Murmur Adagio
N/A: Murmur Adagio se contempla como un proyecto capitular, con la siguiente banda sonora:
No obstante, a fecha de hoy solo ha sido escrito este fragmento
- Tener esperanzas es un asunto peligroso....- dije mirando mi propio reflejo bajo el vaho, mientras pasada dos dedos y me encontraba con mi mirada. Hacía días que no pegaba ojo.
Bueno, eso no es del todo cierto. Había desvanecimientos, pequeñas pausas en las que mi mente se había evadido y no recordaba nada. Como la noche anterior, con la mirada perdida en la pantalla del ordenador, escondida por el grueso nórdico en medio de aquella cama demasiado grande para mí sola. En algún momento, mi juicio desertó tras aquella pálida luz, vagando en algún rincón donde la lucidez crujía y se desportillaba de manera cada vez más perceptible.Tenía el pelo húmedo, goteando sobre la amplia camiseta, y olía a champú. Lejos de la sensación de confort que podría haberme embriagado, hacía aquello por mero instinto de supervivencia. Me aferraba a un comportamiento rutinario, un modo de controlar lo poco que quedaba a mi alcance. Eso abarcaba desde la limpieza al orden de mi minúsculo apartamento. Pero no recordaba la última vez que había comido algo o pernoctado.
Cogí el dobladillo de la camisa y lo apreté hasta que mis nudillos se tornaron blancos, afirmando una decisión que en mi interior se iba conformando. Desenrosqué la ruedecilla del agua caliente y salí de la estancia. Sabía que esa idea era estúpida e inmadura. Sabía que suponía un riesgo, pero aquello no me frenaba, sino que me impulsaba a coger el blister del oxidado cajón de la mesita de noche. Lo apreté con tesón, hasta que mi piel nívea se enrojeció y adoptó todas las estrías y grietas de aquel trozo de aluminio.
Cogí el dobladillo de la camisa y lo apreté hasta que mis nudillos se tornaron blancos, afirmando una decisión que en mi interior se iba conformando. Desenrosqué la ruedecilla del agua caliente y salí de la estancia. Sabía que esa idea era estúpida e inmadura. Sabía que suponía un riesgo, pero aquello no me frenaba, sino que me impulsaba a coger el blister del oxidado cajón de la mesita de noche. Lo apreté con tesón, hasta que mi piel nívea se enrojeció y adoptó todas las estrías y grietas de aquel trozo de aluminio.
Sentí los aguijonazos de dolor cuando la planta del pie se adentró en la turba de agua. La estancia estaba iluminada por algunas velas viejas, recolectadas de varias estancias de la casa. Con la mirada fija en las baldosas, veía cómo se movían por la luz danzarina y distorsionada de las llamas Me concentré en aceptar aquella sensación, el dolor que perpetraba en mi piel y tomaba todo consigo, en cómo se adueñaba de mi cuerpo, más y más. Poco a poco, me fui tumbando hasta permanecer completamente a merced de aquella sensación que adormecía mis pensamientos, palpitando en mis sienes hasta quedar en calma.
En aquellos instantes, mi mente alcanzaba la nada. Toda la turba de pensamientos que clamaban impasibles contra toda posible paz interior, se silenciaba y caía el telón. No era del todo sencillo, debía dejarme llevar, aunque para eso las pastillas, situadas en el borde de la bañera de acero, servirían.
Entrecerré los ojos, sumida en aquella matriz acuática de concordia, mientras algo se movía tras el telón de mis pestañas. Al principio no reaccioné, carente de reflejos y demasiado atolondrada para concebir que no estaba sola. Fue entonces cuando noté cómo el agua se movía, alzándose sobre mi piel y llegando a cubrir por completo mis senos, los cuales habían permanecido alzados cual islas.
Me esforcé en abrir los párpados luchando con la somnolencia y mis sentidos afectados por los barbitúricos, pero solo lograba mecer mis pestañas contra mis mejillas húmedas. Fue entonces cuando escuché con nitidez un sonido que jamás podría olvidar.
Sabía que la estancia estaba sumida en el silencio perpetrado, si acaso, por mi propio aliento. Más allá de mis oídos, como si naciese de mi interior pero no de mí, podía escuchar con total perspicuidad una melodía alzándose y adueñándose de todo a su paso. La sentía latir en las ondas del agua, en las llamas danzarinas que mecían las sombras de la estancia. Se enroscaba en mi garganta y descendía hasta mis labios, cabalgando sobre las gotas de humedad y agua jabonosa. Adivinaba su mirada, aún sin comprender cómo podría ser vista, insinuándose tras las sombras de cada recoveco, dejándose oír pero no ser visto.
Cuando me sobrevino la coda, mi cuerpo yacía dormido, extenuado por aquella peculiar digresión. Un murmullo suave emergía del otro lado de mi pequeño abismo personal, donde las aguas eran más cálidas, y velaban por el letargo en el que me mecía.
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