Relato 15: El armario, la desconocida y el desconocido.
Portrait Alexa Chung, by Unknown
No lo vio venir, cuando al ir a dejar el abrigo, en ese tipo de fiestas donde conoces al dueño pero jamás has estado en su piso. Y ahora, estaba a oscuras en una especie de armario. Un cuartito de dimensiones escasas y donde una mano blanquecina y nívea de uñas lacadas en rojo granate le había apresado.
Debería tener miedo. Pero allí estaba. Cortando el silencio con el sonido de su respiración, y el suave mutis de ella.
Quiso preguntar y no pudo. La bombilla que colgaba, aguardando aún una pantalla que le vistiese, se balanceaba alejándose y acercándose. La oscuridad pertrechaba la estancia salvo la rendija anarajada que remarcaba la salida. Estaba al alcance de su mano, tan solo tocar el pomo y el telón se descorrería. Pero quiso jugar. Y aquel, era un juego de dos.
Él dio un paso hacia delante, y ella quiso concederle el baile. Sus brazos se introdujeron bajo el abrigo y notó su pequeña calidez, la suave caricia que se hacía paso a través de la tela. El abrigo cayó. Y empezó a contar prendas.
Sus manos ágiles bajaban cremalleras, mientras se afanaban en memorizar los pliegues de su piel, las marcas invisibles, el contorno de una figura que deseaba.
Y ella clavó el tacón en el suelo. No quería andarse con miramientos, estaba en su límite y alzando la mano, enredando los finos dedos en su pelo, clamó con un suave tirón por sus labios, rodando la boca de ella hasta cubrir por completo su boca.
Provocativamente su lengua danzaba desde las comisuras hasta las profundidades, como una ola erosionando su boca. Quería dejar una huella indetectable. Quería marcarle con cada acto, tras cada palabra omitida.
Era la cadencia implícita mientras se arqueaban para aproximarse, mientras el anhelo aún era exacerbado, mientras la punzada de deseo llegaba a un punto álgido derivándose en un jadeo.
Él no pudo contenerse y tomó sus muñecas con fricción, apresándola, evitando que cambiase de opción.
A cada acto su nombre se grababa en ella. No en sí las palabras, sino cuanto podía significar. Eran dos desconocidos devorándose entre expectativas y besos fugaces, con el aliento cortado en el cuello del otro, con marcas de dientes sobre la piel desnuda.
Quiso ahondar en ella, prometer cosas sin sentido le sería imposible, y esa necesidad le perturbó. Allí solo estaba él y la oscuridad y ella y sus intenciones. Y todo parecía tener un misterio delicioso que le hacía clavar la espalda de ella contra las prendas colgando tras ella, mientras sus sudores se cruzaba y las medias de ella parecían formar una carrera contra el tiempo.
Al finalizar no se abrazaron, no cruzaron nombres ni promesas vacías. Ella le dio la vuelta con suavidad y salió de la estancia. Se alejó escaleras abajo de la casa.
Dicen, que él aún la busca. En cada beso compartido, en cada mirada fortuita, en cada noche robada.
La perfección del momento, cuando todo era posible, cuando nada era certero. Cuando el dolor aún era un desconocido que no se había unido a ellos.

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