Overture: Capítulo IV: Metal salado
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Me desperté con la piel erizada
por el frío, aún metida en aquella bañera, absorbiendo el calor que emanaba del
cuerpo de él. Un leve gemido emanó de mi garganta, sintiendo mi sexo dolorido e
inflamado, con él aún dentro de mí.
Aún dormido, tenía la mandíbula
apretada. Su rostro parecía la barrera a una constante lucha interna. Acaricie
con suavidad el flequillo que aún húmedo, descansaba sobre su frente,
apartándolo ligeramente. No se despertó, durmiendo con profundidad, quizás algo
que no había logrado en mucho tiempo.
Busqué mi ropa y los patines y
salí de aquel lugar, esquivando la mirada interrogativa del conserje en la
salida del edificio. Era media tarde, pero el sol seguía pegando con fuerza.
Pasaron dos semanas. Dos largas y
dolorosas semanas en las que casi no dormí ni pude comer. Mi cuerpo no se acostumbraba
a la falta de melatonina, sino que generaba cierta ansiedad que me devoraba,
oculta bajo mis ojos como dos sombras que no querían irse. Al principio, me
aferraba a los libros y a la cafeína como aliados. Pero la evasión tenía
trampa. Su recuerdo me acechaba de forma constante. En las gotas perladas de
agua que se adherían a mi piel al ducharme. En los pliegues de las sábanas,
cuya tibieza me tragaba más allá, donde reside la angustia por la pérdida. Me
hacía revolverme en medio de la noche, coger mis patines y salir a la ciudad,
vagar lejos del parque y de Cindy’s.
Encontré las obras de N Field
Boulevard una madrugada de agosto. El edificio entero cubierto de andamios,
forrado con aquella tela de plástico, teñida de color anaranjado bajo las luces
de las farolas. Como si se tratase de un regalo, me quité los patines y anudé
entre sí los cordones, colgándome ambos del cuello. Subí, descalza hacia lo
alto, sin saber qué me depararía. A medida que escalaba por aquella escalera
oxidada sentía la brisa húmeda del lago Michigan. Me fijé en los pequeños ferries se llamaban entre sí, cruzándose entre sí, cargados de vehículos y pasajeros.
Creí oír mi nombre, y apreté el paso,
como si mis fantasmas pudiesen encontrarme. Al llegar a la cima, me senté al
borde de la ancha cornisa, dejando mis piernas caer.
- - Beck…
El viento volvía a susurrar y
apreté mi cuerpo contra mis rodillas flexionadas, tratando de esconderme en
algún fuero interno donde yo misma pudiese aceptarme. Caía en mi abismo persona
hasta que volví, por tercera vez, a oír mi nombre.
Giré el rostro, y me encontré con
él, sentado con aquella eterna camisa blanca, impoluta y bien planchada,
arremangada. Me mirada de forma nostálgica, con aquellos ojos que parecían ver
más de lo que yo estaba dispuesta a mostrar, a decir.
En algún momento había empezado a
chispear, y ahora la ligera llovizna nos mojaba a ambos, mientras su flequillo
volvía a pegarse a su frente, recuerdo de la última vez que le vi.
- - Siempre hago que tu ropa se estropee-
balbuceé con la voz ronca. No era consciente, de que llevaba dos semanas sin
decir palabra alguna. Note el escozor en mi garganta mientras arrugaba la nariz
y volvía la mirada al frente.
Escondí las manos bajo el pliegue
de mis rodillas, sabedora del estado lamentable en que se encontraban. Había
estado volviendo a morderme las uñas con nerviosismo, mientras pasaba cientos
de páginas de aquellos libros que parecían traerme a aquel momento.
Él tomo una de mis manos,
examinando las pequeñas heridas, para después apretar su mano con la mía. Sentí
su palma cálida contra la mía, abarcando más allá de lo tangible con aquel
gesto. Cerró sus dedos y tiró de mí hacia él con suavidad. Me incorporé,
gateando hasta él, en tensión por su agarre. Finalmente, me dejó de rodillas
ante él, sentado en el bordillo donde yo me encontraba momentos antes. Sentía
la gravilla del cemento clavarse en mi piel desnuda, mientras él seguía
agarrando mi mano, tirando de mí hacia sí mismo.
Su mano empezó a acariciar mi
rostro. Intercalaba pequeños gestos dulces con otros desafiantes, probando mi
paciencia, retándome a volver a huir. Si bien pasaba su pulgar por mi ceja
después tiraba de mi pelo hacia atrás, alzando mi barbilla. Acariciaba mi
mejilla con el dorso de sus dedos para abofetear mi rostro finalmente, mientras
me impedía dejar de mirarle.
Me agarró de la barbilla
obligándome a levantarme sobre mis talones, tambaleándome más por la dureza de
sus ojos que por el esfuerzo en sí. Sus manos rodaron hasta su cintura y desabrochó
su cinturón tirando de este, hasta estar lánguido en su mano, rozando la punta
contra el suelo de la azotea. Jadee sin ser consciente de ello y sus pupilas se
dilataron.
Tensó el cuero entre sus manos,
hasta que los nudillos estuvieron blancos y dio un paso adelante. Permanecí quieta
mientras él daba otro paso y estudiaba mi respuesta. Finalmente quedó frente a
mí. Notaba su aliento contra mi rostro. De nuevo esa calidez. Apoyó su frente
contra la mía, cerrando los ojos por un momento. Cerré los míos sintiendo el
aguijonazo de las lágrimas amenazando con escaparse.
-
No…No seas dulce. Lo prometiste- susurré ansiando
no hacerlo, le daba la respuesta que él quería escuchar, no la que yo quería dar.
De nuevo, aquellas mentiras piadosas que harían feliz a todos, menos a mí.
Él se separó y
me agarró con fuerza de las muñecas, pasando su cinturón y atándome con este, mientras
el cuero se clavaba en mi piel y ardía. Caminó hasta uno de los salientes de
ventilación y me empujó hasta este, quedando contra la pared de acero frío. Levantó el borde de mi falda y noté como sus
manos rasgaban mi ropa interior. Quise girarme, espetarle que parase, pero tiró
de la correa alzando mis brazos, quedando en flexión contra mi pecho y mi
cuello.
Apreté la mandíbula,
esperando aquella intromisión que aún podía recordar en mi interior. Salvo que
esta vez, fue diferente. Sentía las caricias de su cuerpo contra el mío, cómo
el glande buscaba una invitación gentil, y mi cuerpo respondía arqueándose.
-
- No…No seas dul…. – No pude replicar más
allá de aquellas palabras. Tomó la correa de mis muñecas y metió el extremo en
mi boca, acallándome con su dureza y aquel sabor acre y salado.
Entonces se
adentró en mí, mientras mis lágrimas caían y las comisuras de mi boca se
laceraban por el elemento intrusivo. Sus dientes se clavaron en mi hombro
desnudo, y aquel dolor me supo como los besos que ambos nos habíamos negado. Nacía
de sus labios, pero era diferente a todo aquello que en mis noches de niñez
podría haber ansiado.
Las piernas me
fallaron, heridas por la rugosidad puntiaguda del cemento que cubría el techo
del rascacielos. Val me giró y descubrió mi boca amoratada, para agarrarme del
cuello con sus manos desnudas.
- - No creo en las segundas oportunidades. No
escapes de mí. Nunca más- Soltó mi cuello y me levantó apoyando mi cuerpo
contra la superficie de metal, volviendo a adentrarse entre mis piernas-No
volveré a por ti…Así que deja de huir, joder.
Su lengua pasó por mi comisura
amoratada hasta llegar a mis labios enrojecidos por pequeños cortes. Sentí como
mis sentidos se nublaban mientras un orgasmo me sobrevenía, colapsando ante sus
ojos y él me apretó contra su pecho, susurrando mi nombre.
-
- Joder, Problemas….
Rozando el amanecer, ambos estábamos
más allá de los límites, en terreno desconocido, carentes de cualquier resquicio
de duda o arrepentimiento.
1 comentarios
La música ha sido la unión perfecta..
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