Overture: Capítulo VI: Represalias deseadas
N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.
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Desperté pasadas más horas de las
jamás había dormido, en la misma posición, presa por sus brazos. Sentí que
jamás antes había dormido de verdad, nunca nada había sido la sensación de
calma y paz semejante a la que sentía en esos momentos.
Alcé el rostro con cautela, y le
encontré mirando hacia la ventana, era entrada la noche y se veía toda la
ciudad iluminada. Me traté de incorporar consciente al fin de haber dormido
casi un día, pero él no me lo permitió.
- –
Tengo que ir al baño… - susurré con
vergüenza apretando los muslos. Él permaneció callado con sus brazos sobre mi
espalda. Me mordisqueé el labio, pensativa, algo en mi interior me hizo
reformular aquella frase - ¿Puedo ir al baño, por favor?
El asintió levemente, reposando sus
brazos a un lado de la colcha con las palmas abiertas, como si esperase mi
vuelta. Gateé hasta el extremo de la cama y caminé a tientas por el pasillo
hasta que encontré el servicio. Me apoyé sobre el lavabo mirando mi reflejo.
Tenía las pupilas dilatadas, el pulso disparado y mi mente descontrolada. Vi a
mi espalda la bañera en la que le había dejado la última vez que le vi y sentí
una punzada de aprensión en el estómago. Las últimas dos semanas me había
repetido que aquel infierno personal se debía al mono por dejar los
barbitúricos. Pero sabía en mi fuero interno que era su ausencia lo que me
había llevado a aquel extremo. Si había dejado de tomar nada, era solo porque
él lo quería así. Y había obedecido sin que él fuera consciente, sin que
hubiese repercusión.
Examiné mi reflejo, consciente de
las magulladuras y los moretones. Habían mejorado con rapidez, pero seguían
siendo visibles. No sentí vergüenza, ni repulsa, sino que pasé la yema de mis
dedos en una suave caricia recordando cómo había sido su ataque.
Al volver a la habitación, Val no
estaba. Busqué en el suelo mi ropa sin éxito alguno, así que emprendí su
búsqueda notando como la vergüenza ruborizaba mis mejillas y hacía latir mis
sienes. No, no era vergüenza, pero en aquel instante no podía reparar en ello,
solo en encontrarle.
Llegué a la cocina, y le vi junto
a la isla, sacando varias cosas del refrigerador. A diferencia de mí, llevaba
unos boxers y una camiseta de tirantes negra. Permanecí observándole desde el
vano de la puerta, conscientes ambos de la presencia del otro.
Finalmente, él se sentó en una
banqueta alargada, cruzando sus brazos con mirada poco paciente. Pasé el umbral
de la puerta con suavidad y percibí el arqueamiento de su ceja apremiando mis
pasos con ello, hasta que quedé frente a él.
- – Siéntate – dijo de forma firme. Mi cuerpo se
veía aún más pálido bajo la luz blanquecina de la cocina, y el frío me erizaba
la piel, pero no pronuncié queja alguna. Miré a ambos lados, pero no encontré
asiento alguno.
Tomé el plato que había frente a
él y lo hice a un lado, rompiendo el silencio con el suave impacto del plato
sobre la madera que cubría la superficie. Me situé en el hueco entre sus
piernas, y me impulsé sobre mis brazos, sentándome finalmente ante él, colgando
mis piernas en el vacío.
Val sonrió de casi imperceptible,
pero yo permanecía alerta de todos sus movimientos. Cogió el plato, que
contenía una selección de antipasti, y lo puso sobre mi regazo desnudo. Tomó
una loncha de prosciutto enrollado y se lo
llevó a los labios, masticando con calma y detenimiento predeterminado.
Recordé
el incidente en el Shawarma y su hastío al intentar hacerme comer, supe que
aquello no se volvería a repetir. Me agarré al borde de la isleta y arqueé mi
cuerpo hacia él evitando que el plato, que reposaba en mi regazo, cayese. Me
mantuve, temblando ligeramente por el esfuerzo, tendida en tensión hacia él con
la boca entreabierta ante su mirada calmada y carente de afección.
Terminó de comer y pasó su pulgar
por mi labio inferior, humedeciéndolo ligeramente. Su mano tomó mi barbilla y
presionó con el pulgar en el labio a modo de advertencia.
-
– – Abre -sentenció mientras yo abría con
lentitud mi boca y él introducía más su pulgar- …Más…- continué con la
apertura lenta y pausada, notando como su mano se tensaba- He dicho que más…-
susurró con cierto enojo. Cerré mi boca mordiendo su pulgar y succionando
después.
Val sacó el dedo de entre mis
labios, con una pequeña marca de mis dientes, algo irrelevante y perecedero,
que en minutos desaparecería, pero que suponía una rebeldía por mi parte.
Apretó mi mandíbula con su mano haciendo que mis mejillas y labios conformasen
una mueca contraria a mis ojos, cargados de desafío.
- –
Eres una malcriada, Problemas… y alguien
tiene que corregir eso – dijo midiendo cada palabra con lentitud, despertando
en mi interior algo que debía haber sido miedo, pero era más afín a la
excitación.
Soltó mi rostro y se separó de mí, tomando la
banqueta con una mano y dejándola a un lado con suavidad. Mis ojos le seguían
con detenimiento, estudiando sus movimientos, la tensión de sus músculos y lo
que aquellos ojos atormentados escondían. Volvió sobre sus pasos y tomándome
con cuidado, me bajó de la isleta, colocándome de espaldas a él.
- –
Inclínate sobre la encimera, apoya tus codos
sobre ella y extiende las palmas sobre la madera – susurró contra mi
cabello
Hice lo que me dijo, vacilando
ligeramente aun sabiendo que no había margen para la duda.
- – Quiero que entiendas que esto lo has provocado
con tus acciones. Vas a contar en voz alta hasta diez y recordar que mi
paciencia no debería llegar jamás a tanto - Su voz, grave y profunda, jugaba
con cada palabra, pronunciando cada silaba como una cadencia que se grababa en
mi interior. – Comienza a contar
- –
Uno – Dije con firmeza. Aunque mi mente se
había generado una idea de lo que estaba por venir, cuando su mano abierta
golpeó mi trasero, un gemido salió de mi boca en una exhalación que me hizo
perder todo el aire. Noté como mi cuerpo empezaba a arder, pero apreté los
dientes y seguí contando, tratando de no parecer afectada- Dos – Antes de
terminar de pronunciar aquel monosílabo, su mano impactaba contra el otro
glúteo, enrojeciéndose a la par. Sentí una punzada en la garganta que me hizo
aumentar el ritmo al contar- Tres, cuatro, …- La intensidad de los azotes
no menguaron, mientras mi piel, lejos de acostumbrarse, se aquejaba dolorida,
sin embargo, de mis labios seguían emergiendo, número a número, susurros
concesivos que aceptaban aquel castigo.
Cuando llegamos
a diez, mi cuerpo temblaba dolorido, pero aún en la postura que él me había
exigido. Noté como se distanciaba
brevemente y las lágrimas afloraron en mis ojos, haciendo que sintiese un
profundo pesar sin atender a sus movimientos, cada vez más cercanos a mí. Sus
manos me tomaron de la cintura, situándome en su regazo con cuidado, acariciando
mi espalda con suavidad. La banqueta volvía a estar en la posición inicial, y
él se había sentado, permitiendo que descansase mi cuerpo en él. Noté las yemas
de sus dedos bajar por mi columna hasta generar una suave caricia sobre mi piel
magullada, sus labios se apretaron contra mi frente mientras canalizaba todo mi
dolor, más allá del malestar físico. Me
abracé a él, humedeciendo su camiseta y su piel, mientras continuaba, con mimo,
recorriendo mi piel y besando mi rostro.
La angustia y la
aflicción quedaban lejanas, mientras sentía pequeñas alas que afloraban en mi
espalda, desde algún punto de mi interior. Esas alas que siempre había notado
en mi interior, plegadas, aprisionadas bajo la asfixia de un mundo al que no
pertenecía, en el que era invisible.
Y ahora, él me
veía.

1 comentarios
Escribes bien K, pero tus historias terminan siendo como un eterno capitulo de los power rangers, recurres siempre al mismo monstruo gigante.
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