Pasas tu vida esperando que alguien diga las palabras adecuadas y cuando eso sucede, el miedo viene con ellas. Y llega la negación.
Estoy desarrollando el nuevo hábito de chocar la uña contra el diente, y siempre cuando cruza un pensamiento específico mi mente. No es que así vaya a frenar el torrente que arrastra con él, pero ahí está. Una manía. Una extravagancia que arrastra otras: revolverme la maraña de pelo, morderme el labio y finalmente revisar el móvil. Ese que ahora está exiliado bajo una pila de mantas y que espero no oír, aun sin atreverme a silenciarlo.
Sé que debería dejarlo. Me refiero a ese mal vicio de revisarlo como si el mundo se pudiese parar y yo no notarlo. Aunque no nos engañemos, quizás seguiría encerrada en mi jaula de cristal, asfixiada por la misma convicción que me hace no fugarme de ella.
Hay un momento en que los sueños de adolescente donde todo se torna posible se vuelven menos efímeros y van cayendo cual diligente otoño. El aire se hace más pesado, más real, y el sentimiento de huida se transforma en el ruego de amparo. Pero sigues atascada en el mismo lodazal.
Otros, en cambio, hay otros momentos... en que sientes el aire del mismo sabor y parece que corre el verano en que dejaste de ser niña y te sentiste mujer. Ese verano de largas noches que te instan, entre susurros sedosos, a dejarte apresar. A caer. A beber de la comisura de los labios de desconocidos que se tornan amantes. Ya llegará septiembre, y volverán a ser desconocidos.
Sí, hay trances donde te sientes en sintonía con el mundo, y te dejas llevar.
Me he convertido en la chica que se hizo mujer y sigue pensando qué será al crecer. En una huida de mi misma he terminado encontrándome en un café, escribiendo pulcramente entre tachones, la divergencia entre estar enamorada del amor y no amarse. Como si se tratase de una fina línea, y no una fosa donde yacen mis adolescentes convicciones.
Soy adicta. Adicta a algo que me acelere el pulso, que me haga saltar y creer que hay un propósito. Adicta a la adrenalina que te hace tomar decisiones equivocadas y te lleva a errar. Llámalo café, llámalo amor, llámalo sexo. El problema es que el chute pasa rápido y empiezas a ver errores en el código, la realidad ralentiza todo y te sume en una depresión que lleva al sueño. ¿Dónde está la promesa de un futuro vigoroso y audaz? Más bien me hallo confortablemente inmersa en un lecho desprovisto de alicientes.
No, no consumo nada que esta sociedad pueda ver reprobable. No porque me importe sino por la duda de si sabría parar. Encontrar algo que te haga bien y te consuma. Ese es el maldito sueño americano. Y hasta la fecha solo lo he permitido en hombres, lo suficientemente necios o enamorados, como para no ser conscientes que yo era el verdadero enemigo. Un ataque interno pero con el derecho de alzar el dedo acusor a alguien ajeno. Odiarse no es una opción más allá del tiempo de recuperación entre un chute y el otro.
Otros, en cambio, hay otros momentos... en que sientes el aire del mismo sabor y parece que corre el verano en que dejaste de ser niña y te sentiste mujer. Ese verano de largas noches que te instan, entre susurros sedosos, a dejarte apresar. A caer. A beber de la comisura de los labios de desconocidos que se tornan amantes. Ya llegará septiembre, y volverán a ser desconocidos.
Sí, hay trances donde te sientes en sintonía con el mundo, y te dejas llevar.
Me he convertido en la chica que se hizo mujer y sigue pensando qué será al crecer. En una huida de mi misma he terminado encontrándome en un café, escribiendo pulcramente entre tachones, la divergencia entre estar enamorada del amor y no amarse. Como si se tratase de una fina línea, y no una fosa donde yacen mis adolescentes convicciones.
Soy adicta. Adicta a algo que me acelere el pulso, que me haga saltar y creer que hay un propósito. Adicta a la adrenalina que te hace tomar decisiones equivocadas y te lleva a errar. Llámalo café, llámalo amor, llámalo sexo. El problema es que el chute pasa rápido y empiezas a ver errores en el código, la realidad ralentiza todo y te sume en una depresión que lleva al sueño. ¿Dónde está la promesa de un futuro vigoroso y audaz? Más bien me hallo confortablemente inmersa en un lecho desprovisto de alicientes.
No, no consumo nada que esta sociedad pueda ver reprobable. No porque me importe sino por la duda de si sabría parar. Encontrar algo que te haga bien y te consuma. Ese es el maldito sueño americano. Y hasta la fecha solo lo he permitido en hombres, lo suficientemente necios o enamorados, como para no ser conscientes que yo era el verdadero enemigo. Un ataque interno pero con el derecho de alzar el dedo acusor a alguien ajeno. Odiarse no es una opción más allá del tiempo de recuperación entre un chute y el otro.