Overture: Capítulo V: Expiación satisfactoria
N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.
https://open.spotify.com/playlist/3aADzw9cAS9eq6bdgEfV5e?si=1CCiZidlSWqbeua7XhqYtg
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Sentía que todo mi cuerpo olía a
él aún a pesar de la brisa helada. Desde aquel punto, sentada sobre su regazo,
veíamos el lago Michigan mientras el día terminaba de abrir. Aunque mi mirada
estaba clavada en la mancha de sangre que había dejado en su camisa. Ninguno rompía
el silencio, como si cualquier cosa que pudiésemos decir supusiera sentenciar
aquel momento.
Val pasaba sus dedos por mi cuello,
masajeando con suavidad la zona mientras su mandíbula se mantenía tensa. Había
llegado a aprender que de sus silencios había más significado que en sus
palabras. Pasé mi mano por su mejilla, notando el calor que emanaba y la rugosidad
de la barba incipiente, haciendo que sus ojos se posaran en los míos.
-
Deberíamos irnos, los obreros podrían llegar en
cualquier minuto – dije con suavidad, pero aplomo. Notaba como mis párpados se
esforzaban por permanec
er abiertos, pero mi cuerpo aletargado no respondía como
habría deseado.
-
Una parte de él deseaba que
llegasen y mirasen, aquella era su pequeña victoria, pero también se sintió
receloso de mostrar algo que apenas lograba definir, y que empujaba hacia su
interior, ocultándolo cada vez más.
Veinte minutos más tarde,
atravesaban el hall del edificio de apartamentos de él. No es que le hubiese
dado opción a Beck, sencillamente la había tomado de la muñeca, en silencio, y
habían bajado hasta volver a la acera. Ella se apretaba los labios, hinchados
por la presión, tratando de no quejarse por el dolor en las plantas de los pies. Los patines se habían quedado en la azotea, y
ella era incapaz ahora de poder usarlos, no en aquel estado.
Podría haberla llevado en brazos
o a su espalda sin demasiada dificultad, pero no quería imaginarse las miradas que
podría despertar o que la policía les parase dado el aspecto de ella. Lo
inteligente sería mandarla a casa en un taxi, y él volverse a su apartamento y olvidarse
de aquel asunto. Sin embargo, había subido tras ella a aquel ridículo vehículo,
mientras apretaba la mandíbula y ella evitaba decir nada que fijase la atención
en su cuerpo magullado.
Había apreciado el silencio y la
mirada esquiva del recepcionista del edificio, aún el correspondiente al turno
de noche. Debería recordar recompensarle en un futuro, pero en aquel momento
solo quería llegar a su apartamento. Dentro del ascensor, ella se mantuvo
ligeramente separada, apoyando parte de su peso en las barras de protección de
las paredes del obscenamente lujoso ascensor. Val se acercó a ella y la elevó
entre sus brazos, cargándola contra su cadera mientras sacaba la tarjeta con la
que identificarse y poder entrar en el ático.
La llevó hasta el dormitorio, rechazando
los pensamientos que de conformaban instándole a pensar que aquello era una mala
idea. La dejó sobre la colcha gris antracita, volviendo a ser consciente de la
falta de ropa interior, que descansaba hecha jirones en el bolsillo de su
pantalón.
-
Tendida en su cama, notaba mis
ojos entrecerrarse. Una punzada de aprensión nació en mi interior cuando le vi
marcharse, pero terminé por quedarme dormida, hasta que sentí de nuevo sus
manos en mis tobillos.
Arrodillado ante el borde de la
cama, sin camiseta y en calzoncillos, pasaba una gasa por la planta de mis
pies, desinfectando los cortes con cuidado y esmero. Tomó unas pinzas y quitó
una esquirla de cristal mientras maldecía por lo bajo. Fue en ese momento
cuando fue consciente de mi mirada, así como de mi falta de queja. Pasó una
pomada al finalizar examinando el resto del pie. Inesperadamente mordió la
punta de mis dedos y sonrió de lado al ver cómo intentaba retirar las piernas.
Tomó el tobillo con una mano y lo dejó sobre su hombro, haciendo que, al acercarse,
mi pierna rodase por su espalda. Volvió
a centrar su atención en la otra planta, repitiendo la operación. Mis pupilas
estaban fijas en él, esperando que tomase la pomada y volviese a sentir su boca
contra mi piel. No obstante, al finalizar, tan solo dejó la pierna reposando
contra la cama, notando mi decepción.
- -Eres demasiado sincera, … y eso me gusta –
dijo roncamente. Antes de que pudiese responder nada, tiró de mis piernas hacia
él, hundiendo su rostro en mi sexo. Mis caderas se arquearon mientras él gruñía
contra mi piel, notando su eco en mi interior. Sus dedos se clavaban en mi
piel, evitando que mis espasmos me permitiesen alejarme de donde él quería
tenerme.
Se incorporó, a medio camino
entre el orgasmo y la necesidad, con los labios enrojecidos, y aquellos ojos
pardos puestos en los míos. Tiró de mi cuerpo hacia sí y luego gateó, hasta
quedar a horcajadas sobre mi pecho. Cogió otra gasa y empezó a curarme las comisuras
de los labios, aún amoratadas.
- -Eres demasiado frágil, Problemas… y yo no sé
ser delicado- dijo gateando hacia mi rostro y sacando su pene erecto. No
tuvo que decirme qué hacer, y abrí la boca mientras me erguía levemente para
quedar a su altura. Las heridas escocían y la piel resultaba tirante, pero
ninguno de los dos se detenía. Agarró mi pelo, que aún guardaba el recuerdo de
sus caricias, y lo enrolló en su puño mientras evitaba que abandonase mi
cometido hasta que noté cómo descargaba todo su semen contra mi garganta.
Soltó mi cabello, respirando
entrecortadamente, y comenzó a desvestirme, hasta que toda mi ropa estuvo
diseminada a un lado de la cama. Aturdida, le seguía con la mirada, mientras
cogía la colcha y se adentraba en la cama. Yo permanecí quieta hasta que escuché
como una pequeña e inusual risa salía de su garganta.
- -No voy a ir a por ti – dijo de forma
grave y sentenciadora. Aunque hubiese sido un susurro, lo había podido escuchar
de forma clara. Gateé hasta el otro extremo de la cama y me colé bajo la mullida
colcha. Su mano asió mi muñeca con fuerza mientras un gemido emanaba de mi
garganta. El tirón fue certero, haciendo que rodase hasta quedar sobre él. Con
la otra mano quitó la colcha y me dio tres azotes en el trasero, con la fuerza
justa, como para sentirlos atravesar mi cuerpo y despertar ligeramente una
nueva erección. – No me hagas repetirme, por mucho que te guste como pueda
castigarte.
Me aferró contra su cuerpo
mientras gemía, consciente ambos de mi propia humedad.
Ninguno dijo palabra alguna,
mientras el sueño nos sobrevenía, permaneciendo en la misma postura, enredados
ambos cuerpos en una prisión que podría llamarse abrazo.
1 comentarios
Satisfactoria, sí..
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