Tiempo traicionero.

by - 11:07

El día se escondía y no había tiempo para contemplar atardeceres. Llegaba tarde, demasiado tarde para algo que había estado anhelando en mi fuero interno.
Sabía que aquello era una ensoñación. Solo por el mero hecho de que ese tipo de situaciones no casaban conmigo. Viernes noche, corría arreglada en demasía para la situación. Situarse entre un tumulto de gente no requería especial dress code, pero me había convertido en lo que antaño era objeto de mis burlas.

Me paré a tomar aire sobre el Puente de Segovia, a pocos metros de mi destino. El aire era frío y chocaba contra mis azoradas mejillas. Sentía tan real la punzada en las costillas, que me hizo olvidarme de que nada de aquello era más que un sueño.
"And you give yourself a way...."- sonaba a través de mis auriculares. No necesitaba otro impulso para terminar de descender el pequeño tramo que quedaba.

Con las luces apagadas y el balanceo de cientos de personas moviéndose, miraba estática un punto
fijo. Concentrada en mi respiración, miraba la oscuridad romperse por un rasgueo de guitarra. Dos baquetas que entrechocaban rítmicamente elevándose entre el griterío. Y ahí estaba el latido. Un pálpito enérgico y constante, oculto a oído inexperto, pero que lo encontrabas si buscabas.

Y sin saber cómo todo ya había llegado a su fin. No podía recordar más que el comienzo, y ahora caminaba aferrándome a mi abrigo, dejando a la muchedumbre dirigirse a la salida, observando los sedimentos que el concierto había dejado en el suelo. Siempre había apreciado más los finales que los comienzos, por muy aciagos que fuesen. Eran sinceros.

- ¿Por qué llevas ese estúpido traje de conejo?

Me giré al oír el susurro tras mi espalda, donde ya no quedaba nadie. Nadie salvo tú, oculto bajo una capucha, con las manos ocultas entre los bolsillos, encogidos los hombros. A la defensiva de alguien demasiado roto y magullado como para rendir batalla.

- ¿Por qué llevas ese estúpido traje de humano?

Y al decir aquellas palabras, supe que estaba descendiendo por la madriguera de conejo, en la que el tiempo no transcurre al igual que el resto de los relojes. Quizás por eso nunca llevaba uno, pues era un sinsentido medir lo imposible, lo improbable. Quise sonreír pero las lágrimas eran más poderosas.

Estaba perdida y no lograba despertar.

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