Overture: Capítulo V: Expiación satisfactoria

by - 18:40

N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

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Sentía que todo mi cuerpo olía a él aún a pesar de la brisa helada. Desde aquel punto, sentada sobre su regazo, veíamos el lago Michigan mientras el día terminaba de abrir. Aunque mi mirada estaba clavada en la mancha de sangre que había dejado en su camisa. Ninguno rompía el silencio, como si cualquier cosa que pudiésemos decir supusiera sentenciar aquel momento.

Val pasaba sus dedos por mi cuello, masajeando con suavidad la zona mientras su mandíbula se mantenía tensa. Había llegado a aprender que de sus silencios había más significado que en sus palabras. Pasé mi mano por su mejilla, notando el calor que emanaba y la rugosidad de la barba incipiente, haciendo que sus ojos se posaran en los míos.
-          Deberíamos irnos, los obreros podrían llegar en cualquier minuto – dije con suavidad, pero aplomo. Notaba como mis párpados se esforzaban por permanec
er abiertos, pero mi cuerpo aletargado no respondía como habría deseado.
 
-
Una parte de él deseaba que llegasen y mirasen, aquella era su pequeña victoria, pero también se sintió receloso de mostrar algo que apenas lograba definir, y que empujaba hacia su interior, ocultándolo cada vez más.  


Veinte minutos más tarde, atravesaban el hall del edificio de apartamentos de él. No es que le hubiese dado opción a Beck, sencillamente la había tomado de la muñeca, en silencio, y habían bajado hasta volver a la acera. Ella se apretaba los labios, hinchados por la presión, tratando de no quejarse por el dolor en las plantas de los pies.  Los patines se habían quedado en la azotea, y ella era incapaz ahora de poder usarlos, no en aquel estado.

Podría haberla llevado en brazos o a su espalda sin demasiada dificultad, pero no quería imaginarse las miradas que podría despertar o que la policía les parase dado el aspecto de ella. Lo inteligente sería mandarla a casa en un taxi, y él volverse a su apartamento y olvidarse de aquel asunto. Sin embargo, había subido tras ella a aquel ridículo vehículo, mientras apretaba la mandíbula y ella evitaba decir nada que fijase la atención en su cuerpo magullado.

Había apreciado el silencio y la mirada esquiva del recepcionista del edificio, aún el correspondiente al turno de noche. Debería recordar recompensarle en un futuro, pero en aquel momento solo quería llegar a su apartamento.  Dentro del ascensor, ella se mantuvo ligeramente separada, apoyando parte de su peso en las barras de protección de las paredes del obscenamente lujoso ascensor. Val se acercó a ella y la elevó entre sus brazos, cargándola contra su cadera mientras sacaba la tarjeta con la que identificarse y poder entrar en el ático.
La llevó hasta el dormitorio, rechazando los pensamientos que de conformaban instándole a pensar que aquello era una mala idea. La dejó sobre la colcha gris antracita, volviendo a ser consciente de la falta de ropa interior, que descansaba hecha jirones en el bolsillo de su pantalón.      
                                                                                     - 

Tendida en su cama, notaba mis ojos entrecerrarse. Una punzada de aprensión nació en mi interior cuando le vi marcharse, pero terminé por quedarme dormida, hasta que sentí de nuevo sus manos en mis tobillos.
Arrodillado ante el borde de la cama, sin camiseta y en calzoncillos, pasaba una gasa por la planta de mis pies, desinfectando los cortes con cuidado y esmero. Tomó unas pinzas y quitó una esquirla de cristal mientras maldecía por lo bajo. Fue en ese momento cuando fue consciente de mi mirada, así como de mi falta de queja. Pasó una pomada al finalizar examinando el resto del pie. Inesperadamente mordió la punta de mis dedos y sonrió de lado al ver cómo intentaba retirar las piernas. Tomó el tobillo con una mano y lo dejó sobre su hombro, haciendo que, al acercarse, mi pierna rodase por su espalda.  Volvió a centrar su atención en la otra planta, repitiendo la operación. Mis pupilas estaban fijas en él, esperando que tomase la pomada y volviese a sentir su boca contra mi piel. No obstante, al finalizar, tan solo dejó la pierna reposando contra la cama, notando mi decepción.

-          -Eres demasiado sincera, … y eso me gusta – dijo roncamente. Antes de que pudiese responder nada, tiró de mis piernas hacia él, hundiendo su rostro en mi sexo. Mis caderas se arquearon mientras él gruñía contra mi piel, notando su eco en mi interior. Sus dedos se clavaban en mi piel, evitando que mis espasmos me permitiesen alejarme de donde él quería tenerme.

Se incorporó, a medio camino entre el orgasmo y la necesidad, con los labios enrojecidos, y aquellos ojos pardos puestos en los míos. Tiró de mi cuerpo hacia sí y luego gateó, hasta quedar a horcajadas sobre mi pecho. Cogió otra gasa y empezó a curarme las comisuras de los labios, aún amoratadas.

-         -Eres demasiado frágil, Problemas… y yo no sé ser delicado- dijo gateando hacia mi rostro y sacando su pene erecto. No tuvo que decirme qué hacer, y abrí la boca mientras me erguía levemente para quedar a su altura. Las heridas escocían y la piel resultaba tirante, pero ninguno de los dos se detenía. Agarró mi pelo, que aún guardaba el recuerdo de sus caricias, y lo enrolló en su puño mientras evitaba que abandonase mi cometido hasta que noté cómo descargaba todo su semen contra mi garganta.

Soltó mi cabello, respirando entrecortadamente, y comenzó a desvestirme, hasta que toda mi ropa estuvo diseminada a un lado de la cama. Aturdida, le seguía con la mirada, mientras cogía la colcha y se adentraba en la cama. Yo permanecí quieta hasta que escuché como una pequeña e inusual risa salía de su garganta.

-          -No voy a ir a por ti – dijo de forma grave y sentenciadora. Aunque hubiese sido un susurro, lo había podido escuchar de forma clara. Gateé hasta el otro extremo de la cama y me colé bajo la mullida colcha. Su mano asió mi muñeca con fuerza mientras un gemido emanaba de mi garganta. El tirón fue certero, haciendo que rodase hasta quedar sobre él. Con la otra mano quitó la colcha y me dio tres azotes en el trasero, con la fuerza justa, como para sentirlos atravesar mi cuerpo y despertar ligeramente una nueva erección. – No me hagas repetirme, por mucho que te guste como pueda castigarte.

Me aferró contra su cuerpo mientras gemía, consciente ambos de mi propia humedad.  
Ninguno dijo palabra alguna, mientras el sueño nos sobrevenía, permaneciendo en la misma postura, enredados ambos cuerpos en una prisión que podría llamarse abrazo.

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