Overture: Capítulo III: Distopía dicromática.

by - 17:21

N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

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El ya conocido atontamiento recorría mi cuerpo. Sentía la vista cansada y los ojos entumecidos, mientras las lágrimas salían acompañadas de la exhalación de mi aliento.  El dolor no me resultaba un extraño, pero siempre aparecía como si fuese la primera vez, como si no tuviera intención de marcharse.

No recuerdo bien cuándo quise, por primera vez, anestesiar mi realidad, pausar el mundo. Solo sé que se sentía como el cobijo de un abrazo sincero, la calidez de lo que creo que es ser amado.
En algún momento, su enfado nos había metido en un taxi. Algo extraño. Teniendo en cuenta la cercanía con el destino que nos deparaba. Me llevó a su piso y me sentó en el sofá, tras quitarme los patines y dejarlos, con meticulosidad, bajo el recibidor de la entrada.

Se pasó la mano por el pelo, mientras yo me hacía más insignificante, más pequeña. Me hundía en aquel sofá de tonalidad oscura, incapaz de ser lo suficientemente invisible como para no ser notada.
Había cumplido mi palabra, siendo la eterna profecía autocumplida. Era un problema que no le correspondía a nadie, solo un obstáculo que esquivar, pero que a veces te sacudía si ibas distraído, si te sentías lo suficientemente ganador.

Le vi hablando por su Smartphone mientras mi mente se emborronaba y las mejillas empezaban a escocer y cuartearse. ¿Cuánto hacía que había empezado a llorar? No sabía si podría ser capaz de parar. Me clavé las uñas con fuerza en las palmas, queriendo profundizar y arrancar aquella pesadumbre que se arraigaba en mi interior. No quería escuchar, pero sí entendía a través de su tono autoritario que no dejaba margen ante cualquier negativa. Colgó y dejó a un lado, con perfecta calma impostada, haciendo uso de todo su autocontrol, el teléfono en la isla de la cocina anexa al salón.  

Se aproximó a mí, y entonces percibí que no iba calzado. En algún momento él también se había puesto más cómodo, o quizás aquello solo era parte de sus costumbres, de su meticulosa rutina que yo estaba rompiendo. Levantó uno de los laterales del Chaise longue y sacó una manta gruesa, de una tonalidad grisácea que casi se fundía con el negro del sofá. Todo el apartamento carecía de color, pasando el blanco más neutro a una negrura que absorbía todo a su alrededor. Estaba tendida, justo donde él me instaba a sentarme. Temblaba, no sabría decir cuándo había empezado aquellas pequeñas sacudidas. Notaba mi pulso subir y bajar y apretaba más las uñas contra mis palmas esperando que doliera aún más.
-          – Levántate – Dijo de forma seca. De nuevo aquel autoritarismo. Quería irme a casa, pero no tenía claro lo que eso significaba. No era aquel apartamento del New East Side. Era algo que no conocía, pero ansiaba. Ese pensamiento generó un gemido ahogado de angustia en mi garganta.
Él chasqueo la lengua y tiró de mi brazo con más fuerza de la necesaria, con la manta en su otra mano, me cubrió por completo. Yo le miraba contrariada mientras él estudiaba la situación con enfado. Me tendió con suavidad en el sofá, frotando mi cuerpo menudo a través de la suavidad de la gruesa colcha.

-         – Escúchame bien, no voy a dejar que vagues en este estado por las calles de la ciudad, provocando cualquier tipo de peligros. Si quieres autodestruirte, es cosa tuya. Pero no ahora, no delante de mí- yo temblaba al oír su voz, carente de emoción más allá de la ira. Esto no lo hacía por mí, sencillamente no quería ese peso sobre su conciencia. Quise levantarme y le oí maldecir.

 Apreté los ojos pensando que me pegaría, sin saber bien por qué. Pero en vez de ello, noté que se tumbaba a mi lado, aún vestido con aquel traje caro, rodeando mi cuerpo con sus piernas y brazos, apretando mi rostro contra su pecho.

Fue entonces cuando un alarido salió de mi interior y el llanto se hizo mayor. No podía huir, estaba contenida por su cuerpo, aprisionando mis sentimientos y emociones, mis miedos se agolpaban. Jadeaba y trataba de alejarme, pero él no se movía ni un ápice. Permanecía rígido mirándome a los ojos aun cuando yo evitaba ese contacto.

-         – ¡¡¡Basta!!! – gritaba con la voz rasgada, temblando con las palmas marcadas por medias lunas, tratando de alejarle, de huir de mi misma - ¡¡¡Basta, joder!!!
Poco a poco, mi cuerpo quedó laxo e inerte entre sus brazos. Creí sentir un beso leve en mi frente, percibiendo una exhalación que removió mis cabellos. Y caí dormida de forma profunda y lánguida, cual Ofelia varada en un río que olía a mi desconocido.

Desperté, sin saber cuánto tiempo había pasado. Era media tarde y él estaba sentado en un extremo del sofá, escudriñando su portátil, con el rostro enmarcado por unas gafas de montura gruesa.  Debió de percibir mi mirada, pues sin siquiera confirmarlo, cerró el ordenador y se quitó las gafas apretando el puente de su nariz. Llevaba un pantalón holgado de algodón y una camiseta. De nuevo aquellos tonos grisáceos. Parecía cansado, más allá de lo que el sueño pudiese soliviantar. 

Me traté de incorporar, aún algo mareada, y volví a sentarme. Era consciente de que allí no encajaba, sino que era un borrón, una mancha en su impoluto lienzo, era una puerta al caos en un mundo donde reinaban el orden y el control. Se incorporó y abandonó la estancia perdiendo el sonido de sus pisadas descalzas a lo largo del apartamento. Apreté con fuerza la manta, tenía el estómago encogido y doloroso, bajo el aguijonazo de aquel sentimiento amargo. Habría llorado si hubiese podido.
Me incorporé con suavidad y fui hasta la cocina anexa y diáfana, tomé un vaso de agua y bebí con dificultad. Noté unas manos que tomaban mis caderas, obligándome a darme la vuelta. Estaba ante mí, con aquellos ojos, que antaño creí negros, escrutando mi rostro. Miró el vaso de agua y noté la tensión en su mandíbula al percibir como mi mano temblaba y el agua conformaba un pequeño oleaje contenida por su prisión de cristal.

-          – Termínate el vaso – dijo con la voz baja y rasgada.
Obedecí, aunque sintiese tirante mi garganta. Solté un gemido al dejar el vaso en la pila, y busqué una esponja para poder lavarlo. Él asió mi mano con fuerza y tiró de mi por el pasillo. Aun en mi aturdimiento, pude ver fotografías diversas, en blanco y negro, a lo largo de aquel rellano iluminado estratégicamente. 
Nos adentramos en una habitación y percibí la humedad. Cogió el dorso de mi camiseta y lo subió sin remilgos mientras mis pechos se balanceaban ante el brusco movimiento. No me cubrí. No había vergüenza en mostrar lo que él miraba, porque había visto más, mucho más. Llevé mis manos al botón del pantalón y oí como chasqueaba su lengua en un latigazo de descontento.

-          – No

   Me quedé quieta, mientras con una mano desabotonaba el pantalón, para después arrodillarse maldiciendo. Yo trataba de no mirarle, pero era incapaz. Estaba asustada, pero no por lo que pudiese hacerme, sino por cómo mi mundo parecía estar derrumbándose por instantes.  Me quitó la prenda vaquera con cuidado, deslizándola hasta los tobillos y repitió lo mismo con mis braguitas. Apoyó su frente contra mi vientre y sentí la necesidad de acariciar sus cabellos, de decirle…de mentirle…con que todo iría bien. Como si aquello se tratase de una vieja cantinela y él fuese un niño asustado. Se incorporó y me tomó por las axilas, cayendo las dos prendas en el suelo embaldosado. Me llevó así, hasta la bañera que seguía llenándose de agua. Esta era tan caliente que trate de esquivar su contacto alzando las piernas.

-        –   No
      
     Bajo la mirada de aquellos ojos pardos, bajé mi cuerpo a la tina de agua y apreté las mandíbulas ante la oleada de dolor.  Fue introduciéndome, poco a poco, hasta dejarme tendida, dócil ante el latir de mis sienes que borraban todo pensamiento que pudiese acumularse. No fui consciente de que se había metido en la bañera hasta que noté sus manos alzándome y situándome sobre él, encajando en aquel pequeño cosmos donde, por un instante, mis miedos se habían ido.  Giré el rostro, mientras notaba su pecho contra mi espalda húmeda, pero él tan solo agarró mi cabello, evitando que pudiese mirarle.   
    
    Fue entonces cuando sentí la punzada de dolor, la intromisión sin preaviso, adentrándose en mi interior. Solté un gemido, la exhalación de aquel dolor interno que había estado constriñendo y que era mayor que las embestidas que empezada a generar. El agua se removía a nuestro alrededor y él seguía empujando mi cuerpo contra él mientras su mano abandonaba mi pelo y tomaba mi cuello, acercando su boca a mi oído.

-          – No seré dulce, jamás te besaré, ni te amaré. Tomaré tu dolor, tomaré tu arrepentimiento y tu culpa. Te haré enfrentarte a todo ello. Yo... te haré libre.

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1 comentarios

  1. No es mi favorito, pero me parece el más... Personal e introspectivo
    (y eso le añade algo particular)

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