Overture: Capítulo VII: Alambre de espino

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N/A: Se ha creado una lista de Spotify acorde a esta historia. Desconozco cuántos capítulos terminará teniendo de extensión, pero será mayor a lo habitual.

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Las semanas pasaron fugaces y temblorosas, como un parpadeo que te resistes a dar, a expensas de que te llevará a otro momento que no será el mismo. Lo nuevo se tornó rutina, y Val poco a poco dejó de buscar nuestros encuentros.
Tras aquel encuentro, habíamos aprendido cómo nuestros cuerpos respondían ante el otro, la esencia que se generaba cuando nuestros olores se fundían en uno solo tras horas yaciendo juntos. La cadencia que nuestros latidos conformaban anexionados en un mismo compás. Él dejó de buscarme, y yo de escribir.

Había adquirido la absurda costumbre de escribirle antes de dormir y releerle al despertar… Una rutina que me hacía sonreír y ruborizarme contra los pliegues y escondrijos de mi almohada. Un hábito que se había vuelto en mi contra, arañando mis entrañas bajo la inseguridad y el miedo.

Probé diversas e ingenuas maneras de evitarle, desde dejar mi smartphone apagado en un altillo del armario a incluso cambiar mis rutas habituales. Sabía que él no aguardaba por mí, pero prefería creer que era mi huida y no el sentimiento de abandono lo que me hacía sentir tan miserable y ruin.

Me encontré una madrugada, a las puertas del parque Millenium con un par de billetes apretados en el puño y vestida con una camisa de él que había guardado con mis cosas en un descuido. Había vivido metida en aquella camisa de pulcro blanco lo suficiente como para mancillarlo con mis grises. Era la perfecta metáfora de la toxicidad que emanaba y de la que él no había querido ser partícipe.

Eddie me miró y su rostro se tornó lívido alejándose de mí con rapidez. No necesitaba preguntar, sabía que él debía haber hablado con mi camello en algún momento, cortando toda posible recaída o al menos haciendo que fuese lo más difícil posible. El problema es que no eran los barbitúricos el mal mayor, sino el modo de alejarme del verdadero problema.

Volví a mi apartamento, el curso ya había comenzado, y mi padre se mantenía semanas alejado por viajes de negocios, confiando en la rutina que parecía haber encontrado y que él enmarcaba como madurez prematura. Tenía mis horarios, acudía a mis clases e incluso pasaba las noches sumida en el sueño tormentoso que me encauzaba de nuevo a perseguir un diferente desenlace día tras días. Vivía condenada a repetir el Día de la Marmota, negándome añorar algo que me conducía a pelearme con mi lado más oscuro.

Todo había empezado un martes por la tarde. Sí, recuerdo que era martes y no sé bien por qué. Estaba sumida en el estudio de un examen y la frustración se adueñaba de mí. Sentía que era incapaz de responder a las expectativas que yo misma me pedía, que nunca sería visible ante los ojos aprobadores de un padre ausente. El dolor se acumulaba y solo quería dejarlo salir. Fue la primera vez que laceré mi piel, con el viejo cúter oxidado que llevaba en el estuche, mucho antes de que prohibiesen todo tipo de material cortante- a considerar como arma blanca-en los institutos.  Hice dos cortes profundos, una cruceta que marcase dónde debía ir el castigo. Pero el dolor trajo paz consigo.
Lo que debió ser un error aislado se transformó en un hábito, y mi cuerpo se fue llenando de muescas que contaban cómo mis miedos crecían día a día, parasitando mi cuerpo y abnegando mi garganta en una constante punzada que me evitaba pedir ayuda.
Los barbitúricos fue un medio de contención fallido, y ahora volvía a estar sentada al borde de la bañera, viendo los hilos de sangre caer por mis piernas desde mis muslos. Cortarse en las muñecas era para aficionados.

Una noche, oí la puerta repicar. Estaba sumida en un profundo sueño, carente de todo aquello que ese estado onírico debería contener, devorada por una calma grisácea carente de afección. No necesitaba sueños hermosos, solo poder huir de los aciagos. Volví a oír el golpe constante y algo que me heló la sangre e hizo que me incorporase abruptamente.

-         - ¡Rebeca!...- sonó alto y profundo, carente del control habitual que había conocido en él.
Descalza me apresuré hasta la puerta con el estómago cargado de aprensión. Estaba ahí tras la puerta, con el puño contra el marco, apretando la mandíbula y los labios, ya con un tono pálido.
Abrí la puerta, olvidando por completo mi aspecto, tan solo a la espera de respuestas. Él se adentró dando un paso y cerrando con esfuerzo premeditado, conteniendo el portazo y el consabido estruendo que su estado de ánimo demandaba.

Inconscientemente, había ido caminando de espaldas a él hasta que el frío ventanal frenó mis movimientos, buscando mis manos resguardo en las cortinas aledañas. Él se pasaba la mano por el pelo desordenado, con los ojos endurecidos fijos en mí.

-          -¿A qué coño estás jugando…? Te dejé claro que no volvieses a huir de mí, y me haces ser esto, esta versión de mí mismo que detesto, la que te busca, la que sabe a saber en qué líos te estarás metiendo…- decía entre jadeos, crispando sus manos.

Yo sabía qué en ese momento, el dolor que él sentía era tan agudo que abría viejas heridas, mostrando una cara que jamás me había querido revelar. Se debatía, bajo la necesidad de defenderse de algo que yo misma había originado, de lo que era responsable.

Me separé de él con paso rápido, tomé un estuche de mi cuarto y volví hacia donde estaba él, algo más sereno por la curiosidad incitada. Abrí el estuche, con la cabeza gacha y las manos temblorosas. Saqué una gasa doblada y abultada, del que extraje un bisturí brillante y desinfectado con un olor a alcohol que se hizo patente en el aire.

Otras chicas podían robar billetes de las carteras de sus padres o pintalabios en los supermercados. Yo había aprendido a hacerme con utensilios mejores que un endeble cúter. Aquella era mi arma y estaba aceptando que él fuese mi torturador.

-          - Hazme daño – susurré sin temblor alguno en mi voz. Alcé el bisturí con el filo contra mi palma, evitando que él pudiese tener contacto con el filo.
Él me miraba con los ojos más verdes de lo que jamás habría deseado llegar a ver, notaba su impotencia y su deseo.

-          - Castígame – dije ordenándole mientras con la otra mano le obligaba a aferrar el puño del escalpelo.
Fui desabotonando uno a uno los botones hasta que la prenda se deslizó hasta mis pies. Me mostré desnuda, con los muslos marcando un reguero de incisiones sumada a unas más recientes en el esternón. Él acercó la punta a mi cuello con cierto temblor en las manos que fingí no percibir. No era algo sexual, no, aquello era la búsqueda de redimir el miedo que se aferraba a aquel hombre que había huido de encontrarse en la posición que yo le había forzado a adoptar.

Di un paso adelante y la punta se clavó en mi piel. No me permití gemir ni gritar. No tendría ese privilegio, me repetía, notando las punzadas acuosas en mis ojos, más dolorosas que en sí el tajo que conformaba ahora un goteo que caía cálido hacia mi pecho. Su mano soltó la lanceta, cayendo esta sobre la alfombra con un pequeño repiqueteo. Su rostro se encaminó a mi pezón y lamió la sangre mientras yo me forzaba a no disfrutarlo.

Val se incorporó con los labios marcados por mi linfa rubí, y tomó mi boca con ferocidad, enredando sus dedos contra mi pelo y tirando hacia él. Mi cuero cabelludo dolía a la par que mis labios, que recibían mordiscos y no ósculos.
Me devoraba, tratando de  engullir todo el tormento y aflicción que se enroscaba y hundía en nuestros cuerpos, cautivos por el mismo alambre 

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