Overture: Capítulo III: Distopía dicromática.
N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.
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El ya conocido atontamiento
recorría mi cuerpo. Sentía la vista cansada y los ojos entumecidos, mientras
las lágrimas salían acompañadas de la exhalación de mi aliento. El dolor no me resultaba un extraño, pero
siempre aparecía como si fuese la primera vez, como si no tuviera intención de
marcharse.
No recuerdo bien cuándo quise,
por primera vez, anestesiar mi realidad, pausar el mundo. Solo sé que se sentía
como el cobijo de un abrazo sincero, la calidez de lo que creo que es ser
amado.
En algún momento, su enfado nos
había metido en un taxi. Algo extraño. Teniendo en cuenta la cercanía con el
destino que nos deparaba. Me llevó a su piso y me sentó en el sofá, tras
quitarme los patines y dejarlos, con meticulosidad, bajo el recibidor de la
entrada.
Se pasó la mano por el pelo,
mientras yo me hacía más insignificante, más pequeña. Me hundía en aquel sofá
de tonalidad oscura, incapaz de ser lo suficientemente invisible como para no ser
notada.
Había cumplido mi palabra, siendo
la eterna profecía autocumplida. Era un problema que no le correspondía a
nadie, solo un obstáculo que esquivar, pero que a veces te sacudía si ibas
distraído, si te sentías lo suficientemente ganador.
Le vi hablando por su Smartphone
mientras mi mente se emborronaba y las mejillas empezaban a escocer y
cuartearse. ¿Cuánto hacía que había empezado a llorar? No sabía si podría ser
capaz de parar. Me clavé las uñas con fuerza en las palmas, queriendo
profundizar y arrancar aquella pesadumbre que se arraigaba en mi interior. No
quería escuchar, pero sí entendía a través de su tono autoritario que no dejaba
margen ante cualquier negativa. Colgó y dejó a un lado, con perfecta calma
impostada, haciendo uso de todo su autocontrol, el teléfono en la isla de la
cocina anexa al salón.
Se aproximó a mí,
y entonces percibí que no iba calzado. En algún momento él también se había
puesto más cómodo, o quizás aquello solo era parte de sus costumbres, de su
meticulosa rutina que yo estaba rompiendo. Levantó uno de los laterales del
Chaise longue y sacó una manta gruesa, de una tonalidad grisácea que casi se
fundía con el negro del sofá. Todo el apartamento carecía de color, pasando el
blanco más neutro a una negrura que absorbía todo a su alrededor. Estaba
tendida, justo donde él me instaba a sentarme. Temblaba, no sabría decir cuándo
había empezado aquellas pequeñas sacudidas. Notaba mi pulso subir y bajar y
apretaba más las uñas contra mis palmas esperando que doliera aún más.
- – Levántate
– Dijo de forma seca. De nuevo aquel autoritarismo. Quería irme a casa, pero no
tenía claro lo que eso significaba. No era aquel apartamento del New East Side.
Era algo que no conocía, pero ansiaba. Ese pensamiento generó un gemido ahogado
de angustia en mi garganta.
Él chasqueo la lengua y tiró de
mi brazo con más fuerza de la necesaria, con la manta en su otra mano, me
cubrió por completo. Yo le miraba contrariada mientras él estudiaba la
situación con enfado. Me tendió con suavidad en el sofá, frotando mi cuerpo menudo
a través de la suavidad de la gruesa colcha.
- – Escúchame
bien, no voy a dejar que vagues en este estado por las calles de la ciudad,
provocando cualquier tipo de peligros. Si quieres autodestruirte, es cosa tuya.
Pero no ahora, no delante de mí- yo temblaba al oír su voz, carente de
emoción más allá de la ira. Esto no lo hacía por mí, sencillamente no quería
ese peso sobre su conciencia. Quise levantarme y le oí maldecir.
Apreté los ojos pensando que me pegaría, sin
saber bien por qué. Pero en vez de ello, noté que se tumbaba a mi lado, aún
vestido con aquel traje caro, rodeando mi cuerpo con sus piernas y brazos,
apretando mi rostro contra su pecho.
Fue entonces cuando un alarido
salió de mi interior y el llanto se hizo mayor. No podía huir, estaba contenida
por su cuerpo, aprisionando mis sentimientos y emociones, mis miedos se
agolpaban. Jadeaba y trataba de alejarme, pero él no se movía ni un ápice.
Permanecía rígido mirándome a los ojos aun cuando yo evitaba ese contacto.
- – ¡¡¡Basta!!!
– gritaba con la voz rasgada, temblando con las palmas marcadas por medias
lunas, tratando de alejarle, de huir de mi misma - ¡¡¡Basta, joder!!!
Poco a poco, mi cuerpo quedó laxo
e inerte entre sus brazos. Creí sentir un beso leve en mi frente, percibiendo
una exhalación que removió mis cabellos. Y caí dormida de forma profunda y
lánguida, cual Ofelia varada en un río que olía a mi desconocido.
Desperté, sin saber cuánto tiempo
había pasado. Era media tarde y él estaba sentado en un extremo del sofá,
escudriñando su portátil, con el rostro enmarcado por unas gafas de montura
gruesa. Debió de percibir mi mirada,
pues sin siquiera confirmarlo, cerró el ordenador y se quitó las gafas
apretando el puente de su nariz. Llevaba un pantalón holgado de algodón y una
camiseta. De nuevo aquellos tonos grisáceos. Parecía cansado, más allá de lo
que el sueño pudiese soliviantar.
Me traté de incorporar, aún algo
mareada, y volví a sentarme. Era consciente de que allí no encajaba, sino que
era un borrón, una mancha en su impoluto lienzo, era una puerta al caos en un
mundo donde reinaban el orden y el control. Se incorporó y abandonó la estancia
perdiendo el sonido de sus pisadas descalzas a lo largo del apartamento. Apreté
con fuerza la manta, tenía el estómago encogido y doloroso, bajo el aguijonazo
de aquel sentimiento amargo. Habría llorado si hubiese podido.
Me incorporé con suavidad y fui
hasta la cocina anexa y diáfana, tomé un vaso de agua y bebí con dificultad.
Noté unas manos que tomaban mis caderas, obligándome a darme la vuelta. Estaba
ante mí, con aquellos ojos, que antaño creí negros, escrutando mi rostro. Miró
el vaso de agua y noté la tensión en su mandíbula al percibir como mi mano
temblaba y el agua conformaba un pequeño oleaje contenida por su prisión de
cristal.
- – Termínate
el vaso – dijo con la voz baja y rasgada.
Obedecí, aunque sintiese tirante
mi garganta. Solté un gemido al dejar el vaso en la pila, y busqué una esponja
para poder lavarlo. Él asió mi mano con fuerza y tiró de mi por el pasillo. Aun
en mi aturdimiento, pude ver fotografías diversas, en blanco y negro, a lo
largo de aquel rellano iluminado estratégicamente.
Nos adentramos en una habitación
y percibí la humedad. Cogió el dorso de mi camiseta y lo subió sin remilgos
mientras mis pechos se balanceaban ante el brusco movimiento. No me cubrí. No
había vergüenza en mostrar lo que él miraba, porque había visto más, mucho más.
Llevé mis manos al botón del pantalón y oí como chasqueaba su lengua en un
latigazo de descontento.
- – No
Me quedé quieta,
mientras con una mano desabotonaba el pantalón, para después arrodillarse
maldiciendo. Yo trataba de no mirarle, pero era incapaz. Estaba asustada, pero
no por lo que pudiese hacerme, sino por cómo mi mundo parecía estar
derrumbándose por instantes. Me quitó la
prenda vaquera con cuidado, deslizándola hasta los tobillos y repitió lo mismo
con mis braguitas. Apoyó su frente contra mi vientre y sentí la necesidad de
acariciar sus cabellos, de decirle…de mentirle…con que todo iría bien. Como si
aquello se tratase de una vieja cantinela y él fuese un niño asustado. Se
incorporó y me tomó por las axilas, cayendo las dos prendas en el suelo
embaldosado. Me llevó así, hasta la bañera que seguía llenándose de agua. Esta
era tan caliente que trate de esquivar su contacto alzando las piernas.
- –
No
Bajo la mirada
de aquellos ojos pardos, bajé mi cuerpo a la tina de agua y apreté las
mandíbulas ante la oleada de dolor. Fue introduciéndome,
poco a poco, hasta dejarme tendida, dócil ante el latir de mis sienes que
borraban todo pensamiento que pudiese acumularse. No fui consciente de que se
había metido en la bañera hasta que noté sus manos alzándome y situándome sobre
él, encajando en aquel pequeño cosmos donde, por un instante, mis miedos se
habían ido. Giré el rostro, mientras
notaba su pecho contra mi espalda húmeda, pero él tan solo agarró mi cabello, evitando
que pudiese mirarle.
Fue entonces
cuando sentí la punzada de dolor, la intromisión sin preaviso, adentrándose en
mi interior. Solté un gemido, la exhalación de aquel dolor interno que había
estado constriñendo y que era mayor que las embestidas que empezada a generar.
El agua se removía a nuestro alrededor y él seguía empujando mi cuerpo contra
él mientras su mano abandonaba mi pelo y tomaba mi cuello, acercando su boca a
mi oído.
- – No seré
dulce, jamás te besaré, ni te amaré. Tomaré tu dolor, tomaré tu arrepentimiento
y tu culpa. Te haré enfrentarte a todo ello. Yo... te haré libre.
1 comentarios
No es mi favorito, pero me parece el más... Personal e introspectivo
ResponderEliminar(y eso le añade algo particular)