Overture: Capítulo VI: Represalias deseadas

by - 14:08

N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

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Desperté pasadas más horas de las jamás había dormido, en la misma posición, presa por sus brazos. Sentí que jamás antes había dormido de verdad, nunca nada había sido la sensación de calma y paz semejante a la que sentía en esos momentos.
Alcé el rostro con cautela, y le encontré mirando hacia la ventana, era entrada la noche y se veía toda la ciudad iluminada. Me traté de incorporar consciente al fin de haber dormido casi un día, pero él no me lo permitió.
-        –   Tengo que ir al baño… - susurré con vergüenza apretando los muslos. Él permaneció callado con sus brazos sobre mi espalda. Me mordisqueé el labio, pensativa, algo en mi interior me hizo reformular aquella frase - ¿Puedo ir al baño, por favor?

El asintió levemente, reposando sus brazos a un lado de la colcha con las palmas abiertas, como si esperase mi vuelta. Gateé hasta el extremo de la cama y caminé a tientas por el pasillo hasta que encontré el servicio. Me apoyé sobre el lavabo mirando mi reflejo. Tenía las pupilas dilatadas, el pulso disparado y mi mente descontrolada. Vi a mi espalda la bañera en la que le había dejado la última vez que le vi y sentí una punzada de aprensión en el estómago. Las últimas dos semanas me había repetido que aquel infierno personal se debía al mono por dejar los barbitúricos. Pero sabía en mi fuero interno que era su ausencia lo que me había llevado a aquel extremo. Si había dejado de tomar nada, era solo porque él lo quería así. Y había obedecido sin que él fuera consciente, sin que hubiese repercusión.

Examiné mi reflejo, consciente de las magulladuras y los moretones. Habían mejorado con rapidez, pero seguían siendo visibles. No sentí vergüenza, ni repulsa, sino que pasé la yema de mis dedos en una suave caricia recordando cómo había sido su ataque.
Al volver a la habitación, Val no estaba. Busqué en el suelo mi ropa sin éxito alguno, así que emprendí su búsqueda notando como la vergüenza ruborizaba mis mejillas y hacía latir mis sienes. No, no era vergüenza, pero en aquel instante no podía reparar en ello, solo en encontrarle.
Llegué a la cocina, y le vi junto a la isla, sacando varias cosas del refrigerador. A diferencia de mí, llevaba unos boxers y una camiseta de tirantes negra. Permanecí observándole desde el vano de la puerta, conscientes ambos de la presencia del otro.
Finalmente, él se sentó en una banqueta alargada, cruzando sus brazos con mirada poco paciente. Pasé el umbral de la puerta con suavidad y percibí el arqueamiento de su ceja apremiando mis pasos con ello, hasta que quedé frente a él.




-          – Siéntate – dijo de forma firme. Mi cuerpo se veía aún más pálido bajo la luz blanquecina de la cocina, y el frío me erizaba la piel, pero no pronuncié queja alguna. Miré a ambos lados, pero no encontré asiento alguno.

Tomé el plato que había frente a él y lo hice a un lado, rompiendo el silencio con el suave impacto del plato sobre la madera que cubría la superficie. Me situé en el hueco entre sus piernas, y me impulsé sobre mis brazos, sentándome finalmente ante él, colgando mis piernas en el vacío.

Val sonrió de casi imperceptible, pero yo permanecía alerta de todos sus movimientos. Cogió el plato, que contenía una selección de antipasti, y lo puso sobre mi regazo desnudo. Tomó una loncha de prosciutto enrollado y se lo llevó a los labios, masticando con calma y detenimiento predeterminado. 

Recordé el incidente en el Shawarma y su hastío al intentar hacerme comer, supe que aquello no se volvería a repetir. Me agarré al borde de la isleta y arqueé mi cuerpo hacia él evitando que el plato, que reposaba en mi regazo, cayese. Me mantuve, temblando ligeramente por el esfuerzo, tendida en tensión hacia él con la boca entreabierta ante su mirada calmada y carente de afección.
Terminó de comer y pasó su pulgar por mi labio inferior, humedeciéndolo ligeramente. Su mano tomó mi barbilla y presionó con el pulgar en el labio a modo de advertencia.
-       
 –   – Abre -sentenció mientras yo abría con lentitud mi boca y él introducía más su pulgar- …Más…- continué con la apertura lenta y pausada, notando como su mano se tensaba- He dicho que más…- susurró con cierto enojo. Cerré mi boca mordiendo su pulgar y succionando después.

Val sacó el dedo de entre mis labios, con una pequeña marca de mis dientes, algo irrelevante y perecedero, que en minutos desaparecería, pero que suponía una rebeldía por mi parte. Apretó mi mandíbula con su mano haciendo que mis mejillas y labios conformasen una mueca contraria a mis ojos, cargados de desafío.

-        –   Eres una malcriada, Problemas… y alguien tiene que corregir eso – dijo midiendo cada palabra con lentitud, despertando en mi interior algo que debía haber sido miedo, pero era más afín a la excitación.

 Soltó mi rostro y se separó de mí, tomando la banqueta con una mano y dejándola a un lado con suavidad. Mis ojos le seguían con detenimiento, estudiando sus movimientos, la tensión de sus músculos y lo que aquellos ojos atormentados escondían. Volvió sobre sus pasos y tomándome con cuidado, me bajó de la isleta, colocándome de espaldas a él.

-        –   Inclínate sobre la encimera, apoya tus codos sobre ella y extiende las palmas sobre la madera – susurró contra mi cabello

Hice lo que me dijo, vacilando ligeramente aun sabiendo que no había margen para la duda.

-       –   Quiero que entiendas que esto lo has provocado con tus acciones. Vas a contar en voz alta hasta diez y recordar que mi paciencia no debería llegar jamás a tanto - Su voz, grave y profunda, jugaba con cada palabra, pronunciando cada silaba como una cadencia que se grababa en mi interior.  Comienza a contar

-       –    Uno – Dije con firmeza. Aunque mi mente se había generado una idea de lo que estaba por venir, cuando su mano abierta golpeó mi trasero, un gemido salió de mi boca en una exhalación que me hizo perder todo el aire. Noté como mi cuerpo empezaba a arder, pero apreté los dientes y seguí contando, tratando de no parecer afectada- Dos – Antes de terminar de pronunciar aquel monosílabo, su mano impactaba contra el otro glúteo, enrojeciéndose a la par. Sentí una punzada en la garganta que me hizo aumentar el ritmo al contar- Tres, cuatro, …- La intensidad de los azotes no menguaron, mientras mi piel, lejos de acostumbrarse, se aquejaba dolorida, sin embargo, de mis labios seguían emergiendo, número a número, susurros concesivos que aceptaban aquel castigo.


Cuando llegamos a diez, mi cuerpo temblaba dolorido, pero aún en la postura que él me había exigido.  Noté como se distanciaba brevemente y las lágrimas afloraron en mis ojos, haciendo que sintiese un profundo pesar sin atender a sus movimientos, cada vez más cercanos a mí. Sus manos me tomaron de la cintura, situándome en su regazo con cuidado, acariciando mi espalda con suavidad. La banqueta volvía a estar en la posición inicial, y él se había sentado, permitiendo que descansase mi cuerpo en él. Noté las yemas de sus dedos bajar por mi columna hasta generar una suave caricia sobre mi piel magullada, sus labios se apretaron contra mi frente mientras canalizaba todo mi dolor, más allá del malestar físico.  Me abracé a él, humedeciendo su camiseta y su piel, mientras continuaba, con mimo, recorriendo mi piel y besando mi rostro.

La angustia y la aflicción quedaban lejanas, mientras sentía pequeñas alas que afloraban en mi espalda, desde algún punto de mi interior. Esas alas que siempre había notado en mi interior, plegadas, aprisionadas bajo la asfixia de un mundo al que no pertenecía, en el que era invisible.


Y ahora, él me veía.

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1 comentarios

  1. Escribes bien K, pero tus historias terminan siendo como un eterno capitulo de los power rangers, recurres siempre al mismo monstruo gigante.

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