Overture: Capítulo II: Conflicto de intereses
N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.
https://open.spotify.com/playlist/3aADzw9cAS9eq6bdgEfV5e?si=1CCiZidlSWqbeua7XhqYtg
Decir que Val
era una persona sencilla de leer, habría sido un grave problema de juicio. Cuando
creces bajo la tutela de unos padres ausentes, los internados y colegios
privados son tu pequeño infierno personal. Val forjó su carácter en ellos. Si
bien no fue un estudiante que llamase mucho la atención, fue ya en la
universidad donde comenzó a destacar siendo el primero de su
promoción. Había pasado de ser invisible
socialmente a rozar la popularidad, creando contactos por su gran capacidad para
predecir inversiones acertadas. A un
semestre de graduarse, abandonaba la universidad. Era su momento, estaba
ganando dinero a mansalva.
Antes del
estallido y caída de la bolsa en 2008, había entrado en unas prácticas de
verano; pero tras un golpe de suerte, era el bróker que más dinero hacía, a su
edad, en Manhattan.
No es que le hubiese faltado
alguna vez el dinero. Vivía cómodamente, pero había otras carencias. Ese tipo
de exigüidades que conducen a cobijarse en el desahogo de pequeñas
frivolidades. Eso, o decir que las drogas eran parte de una consistente dieta,
mezclada con bebidas energéticas y el devenir de malas y breves compañías. Aquel
torbellino terminó haciendo que descarrilase, para ser exactos, en un callejón
de Queens, bajo arresto policial.
Más vergüenza e ira interna, que
horas comunitarias dictaminadas por el juez, dejaba la ciudad. Se mudó a Chicago, siendo uno de los peces
gordos de la ciudad, oculto bajo una firma que le quería como asociado
principal. Pero aquello habría destapado historias sobre su pasado y esa herida
que de alguna manera no había logrado curar. Había dejado las drogas, pero
seguía teniendo adicciones, necesidades, atracción por el control.
Y ahí estaba,
insomne por naturaleza, evitando en la medida de lo posible volver sobre sus
pasos a aquel ático de la calle Garland. Había descubierto a Eddie en sus
múltiples paseos. No era la primera noche que se quedaba ahí, bajo aquella
farola de forja, viendo su sombra alrededor de un halo de luz naranja. Eddie
tenía una clientela variada. Desde ejecutivos que precisaban Fenobarbital para
bajar los efectos de la cocaína y poder dormir, a niños ricos errantes en su
aburrimiento que tonteaban con benzodiacepínicos, como Ambien y Lunesta.
Alucinógenos y tranquilizantes, ese podía llegar a ser un mal viaje.
Lo que no esperaba era que
aquella niña se deslizase hasta esa madriguera, no por voluntad propia. No la
había visto antes, de eso estaba seguro. Tenía la piel resplandeciente, salvo
algún cardenal y rojez, quizás por aquellos dichosos patines rosas sobre los
que iba. Algo se despertó en su interior, que le hizo levantar una ceja
momentáneamente frente a su habitual gesto adusto. Una pequeña erección
asomaba, en respuesta a aquellas marcas. Quizás la cría no era tan inocente. Y
surgió la pregunta, desatando una voz ronca en su interior.
Se acercó con
las manos en los bolsillos, tratando de guardar la compostura. Se tomó su
tiempo, a sabiendas de que la chica se había parado y le observaba alzando los
ojos y la barbilla con desafío. La necesidad de zarandearla, de proferirle algo
más que un par de palabras que le sacasen de su ensimismamiento, se aferraba a
sus latidos cada vez más acelerados. No obstante, permanecía impasible, con el
rostro regio y la mandíbula algo apretada. Tomó su rostro y ella se defendió
con la mayor de las provocaciones, mientras le llegaba una oleada de un
peculiar e infantil olor a fresa amortiguado por el café.
Acortó aquella ridícula distancia
y la asió del pelo. Quería pegar su cuerpo al de ella y que notase la tensión
que le recorría, pero se contuvo. No quería darle esa satisfacción, ni a ella
ni a nadie, no sin ser premeditado y parte de algo mayor. Y en aquel momento,
estaba perdido en una marisma de sensaciones.
Tenía un cuello fuerte pero esbelto, sus manos se entrelazaron a ella
reconociendo un terreno inhóspito que se antojaba familiar. Tenía el cuerpo
suspendido entre las manos de él, pero sabía que debía de estar esforzándose
por no perder el equilibrio. Estaba pugnando por no mostrar debilidad, y eso le
complacía enormemente. Se lamió el pulgar ya húmedo, mientras las pupilas de
ella se dilataban. Era más inocente de lo que pudiese enmascarar con aquella
ropa y la falsa actitud altanera.
Bajó su mano
por la espalda, con lentitud, pero constancia, notando como ella se erguía.
Tiró de ella hacia él, durante un instante, y le pareció ver como ella apretaba
los labios, a la espera de un beso. Pero ese beso no llegaría. Dio una sacudida
a su bolso y se alejó, ojeando la caja de mentolados y su contenido adulterado.
- –
¿No te
vale con el vaso de leche antes de dormir…? – dijo con voz agria. No sentía
ya el impulso de llevarse una a los labios, tenía control sobre sus deseos. O
eso se repetía. Pero no entendía que ella recurriese a eso. Se agachó a recoger el termo del suelo,
sacudiéndolo en el aire hasta que estuvo más o menos seco.
- –¿Quién
coño te crees que eres? - Aquellas palabras parecían inmensas en aquella
pequeña y afrutada boca. Sintió el deseo de abofetearla, pero se reprimió
optando por agarrarla del brazo y reconducirla hacia la salida del parque en
silencio. – ¡¡¡Ey!!!…. ¿¡Qué…?! ¿A dónde
me llevas…? ¡VAL! –Sus gritos eran ahogados. No quería montar un escándalo,
y eso reflejaba que ni estaba tan asustada como quería aparentar, ni tenía
intención de huir de aquella situación.
- – Vamos a ir
a que comas algo que puedas masticar, y me vas a contar qué haces a las tres de
la mañana comprando drogas. Eso vamos a hacer. – Le había gustado oír su
nombre en los labios de ella. ¿Cómo sería oírle decirlo risueña, o adormecida,
o quizás entre jadeos, …? No, no se quedaría lo suficiente como para
descubrirlo, solo lo necesario para que no tirase su vida al vacío.
A aquellas horas, el único sitio
que permanecía abierto era un Shawarma cuyos cristales vibraban ante el
traqueteo del Green Line. Aquello no podía considerarse la mejor de las
opciones, pero tendría que valer.
La dejó sentada mientras pedía
algo que comer, cuando volvió con la bandeja de plástico, la encontró con las largas
piernas apoyadas sobre el borde de la mesa, usando su chaqueta como cobijo,
mirando el día despuntar más allá del cristal. Percibió la vulnerabilidad que
había en ella, sabía que había motivos que podían impulsar a alguien tan joven
a esa oscuridad. Él, que había vivido inmerso en ella, sabía que no pertenecía
a aquel abismo al que se afanaba en asomarse.
- – Baja las piernas de la mesa – Le dijo con tono
autoritario. Ella no vaciló, y él, complacido, se sentó a su lado, en vez de
frente a ella, lo cual sería lo socialmente común. Tomó sus pantorrillas con
gesto indiferente y las puso sobre sus piernas enfundadas en el caro traje, aún
manchado de café.
– – Come.
Becks arrugó la nariz y tomó un
falafel, sin intención alguna de llevárselo a la boca. Lo tomó entre aquellos
finos dedos, cuyas puntas mostraban una manicura cuidada pero afilada.
Val se preguntó cuántas caras
podría contener aquel pequeño ser que irradiaba falsa arrogancia y pura
rebeldía. Arrastró su mano abarcando las rodillas con su amplia palma hasta
llegar al interior de los muslos de ella. Notó la tensión en los músculos a
pesar del gesto indiferente de ella.
- – Come
La pelirroja se llevó a los
labios la porción de comida y rasgó suavemente la superficie con los dientes
mirándole desafiante. Él aceptó aquel desafío, aunque no esperaba convertirlo
en una costumbre. Eso en algún momento debería dejárselo claro. Su mano
ascendió hasta abarcar su sexo con toda la palma. La ropa interior era tan fina
que notaba la humedad que se conformaba a modo de respuesta. Con rapidez ladeó
el pliegue y se adentró más allá de toda barrera, notando como se tensaba ante
su intrusión.
- – Come… - Dijo
susurrando mientras se movía con pericia, presionando con el pulgar ante los
gemidos ahogados de ella. Yacía con el rostro turbado y las pupilas dilatadas
de un verde intenso, el cuerpo lánguido, convulsionando al borde del éxtasis.
Fue entonces, y solo entonces,
cuando percibió la cajita de Fisherman’s abierta junto al dispensador de
servilletas.
0 comentarios