El rellano.
Es curioso, el como tendemos a huir del lugar que amamos, de lo que nos hace felices. Como si se tratase de una piedra perfecta sobre la que tropezar, desviándonos, corrompiendo por diversión la posibilidad de truncar nuestras vidas hacia un final feliz.
El eco de la risa que el viento traía consigo se coló por las rendijas de la ventana.Un tenue parpadeo anaranjado de las luces del exterior chocaban contra las paredes para forjar mapas que surcaban momentáneamente la estancia.
Tendida en la cama, Marion se mordía el labio mientras sus ojos seguían curiosos un paisaje invisible más allá de los muros que la contenían. Tenía el pelo húmedo y los ojos tensos. No se permitía llorar aunque no tenía problemas en decir que lo hacía. Eran esas mentiras sobre las que se escudaban, las que no suponían una diferencia. Porque cuando lloraba, se odiaba demasiado a sí misma como para exhalar por ayuda. Y el mundo era más pequeño de lo que podía tolerar, y necesitaba esconderse de toda miradas.
Marion tenía más mentiras escondidas, mentiras de las que no hacen daño a nadie, a nadie que no fuese ella misma. Pero aquello no suponía una diferencia. Se decía que estaba bien, que era feliz, cuando notaba la sombra de la angustia cernirse sobre su espalda. Y el recuerdo del pequeño escondrijo que la engullía de pequeña clamaba por volver. Y no sabía donde exiliarse, así que permanecía abstraída, con un viejo y falso pretexto para no ser vista, sin saber fingir una sonrisa que contagiase a sus ojos. Ojos perdido en el horizonte que cada vez era más pequeño, angosto y cruel.
Marion había tenido muchos amantes, si es que pudiese llamarlos así. Habían sido problemas con los que creyó poder lidiar, y con ello matar al fantasma de la soledad y otros miedos que suelen acompañarlo. Había mordido el anzuelo de los "te quiero" de boca pequeña, los abrazos con el cuerpo rígido, la entrega con los ojos puestos en el techo. Se había abandonado y adormecido con ello a la niña que antaño soñaba con películas en blanco y negro, con suspiros en tecnicolor.
Había lidiado con las vejaciones ante las expectativas rotas de sus parejas, con los golpes y sacudidas para sacar de ella lo que no había, con los abandonos y el cómo sentía partirse su interior por miedo a volver a sentir ese vacío. Ese vacío que le hacía perderse en todas las posibilidades que había dejado escapar, el tic tac de un reloj que quería enmudecer pero que no callaba, nunca callaba.
Se sentía cansada, ese cansancio que se mantiene y del que no nos reponemos. Y se decía a sí misma que aquello debía cambiar. Y se incorporaba y abofeteaba su consciencia, alarmada.
Marion se encontró con William en el rellano de sus vidas. Mientras ella entraba y el salía. Y él quiso detenerse y ella se apresuró por encerrarse de nuevo en sí misma.
William era obstinado, enérgico, risueño, cabezota, obtuso, de amor sempiterno bajo la manga. William era el opuesto de Marion, y aún sin saberlo, se sentó en el rellano, a esperar.
Marion miraba por la mirilla hasta que él se notaba observado y ella retrocedía avergonzada. Hacía pequeñas señales de luz que se colaban por la cerradura en un código inventado. Dejaba pasar pequeñas notas tras la puerta, imágenes, dibujos,.. para después alejarse de la puerta temiendo previamente importunar aun estando él allí aguardando por ella.
Pero para cuando Marion quiso salir al rellano, William ya no estaba.
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