Overture: Capítulo II: Conflicto de intereses

by - 22:05

N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

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Decir que Val era una persona sencilla de leer, habría sido un grave problema de juicio. Cuando creces bajo la tutela de unos padres ausentes, los internados y colegios privados son tu pequeño infierno personal. Val forjó su carácter en ellos. Si bien no fue un estudiante que llamase mucho la atención, fue ya en la universidad donde comenzó a destacar siendo el primero de su promoción.  Había pasado de ser invisible socialmente a rozar la popularidad, creando contactos por su gran capacidad para predecir inversiones acertadas.  A un semestre de graduarse, abandonaba la universidad. Era su momento, estaba ganando dinero a mansalva.

http://jossrider.tumblr.com/post/146169492548/captvinvanity-chicago-photographer-cv?og=1&fb_action_ids=1103148413057838&fb_action_types=tumblr-feed:reblogAntes del estallido y caída de la bolsa en 2008, había entrado en unas prácticas de verano; pero tras un golpe de suerte, era el bróker que más dinero hacía, a su edad, en Manhattan.  
No es que le hubiese faltado alguna vez el dinero. Vivía cómodamente, pero había otras carencias. Ese tipo de exigüidades que conducen a cobijarse en el desahogo de pequeñas frivolidades. Eso, o decir que las drogas eran parte de una consistente dieta, mezclada con bebidas energéticas y el devenir de malas y breves compañías. Aquel torbellino terminó haciendo que descarrilase, para ser exactos, en un callejón de Queens, bajo arresto policial.  

Más vergüenza e ira interna, que horas comunitarias dictaminadas por el juez, dejaba la ciudad.  Se mudó a Chicago, siendo uno de los peces gordos de la ciudad, oculto bajo una firma que le quería como asociado principal. Pero aquello habría destapado historias sobre su pasado y esa herida que de alguna manera no había logrado curar. Había dejado las drogas, pero seguía teniendo adicciones, necesidades, atracción por el control.

Y ahí estaba, insomne por naturaleza, evitando en la medida de lo posible volver sobre sus pasos a aquel ático de la calle Garland. Había descubierto a Eddie en sus múltiples paseos. No era la primera noche que se quedaba ahí, bajo aquella farola de forja, viendo su sombra alrededor de un halo de luz naranja. Eddie tenía una clientela variada. Desde ejecutivos que precisaban Fenobarbital para bajar los efectos de la cocaína y poder dormir, a niños ricos errantes en su aburrimiento que tonteaban con benzodiacepínicos, como Ambien y Lunesta. Alucinógenos y tranquilizantes, ese podía llegar a ser un mal viaje.

Lo que no esperaba era que aquella niña se deslizase hasta esa madriguera, no por voluntad propia. No la había visto antes, de eso estaba seguro. Tenía la piel resplandeciente, salvo algún cardenal y rojez, quizás por aquellos dichosos patines rosas sobre los que iba. Algo se despertó en su interior, que le hizo levantar una ceja momentáneamente frente a su habitual gesto adusto. Una pequeña erección asomaba, en respuesta a aquellas marcas. Quizás la cría no era tan inocente. Y surgió la pregunta, desatando una voz ronca en su interior.

Se acercó con las manos en los bolsillos, tratando de guardar la compostura. Se tomó su tiempo, a sabiendas de que la chica se había parado y le observaba alzando los ojos y la barbilla con desafío. La necesidad de zarandearla, de proferirle algo más que un par de palabras que le sacasen de su ensimismamiento, se aferraba a sus latidos cada vez más acelerados. No obstante, permanecía impasible, con el rostro regio y la mandíbula algo apretada. Tomó su rostro y ella se defendió con la mayor de las provocaciones, mientras le llegaba una oleada de un peculiar e infantil olor a fresa amortiguado por el café.
  
Acortó aquella ridícula distancia y la asió del pelo. Quería pegar su cuerpo al de ella y que notase la tensión que le recorría, pero se contuvo. No quería darle esa satisfacción, ni a ella ni a nadie, no sin ser premeditado y parte de algo mayor. Y en aquel momento, estaba perdido en una marisma de sensaciones.  Tenía un cuello fuerte pero esbelto, sus manos se entrelazaron a ella reconociendo un terreno inhóspito que se antojaba familiar. Tenía el cuerpo suspendido entre las manos de él, pero sabía que debía de estar esforzándose por no perder el equilibrio. Estaba pugnando por no mostrar debilidad, y eso le complacía enormemente. Se lamió el pulgar ya húmedo, mientras las pupilas de ella se dilataban. Era más inocente de lo que pudiese enmascarar con aquella ropa y la falsa actitud altanera.
Bajó su mano por la espalda, con lentitud, pero constancia, notando como ella se erguía. Tiró de ella hacia él, durante un instante, y le pareció ver como ella apretaba los labios, a la espera de un beso. Pero ese beso no llegaría. Dio una sacudida a su bolso y se alejó, ojeando la caja de mentolados y su contenido adulterado.

-          ¿No te vale con el vaso de leche antes de dormir…? – dijo con voz agria. No sentía ya el impulso de llevarse una a los labios, tenía control sobre sus deseos. O eso se repetía. Pero no entendía que ella recurriese a eso.  Se agachó a recoger el termo del suelo, sacudiéndolo en el aire hasta que estuvo más o menos seco.

-         ¿Quién coño te crees que eres? - Aquellas palabras parecían inmensas en aquella pequeña y afrutada boca. Sintió el deseo de abofetearla, pero se reprimió optando por agarrarla del brazo y reconducirla hacia la salida del parque en silencio. – ¡¡¡Ey!!!…. ¿¡Qué…?! ¿A dónde me llevas…? ¡VAL! –Sus gritos eran ahogados. No quería montar un escándalo, y eso reflejaba que ni estaba tan asustada como quería aparentar, ni tenía intención de huir de aquella situación.

-         – Vamos a ir a que comas algo que puedas masticar, y me vas a contar qué haces a las tres de la mañana comprando drogas. Eso vamos a hacer. – Le había gustado oír su nombre en los labios de ella. ¿Cómo sería oírle decirlo risueña, o adormecida, o quizás entre jadeos, …? No, no se quedaría lo suficiente como para descubrirlo, solo lo necesario para que no tirase su vida al vacío.

A aquellas horas, el único sitio que permanecía abierto era un Shawarma cuyos cristales vibraban ante el traqueteo del Green Line. Aquello no podía considerarse la mejor de las opciones, pero tendría que valer.

La dejó sentada mientras pedía algo que comer, cuando volvió con la bandeja de plástico, la encontró con las largas piernas apoyadas sobre el borde de la mesa, usando su chaqueta como cobijo, mirando el día despuntar más allá del cristal. Percibió la vulnerabilidad que había en ella, sabía que había motivos que podían impulsar a alguien tan joven a esa oscuridad. Él, que había vivido inmerso en ella, sabía que no pertenecía a aquel abismo al que se afanaba en asomarse.

-          – Baja las piernas de la mesa – Le dijo con tono autoritario. Ella no vaciló, y él, complacido, se sentó a su lado, en vez de frente a ella, lo cual sería lo socialmente común. Tomó sus pantorrillas con gesto indiferente y las puso sobre sus piernas enfundadas en el caro traje, aún manchado de café. 

–        Come.

Becks arrugó la nariz y tomó un falafel, sin intención alguna de llevárselo a la boca. Lo tomó entre aquellos finos dedos, cuyas puntas mostraban una manicura cuidada pero afilada.
Val se preguntó cuántas caras podría contener aquel pequeño ser que irradiaba falsa arrogancia y pura rebeldía. Arrastró su mano abarcando las rodillas con su amplia palma hasta llegar al interior de los muslos de ella. Notó la tensión en los músculos a pesar del gesto indiferente de ella.

-            – Come

La pelirroja se llevó a los labios la porción de comida y rasgó suavemente la superficie con los dientes mirándole desafiante. Él aceptó aquel desafío, aunque no esperaba convertirlo en una costumbre. Eso en algún momento debería dejárselo claro. Su mano ascendió hasta abarcar su sexo con toda la palma. La ropa interior era tan fina que notaba la humedad que se conformaba a modo de respuesta. Con rapidez ladeó el pliegue y se adentró más allá de toda barrera, notando como se tensaba ante su intrusión. 

-         – Come… - Dijo susurrando mientras se movía con pericia, presionando con el pulgar ante los gemidos ahogados de ella. Yacía con el rostro turbado y las pupilas dilatadas de un verde intenso, el cuerpo lánguido, convulsionando al borde del éxtasis.

Fue entonces, y solo entonces, cuando percibió la cajita de Fisherman’s abierta junto al dispensador de servilletas.


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