Jake y Jena

by - 19:19

Todos tenemos miedo a equivocarnos, y a pesar de ello seguimos caminando buscando nuestro lugar.

Eso pensaba aquella mañana cuando, ni muy tarde ni muy temprano, Jena se empezó a desperezar en la cama, mientras sus pensamientos se enredaban en el sonido suave de su respiración y la suavidad de las sábanas. 
La luz entraba sigilosa, casi pidiendo permiso colándose poco a poco por cada rincón. Era un día soleado y tranquilo, y poco a poco entreabrió los ojos para volver a cerrarlos.

Rodó ligeramente por la cama y se abrazó a la almohada arrugando la nariz haciendo un infantil mohín. Agradecía esa sensación refrescante al acariciar los pliegues de las telas, hasta que sintió algo fuera de lugar.

No quiso saber si era porque se estaba adentrando ya en un sueño, o quizá ya rallaba la locura. No sería la primera vez que era consciente de cómo su pensamientos y percepciones se alteraban mientras se iba durmiendo aceptando lo imposible como mundano.
Pero ahí estaba, con el pulso ligeramente acelerado, hecha un ovillo bajo las colchas de la cama y con el extremo de los finos y largos dedos rozando algo tibio, suave y que a su vez respondía a su caricia.

De repente,  aquello se aferró a ella, lentamente su mano quedó cubierta; y dado que era un sueño, no tenía sentido asustarse. Simplemente se dejó llevar.
A partir del tacto pudo atisbar que su mano estaba siendo sostenida por otra. Y se preguntó si en los sueños se podía pasear de la mano de un desconocido. Tuvo que repetirse que en los sueños, todo era posible, casi en voz alta, mientras una sonrisa muda respondía a su rezo.

El tirón se hizo más certero.

El pulgar de aquella mano acariciaba su piel con lentitud y dedicación, y no pudo evitar sonreír consternada . Rodó nuevamente y sintió como  la mano le atraía hacia el final de la cama. Salvo que en los sueños la pequeña cama era una nube infinita, cálida y aterciopelada, de tonos rosados como sólo se aprecia al alba, cuando todo el mundo duerme, y muy pocos se atreven a soñar.

Y al final de ese horizonte estaba él. Salvo que Jena tenía los ojos cerrados y solo pudo encontrarse inmersa en él, en su olor y tacto, en la suave caricia que aún solamente aferraba su mano, frente contra frente, embriagada de una promesa no dicha, de una sensación de bienestar que no podía asimilar, sonriendo infantilmente contra su cuerpo mientras el pulgar de Jake seguía rozando su mano pausadamente pero sin detenerse. Como si cada caricia fuese una pequeña palabra encadenada a la siguiente, una promesa no dicha para algo que nunca se atrevería a pedir.

Y por miedo a dejar de soñar, no abrió los ojos.

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