Luces
Se había puesto la alarma. Sin mirar el día, sin mirar el tiempo. Había programado el despertador muy pronto, cuando aún era noche cerrada y el sueño era profundo.
Estaba despierta antes de que emergiera el sonido, a través de su móvil. Lo habría apagado antes, pero no habría molestado a nadie, no había nadie cerca que despertar. Y aun así, infundada por el silencio y la oscuridad, se vistió alumbrada solo por la pequeña lamparita de mesa. Ropas sencillas, ropas que no la definían especialmente igual que no definen a nadie, solo nos convierten en un conjunto que opta por la funcionalidad. No se miró al espejo antes de salir de la estancia, consciente en que no sabría bien reconocer a la persona que se mostraba frente a ella. Se puso el abrigo y palpó el bolsillo para asegurarse de que estaban las llaves, después dio unas palmaditas como si le reconfortara.
La calle era un amasijo de hormigón y adoquines teñidos de tonos anaranjados. La realidad se deformaba, prisionera de aquella oscuridad solo desvirtuada por las intermitentes farolas anaranjadas. Habían empezado a poner algunas con luz led, de un blanco cortante que le recordaba a la sala de esperas de urgencias.
Hacia más de un año que no estaba en urgencias, que no estaba por los motivos propios que se podría esperar de ella. Aquellas navidades habían marcado un antes y un después. No es que hubiera aprendido la lección, no es que hubiera encontrado un motivo por el que vivir, no es que tuviera valor la promesa que le hizo a su madre. No. Sencillamente, no era tan fácil morir si eras una cobarde. Porque si lo eres, no tienes muchas opciones para llevar a cabo tu empresa. Había aprendido muy de niña que cortarse en el lugar preciso y con la fuerza precisa no es tan sencillo como muestran las películas. Y lo más fácil es que te hagas daño, necesites puntos y temas una infección. Por otro lado, estaba la opción de ingerir pastillas. Ese siempre había sido su método favorito. Cuando tienes un tratamiento psiquiátrico tienes acceso a medicamentos, y a veces incluso optas por medicamentos genéricos para aumentar el daño. Pero el cuerpo es sabio y tiende a inducir el vómito y cuando no....o te duermes o te entra el pánico. Aquellas navidades había estado dos veces en urgencias, estaba decidida a lograrlo. Pero, la última, la última fue especial.
Había tomado todo lo que había podido, y cuando el malestar fue mayor de lo que esperaba, se acercó a su madre y le dijo que había cometido una estupidez. Porque no esperaba que su cuerpo doliera de aquella manera, irradiando una protesta por todo su organismo. Y en ese momento pensó que quizás aquello no le mataría, pero sí le dejaría peor. Acudieron al ambulatorio y allí activaron el protocolo que ella bien conocía, salvo que en esta ocasión no estaba sedada, no eran los mismos medicamentos, y cuando le metieron la sonda y la tuvo en su cuerpo desde el estómago hasta la boca durante horas y horas, supo que no podría volver a lidiar con ello nunca más. No podría volver a estar en una planta que acogía a decenas de pacientes y que no tenía divisiones. Toda la noche bajo la luz blanquecina y mortuoria, parpadeando en algunos rincones y zumbando sobre sus oídos. No lo suficientemente alto, como para tapar los comentarios inapropiados de un chico que, menos lejos de lo que a ella le habría gustado, yacía amarrado a la cama, pero sin vigilancia. No, no volvería a tomar aquello ni nada más.
Y en el tiempo siguiente la vida le había llevado al límite, ese límite de quien ha estado antes allí pero no ha sanado lo suficiente como para alejarse. Y en oleadas, chocaba con el abismo y este se tragaba un poquito más de ella, generando una constante pérdida que se confundía con el abandono personal. Había pensado decenas de veces en suicidarse, pero ella misma sabía que para hacerlo era una cobarde. Y estaba bien con ello, se aferraría a su cobardía como excusa para seguir viviendo.
Y el negro se peleaba con todos los colores posibles, mientras enmarañados se escondían para volver a resurgir. No era como el atardecer, certero, hermoso, predecible aunque nos maravillase siempre con algo único, como si quisiera superarse. No, ese momento, era el más oscuro de toda la noche, como si se resistiera a ceder su turno, su espacio, su propia belleza. Y entonces el mundo se paraba, todo se volvía de un azul onírico y perecedero. Y ella quería que el silencio emergiera en aquella ciudad, como los campos en los que el sonido del rocío goteando era una sinfonía, y que el azul les abrazara, les abrazara en un capullo, una crisálida que prometiera algo nuevo, algo diferente, un nuevo día. Un nuevo día de verdad.

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Como la luz de una farola no alumbra: desentierra los recuerdos
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