La colcha

by - 18:30


Tan solo era el recuerdo de un momento no vivido.  La suave caricia con la palma abierta, los dedos inquietos y la respiración acompasada. Era el inicio del baile, a la espera, sentado en el borde de la silla a punto de caer por el abismo.
Una pequeña gota de sudor que caía por la espalda peldaño a peldaño hasta conformar la columna que ergía aquel estandarte de pura feminidad. El pelo suelto, deshecho y caótico como si ya sus yemas hubiesen desenmarañado todas sus locas aventuras y pudiesen descifrar hacia qué lado iban a despuntar. Los labios entreabiertos, a la espera de una pregunta, confabulando por una sonrisa; acertijos enrevesados en la lengua escondidos bajo el manto de  la cristalina saliva; quizás y solo quizás..sentimientos inesperados, sinceridad a quemarropa esperando salir y hechar a volar llenando, aquel pequeño nido de dientes perlados, de plumas.
Quiso mirar a sus ojos, pero tan solo bordeó las mejillas sonrosadas hasta perserse por el tambolireante cuello. Y en su nerviosismo encontró tranquilidad, como si una mano se tornase enlazada a la suya, un dulce apretón que le volvió en sí.
Una suave melodía perturbaba el silencio. Con ella siempre había música, era una necesidad, como si se tratase de una gran diva con un listado de exigencias, y antes que el propio aire..necesitaba silenciar aquel mutis eterno que parecía inquietarle.
Y entonces apreció aquellas dos grandes orbes, dos astros por descubrir fijos en él. Interrogantes y curiosos, viejos narradores de una historia que había caído en el olvido, pero que seguía siendo propia y no por ello menos dolida. Aquella mirada le atrapaba mientras sus pasos se oían lejanos cuando su mente ya la poseía.
Por qué era tan estúpido de no haberse dado cuenta de que no necesitaba apreciar en la lejanía cuando veía..sino aprender a sentirlo y agradecerlo. Ambos seguramente se planteaban lo mismo mientras la distancia se acortaba y el pulso pregonaba algo que no sabían bien cuando había empezado pero que se había vuelto una necesidad.
Sobre aquella colcha posaba su cuerpo vibrando, encendido, un mar sin descubrir cuyo oleaje no respetaba ninguna norma, solo engullía sin más, plagado de sirenas en cada recobeco de piel y calidez.  Sobre aquella ladera de pequeñas proporciones ella se tendía y le miraba, y el miedo se difuminaba con la intensidad de las emociones. Y sin gesto alguno, sin mediar palabra, simplemente ella...ella le invitaba a él a perderse y reencontrarse, a encontrar algún significado que explicase aquello que no sabían nombrar.

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