Muescas

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Quería respirar, pero tan solo no podía, no sabía, no recordaba como hacerlo.
Estaba de nuevo a solas con esa chirriante voz que desde su fuero interno enumeraba sus cualidades, sus virtudes..oh, para que engañarnos, no había cualidades, no había virtudes. Era una puta buena para nada.
Tanteó los cajones y ahí estaba la promesa no dicha, el torrente de recuerdos que un pequeño reflejo en la penumbra podía dar.
Tenía la sonrisa desdentada, la mirada brillante y asentía casi impulsando su pequeño cuerpo contra aquella necesidad que a latigazos se clavaba en su piel. Sí, en su piel. Lo necesitaba, era el hormigueo incesante siendo detenido, era ella con trece años poniendo en claro sus prioridades y llenando el maldito libro de matemáticas de aquel vino joven y templado con sabor a herrumbre. Era la constancia hacia el fracaso. Era de nuevo una chica llorando en un portal junto a un osito de peluche bajo la lluvia. Sabiendo que el peluche no era suyo. Conocedora de que era el único amigo que estaba ahí, sin serlo.
Era una madre que renegaba de aquel despojo con las cuencas vacías, con el útero vetado. No, no había un donde volver, no existía el significado de la familia, del recuerdo, no había posibilidades tan solo lo incierto.

Joder, simplemente tenía miedo y la voz la engulló. Quedó a oscuras todo. Y se encontró con todos los pedazos de sí misma. Lo que pudo haber sido. Lo que nunca fue. Lo que nunca nadie pudo amar.

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