El comienzo del fin.
Decidió olvidar. Despedirse de esos recuerdos no fue sencillo. Había cargado sobre sus hombros, durante demasiado tiempo, la constante negación hacia su pasado, repitiendo incansable contra una pared invisible que, efectivamente, aquella elección era la correcta.
Estableció una carrera contra el tiempo, y no le importó perder. Los días pasaron de antojarse lentos y marchitos a un devenir constante cubriendo su cuerpo de hojas enumeradas contabilizando la pérdida.
Pero, ¿acaso podía eso importar? Cuando quiso darse cuenta no recordaba su olor ni su tacto, quizás había funcionado, pero la culpabilidad por aquel acto, por haber renegado de un recuerdo, fue lo bastante traicionera y astuta como para abrirse paso de nuevo a aquel frío febrero y tornarlo en un comienzo de noviembre. Un noviembre que quiso parecer dulce.
Y temblando quiso recomponer el calendario de su vida mientras no sabía ordenar sus pensamientos, aguardando sin saber bien qué.
Perdida a la entrada del laberinto, sin querer comprender que el juego aún no había comenzado.
Alicia, el conejo blanco hace demasiado que dejó de correr, se cansó de aguardarte y nadie lo lloró. Nadie cubrió de flores su albino pelaje. Perdiste la inocencia en el horizonte de una botella. Olvidaste cómo hacer una pregunta, perseguiste demasiado la respuesta.
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