Cual Ícaro
Aquella noche dormí lo que no había logrado en una semana. Pero me negué el derecho a soñar, por miedo a que las pesadillas clamaran por sangre.
Me recosté compungida, herida más allá del orgullo, en ese pequeño rincón donde anida el anhelo.
Desde niña, había sentido en mi espalda la sombra de una ensoñación, como si pudiesen nacer dos alas, las cuales a veces eran solo la raíz de su magnificencia, y otras todo un horizonte de posibilidades. Me acunaban y alzaban, me arrullaban y protegían. Para mi eran tan reales como el aliento que notaba salir de mis labios y definía como mío. Qué pocas cosas eran mías...
Y entre las sábanas, note como aquella sensación perecía. Me encontraba desnuda, sin plumaje ni impulso al que aferrarme.
Me había atrevido, por primera vez en ventinueve años a pedir lo que quería, a alzar la mano y querer cogerlo. Y no había sido suficiente, había dejado de ser el Sol para tornarme en un desgraciado Ícaro.
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