Overture: Capítulo IV: Metal salado

by - 22:41


N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual. Pero para este relato, se recomienda escuchar la canción: 

https://open.spotify.com/track/23Xn28hj2UKh9vQmK9bwsV?si=70tGrVvyRlO2at_L4qRsHA


Me desperté con la piel erizada por el frío, aún metida en aquella bañera, absorbiendo el calor que emanaba del cuerpo de él. Un leve gemido emanó de mi garganta, sintiendo mi sexo dolorido e inflamado, con él aún dentro de mí.
Aún dormido, tenía la mandíbula apretada. Su rostro parecía la barrera a una constante lucha interna. Acaricie con suavidad el flequillo que aún húmedo, descansaba sobre su frente, apartándolo ligeramente. No se despertó, durmiendo con profundidad, quizás algo que no había logrado en mucho tiempo.
Busqué mi ropa y los patines y salí de aquel lugar, esquivando la mirada interrogativa del conserje en la salida del edificio. Era media tarde, pero el sol seguía pegando con fuerza.

Pasaron dos semanas. Dos largas y dolorosas semanas en las que casi no dormí ni pude comer. Mi cuerpo no se acostumbraba a la falta de melatonina, sino que generaba cierta ansiedad que me devoraba, oculta bajo mis ojos como dos sombras que no querían irse. Al principio, me aferraba a los libros y a la cafeína como aliados. Pero la evasión tenía trampa. Su recuerdo me acechaba de forma constante. En las gotas perladas de agua que se adherían a mi piel al ducharme. En los pliegues de las sábanas, cuya tibieza me tragaba más allá, donde reside la angustia por la pérdida. Me hacía revolverme en medio de la noche, coger mis patines y salir a la ciudad, vagar lejos del parque y de Cindy’s.
Encontré las obras de N Field Boulevard una madrugada de agosto. El edificio entero cubierto de andamios, forrado con aquella tela de plástico, teñida de color anaranjado bajo las luces de las farolas. Como si se tratase de un regalo, me quité los patines y anudé entre sí los cordones, colgándome ambos del cuello. Subí, descalza hacia lo alto, sin saber qué me depararía. A medida que escalaba por aquella escalera oxidada sentía la brisa húmeda del lago Michigan. Me fijé en los pequeños ferries se llamaban entre sí, cruzándose entre sí, cargados de vehículos y pasajeros.  
Creí oír mi nombre, y apreté el paso, como si mis fantasmas pudiesen encontrarme. Al llegar a la cima, me senté al borde de la ancha cornisa, dejando mis piernas caer.
-                         Beck
El viento volvía a susurrar y apreté mi cuerpo contra mis rodillas flexionadas, tratando de esconderme en algún fuero interno donde yo misma pudiese aceptarme. Caía en mi abismo persona hasta que volví, por tercera vez, a oír mi nombre.
Giré el rostro, y me encontré con él, sentado con aquella eterna camisa blanca, impoluta y bien planchada, arremangada. Me mirada de forma nostálgica, con aquellos ojos que parecían ver más de lo que yo estaba dispuesta a mostrar, a decir.
En algún momento había empezado a chispear, y ahora la ligera llovizna nos mojaba a ambos, mientras su flequillo volvía a pegarse a su frente, recuerdo de la última vez que le vi.
-                     Siempre hago que tu ropa se estropee- balbuceé con la voz ronca. No era consciente, de que llevaba dos semanas sin decir palabra alguna. Note el escozor en mi garganta mientras arrugaba la nariz y volvía la mirada al frente.
Escondí las manos bajo el pliegue de mis rodillas, sabedora del estado lamentable en que se encontraban. Había estado volviendo a morderme las uñas con nerviosismo, mientras pasaba cientos de páginas de aquellos libros que parecían traerme a aquel momento.
Él tomo una de mis manos, examinando las pequeñas heridas, para después apretar su mano con la mía. Sentí su palma cálida contra la mía, abarcando más allá de lo tangible con aquel gesto. Cerró sus dedos y tiró de mí hacia él con suavidad. Me incorporé, gateando hasta él, en tensión por su agarre. Finalmente, me dejó de rodillas ante él, sentado en el bordillo donde yo me encontraba momentos antes. Sentía la gravilla del cemento clavarse en mi piel desnuda, mientras él seguía agarrando mi mano, tirando de mí hacia sí mismo.
Su mano empezó a acariciar mi rostro. Intercalaba pequeños gestos dulces con otros desafiantes, probando mi paciencia, retándome a volver a huir. Si bien pasaba su pulgar por mi ceja después tiraba de mi pelo hacia atrás, alzando mi barbilla. Acariciaba mi mejilla con el dorso de sus dedos para abofetear mi rostro finalmente, mientras me impedía dejar de mirarle.
Me agarró de la barbilla obligándome a levantarme sobre mis talones, tambaleándome más por la dureza de sus ojos que por el esfuerzo en sí. Sus manos rodaron hasta su cintura y desabrochó su cinturón tirando de este, hasta estar lánguido en su mano, rozando la punta contra el suelo de la azotea. Jadee sin ser consciente de ello y sus pupilas se dilataron.
Tensó el cuero entre sus manos, hasta que los nudillos estuvieron blancos y dio un paso adelante. Permanecí quieta mientras él daba otro paso y estudiaba mi respuesta. Finalmente quedó frente a mí. Notaba su aliento contra mi rostro. De nuevo esa calidez. Apoyó su frente contra la mía, cerrando los ojos por un momento. Cerré los míos sintiendo el aguijonazo de las lágrimas amenazando con escaparse.
-          No…No seas dulce. Lo prometiste- susurré ansiando no hacerlo, le daba la respuesta que él quería escuchar, no la que yo quería dar. De nuevo, aquellas mentiras piadosas que harían feliz a todos, menos a mí.
Él se separó y me agarró con fuerza de las muñecas, pasando su cinturón y atándome con este, mientras el cuero se clavaba en mi piel y ardía. Caminó hasta uno de los salientes de ventilación y me empujó hasta este, quedando contra la pared de acero frío.  Levantó el borde de mi falda y noté como sus manos rasgaban mi ropa interior. Quise girarme, espetarle que parase, pero tiró de la correa alzando mis brazos, quedando en flexión contra mi pecho y mi cuello.
Apreté la mandíbula, esperando aquella intromisión que aún podía recordar en mi interior. Salvo que esta vez, fue diferente. Sentía las caricias de su cuerpo contra el mío, cómo el glande buscaba una invitación gentil, y mi cuerpo respondía arqueándose.
-                      No…No seas dul…. – No pude replicar más allá de aquellas palabras. Tomó la correa de mis muñecas y metió el extremo en mi boca, acallándome con su dureza y aquel sabor acre y salado.
Entonces se adentró en mí, mientras mis lágrimas caían y las comisuras de mi boca se laceraban por el elemento intrusivo. Sus dientes se clavaron en mi hombro desnudo, y aquel dolor me supo como los besos que ambos nos habíamos negado. Nacía de sus labios, pero era diferente a todo aquello que en mis noches de niñez podría haber ansiado.
Las piernas me fallaron, heridas por la rugosidad puntiaguda del cemento que cubría el techo del rascacielos. Val me giró y descubrió mi boca amoratada, para agarrarme del cuello con sus manos desnudas.

-                 - No creo en las segundas oportunidades. No escapes de mí. Nunca más- Soltó mi cuello y me levantó apoyando mi cuerpo contra la superficie de metal, volviendo a adentrarse entre mis piernas-No volveré a por ti…Así que deja de huir, joder.
Su lengua pasó por mi comisura amoratada hasta llegar a mis labios enrojecidos por pequeños cortes. Sentí como mis sentidos se nublaban mientras un orgasmo me sobrevenía, colapsando ante sus ojos y él me apretó contra su pecho, susurrando mi nombre.
-                      Joder, Problemas….
Rozando el amanecer, ambos estábamos más allá de los límites, en terreno desconocido, carentes de cualquier resquicio de duda o arrepentimiento.


You May Also Like

1 comentarios