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PΛLΛBRΛS MELLΛDΛS

ℝ𝕖𝕧𝕖𝕣𝕓𝕖𝕣𝕒𝕔𝕚𝕠𝕟𝕖𝕤 𝕪 𝕖𝕤𝕥𝕖𝕣𝕥𝕠𝕣𝕖𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕒𝕝𝕞𝕒


Había desarrollado la extraña e inquietante fascinación por hacerle llorar. El estado depresivo y anodino que adquiría con cada palabra fría y aséptica le volvía un ser ajeno a cuanto fue, a cuanto recordaba que ella podía ser al conocerla.

Zoe era una chica cándida de sonrisa enjuta y ojos vivos y achispados. Dos grandes orbes verdes que desnudaban y descifraban en segundos a las personas y siempre encontraban lo mejor en ellos. Era inocente aunque experimentada, como si todas las piedras en su camino solo supusiesen una colección fascinante que exhibir y comentar, cuidadosamente etiquetadas, a las visitas, pero que no reportaban mas que ello, una sencilla afición.
Su cabello era voluble, al igual que ella, que sin dejar de ser ella misma se tornaba a placer. Era agua en constante cambio; decía estar buscándose a sí misma, pero quizás en verdad tan solo huía de su propio reflejo, temerosa de qué podía encontrar.

El tiempo transcurría veloz y raudo, como sucede para todos a medida que la edad y el paso del este empiezan a usar reloj y a anotar citas y reuniones en una agenda atemporal. Las prisas llegaban con la madurez y a ella le gustaba tomarse su tiempo para todo, quizás así alargaría con ello la satisfacción por un trabajo bien hecho.

Despeinada y con la sonrisa sincera, Zoe llegó a la vida de Lou. Tenía los zapatos, que horas antes eran debidamente pulidos, embarrados y húmedos; y de toda aquella cafetería, el asiento de aquel banco,de pvc forrado con poliester a modo de cuero, era el único sitio libre.
Lou tomaba una soda, por mero aburrimiento, esperando a que escampase el temporal que ni siquiera el simpático hombre del tiempo de gruesas y tamborileantes cejas había podido predecir.
 El periódico entreabierto, usado ya por varios transeúntes en lo que llevaba de día mostraba círculos marrones aún sin secar, huellas de comunes preferencias que remarcaban dibujos aleatorios. Tomando su vaso presionó con suavidad y firmeza, y entrelazó con la humedad de la base dos marcas más, dando constancia de su paso a su vez en aquella pequeña historia que nadie relataría.

Poco a poco se acercó a él un ligero taconeo acallado por la muchedumbre que murmuraba sonoramente creando un ruido común en todas las cafeterías: comandas que eran reclamadas, risas lineales, la radio entonando viejas canciones que todos conocían pero nadie sabría nombrar, el chirrido del cuchillo contra la porcelana por desportillar y pequeños sorbos de algo que, supongo que sí, podríamos llamar café.

Y de pronto estaba sentada frente a él, con un mechón húmedo sobre la mejilla aniñada, con el suéter sobre los hombros como si creyese ser una diva del cine antiguo y el espejito entre las manos pendiente de dar el visto bueno. No supo bien cómo pero, cuando quiso darse cuenta, Zoe ya se había presentado, había pedido dulce y respetuosamente un té y con cierto nerviosismo mesaba las puntas rizadas de sus rubios cabellos que habían visto tiempos mejores.

Zoe había pasado toda su vida enclaustrada en una vida que nunca asumió como propia, pero por  caprichos del destino, había dado a parar a una gran ciudad, quizás demasiado para ella, y así había ido deambulando de cama en cama, de historia en historia. Era una enamorada de la vida y curiosamente, demasiado inexperta ante tanta veteranía. Tenía claro qué buscaba, quizás era lo único que jamás había tenido claro, y era que quería ser feliz. Supusiese lo que supusiese.

- Por que imagínese que mi felicidad conlleva ser una forajida y robar bancos. Podría robar bancos, no supondría un problema..solo tendría que aprender a conducir y a pedirlo quizás con cierto encanto. Eso haría las cosas más fáciles.. ¿No cree? En cambio no podría matar a alguien, no creo que mi felicidad pueda depender de quitarle la vida a otros...No, eso me haría aún más desgraciada. No, quizás deba ser como Bonnie.

-Pero Bonnie murió acribillada a tiros junto a Clyde. Dudo que ella fuese feliz, incluso con él..

-Oh, ¡eso es lo bueno de la experiencia! Que acabas por aprender, aunque sea a las malas a no cometer ciertos errores, a no caer en esas trampas que la vida te pone. Aunque es cierto, para ser Bonnie necesitaría un compinche, un Clyde. ¿Usted sabe robar bancos?.

Y con aquella ingenuidad encantadora y un estudiado movimiento de pestañas el trato estaba casi cerrado. En aquella cafetería, junto al ventanal sobre el que el temporal arreciaba, Zoe conocía a Lou.
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Tan solo era el recuerdo de un momento no vivido.  La suave caricia con la palma abierta, los dedos inquietos y la respiración acompasada. Era el inicio del baile, a la espera, sentado en el borde de la silla a punto de caer por el abismo.
Una pequeña gota de sudor que caía por la espalda peldaño a peldaño hasta conformar la columna que ergía aquel estandarte de pura feminidad. El pelo suelto, deshecho y caótico como si ya sus yemas hubiesen desenmarañado todas sus locas aventuras y pudiesen descifrar hacia qué lado iban a despuntar. Los labios entreabiertos, a la espera de una pregunta, confabulando por una sonrisa; acertijos enrevesados en la lengua escondidos bajo el manto de  la cristalina saliva; quizás y solo quizás..sentimientos inesperados, sinceridad a quemarropa esperando salir y hechar a volar llenando, aquel pequeño nido de dientes perlados, de plumas.
Quiso mirar a sus ojos, pero tan solo bordeó las mejillas sonrosadas hasta perserse por el tambolireante cuello. Y en su nerviosismo encontró tranquilidad, como si una mano se tornase enlazada a la suya, un dulce apretón que le volvió en sí.
Una suave melodía perturbaba el silencio. Con ella siempre había música, era una necesidad, como si se tratase de una gran diva con un listado de exigencias, y antes que el propio aire..necesitaba silenciar aquel mutis eterno que parecía inquietarle.
Y entonces apreció aquellas dos grandes orbes, dos astros por descubrir fijos en él. Interrogantes y curiosos, viejos narradores de una historia que había caído en el olvido, pero que seguía siendo propia y no por ello menos dolida. Aquella mirada le atrapaba mientras sus pasos se oían lejanos cuando su mente ya la poseía.
Por qué era tan estúpido de no haberse dado cuenta de que no necesitaba apreciar en la lejanía cuando veía..sino aprender a sentirlo y agradecerlo. Ambos seguramente se planteaban lo mismo mientras la distancia se acortaba y el pulso pregonaba algo que no sabían bien cuando había empezado pero que se había vuelto una necesidad.
Sobre aquella colcha posaba su cuerpo vibrando, encendido, un mar sin descubrir cuyo oleaje no respetaba ninguna norma, solo engullía sin más, plagado de sirenas en cada recobeco de piel y calidez.  Sobre aquella ladera de pequeñas proporciones ella se tendía y le miraba, y el miedo se difuminaba con la intensidad de las emociones. Y sin gesto alguno, sin mediar palabra, simplemente ella...ella le invitaba a él a perderse y reencontrarse, a encontrar algún significado que explicase aquello que no sabían nombrar.
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