tensión que le recorría, pero se contuvo. No quería darle esa satisfacción, ni a ella ni a nadie, no sin ser premeditado y parte de algo mayor. Y en aquel momento, estaba perdido en una marisma de sensaciones.  Tenía un cuello fuerte pero esbelto, sus manos se entrelazaron a ella reconociendo un terreno inhóspito que se antojaba familiar. Tenía el cuerpo suspendido entre las manos de él, pero sabía que debía de estar esforzándose por no perder el equilibrio. Estaba pugnando por no mostrar debilidad, y eso le complacía enormemente. Se lamió el pulgar ya húmedo, mientras las pupilas de ella se dilataban. Era más inocente de lo que pudiese enmascarar con aquella ropa y la falsa actitud altanera.
Bajó su mano por la espalda, con lentitud, pero constancia, notando como ella se erguía. Tiró de ella hacia él, durante un instante, y le pareció ver como ella apretaba los labios, a la espera de un beso. Pero ese beso no llegaría. Dio una sacudida a su bolso y se alejó, ojeando la caja de mentolados y su contenido adulterado.

-        –  ¿No te vale con el vaso de leche antes de dormir…? – dijo con voz agria. No sentía ya el impulso de llevarse una a los labios, tenía control sobre sus deseos. O eso se repetía. Pero no entendía que ella recurriese a eso.  Se agachó a recoger el termo del suelo, sacudiéndolo en el aire hasta que estuvo más o menos seco.

-         –¿Quién coño te crees que eres? - Aquellas palabras parecían inmensas en aquella pequeña y afrutada boca. Sintió el deseo de abofetearla, pero se reprimió optando por agarrarla del brazo y reconducirla hacia la salida del parque en silencio. – ¡¡¡Ey!!!…. ¿¡Qué…?! ¿A dónde me llevas…? ¡VAL! –Sus gritos eran ahogados. No quería montar un escándalo, y eso reflejaba que ni estaba tan asustada como quería aparentar, ni tenía intención de huir de aquella situación.

-         – Vamos a ir a que comas algo que puedas masticar, y me vas a contar qué haces a las tres de la mañana comprando drogas. Eso vamos a hacer. – Le había gustado oír su nombre en los labios de ella. ¿Cómo sería oírle decirlo risueña, o adormecida, o quizás entre jadeos, …? No, no se quedaría lo suficiente como para descubrirlo, solo lo necesario para que no tirase su vida al vacío.

A aquellas horas, el único sitio que permanecía abierto era un Shawarma cuyos cristales vibraban ante el traqueteo del Green Line. Aquello no podía considerarse la mejor de las opciones, pero tendría que valer.

La dejó sentada mientras pedía algo que comer, cuando volvió con la bandeja de plástico, la encontró con las largas piernas apoyadas sobre el borde de la mesa, usando su chaqueta como cobijo, mirando el día despuntar más allá del cristal. Percibió la vulnerabilidad que había en ella, sabía que había motivos que podían impulsar a alguien tan joven a esa oscuridad. Él, que había vivido inmerso en ella, sabía que no pertenecía a aquel abismo al que se afanaba en asomarse.

-          – Baja las piernas de la mesa – Le dijo con tono autoritario. Ella no vaciló, y él, complacido, se sentó a su lado, en vez de frente a ella, lo cual sería lo socialmente común. Tomó sus pantorrillas con gesto indiferente y las puso sobre sus piernas enfundadas en el caro traje, aún manchado de café. 

–        – Come.

Becks arrugó la nariz y tomó un falafel, sin intención alguna de llevárselo a la boca. Lo tomó entre aquellos finos dedos, cuyas puntas mostraban una manicura cuidada pero afilada.
Val se preguntó cuántas caras podría contener aquel pequeño ser que irradiaba falsa arrogancia y pura rebeldía. Arrastró su mano abarcando las rodillas con su amplia palma hasta llegar al interior de los muslos de ella. Notó la tensión en los músculos a pesar del gesto indiferente de ella.

-            – Come

La pelirroja se llevó a los labios la porción de comida y rasgó suavemente la superficie con los dientes mirándole desafiante. Él aceptó aquel desafío, aunque no esperaba convertirlo en una costumbre. Eso en algún momento debería dejárselo claro. Su mano ascendió hasta abarcar su sexo con toda la palma. La ropa interior era tan fina que notaba la humedad que se conformaba a modo de respuesta. Con rapidez ladeó el pliegue y se adentró más allá de toda barrera, notando como se tensaba ante su intrusión. 

-         – Come… - Dijo susurrando mientras se movía con pericia, presionando con el pulgar ante los gemidos ahogados de ella. Yacía con el rostro turbado y las pupilas dilatadas de un verde intenso, el cuerpo lánguido, convulsionando al borde del éxtasis.

Fue entonces, y solo entonces, cuando percibió la cajita de Fisherman’s abierta junto al dispensador de servilletas.


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