Deseos truncados

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El frío mármol me erizaba la piel desnuda, mientras sentía la humedad residual de los cercos del lavabo. Alcé la mirada ante el espejo aun sabiendo qué iba a encontrar. Pasé el peso de una pierna a otra y exhalé.
Sentía el martilleo de mi pulso cabalgando sobre mis venas, tronando contra mis sienes y mi cuero cabelludo. La impaciencia se aferraba a mi estómago. Y me acordé de volver a respirar.

Descender a los infiernos de su piel, purgar por ser digna de mi misma. No de él. Él era un paraíso tan lejano como yo misma pudiese permitirme.

Ladeé mi cuerpo contra la jamba de la puerta y aguardé a sentir su mirada, a verle encaminarse hacia mi. En ese momento no podía desear más. Curiosamente, segundos después anhelaba todo lo que le seguiría: El calor emanando de sus manos, la intimidad de sentir su piel contra la mía, la ronquera de mi voz preparada para gemir ante su más mínima atención, la gravedad de su mirada instándome a ser más, a darle más.

Quise ser tierna y a la vez voraz. Pero me sorprendió colmándome de atenciones, siendo quien precisaba sin llegar a hablar. Bajo la duda de si ya nos conocíamos hasta semejante punto, nubló mi mente con el primer beso, la primera caricia, el primer mordisco.
Apreté los muslos mientras mis caderas se alzaban, buscando, reclamando, exigiendo. La paciencia nunca fue mi fuerte. Pero él se tomaba su tiempo sin siquiera dejarme verle. Tendida entre nuestro presente y el futuro, me sentía tranquila, calmada, confiando mientras estuviese con él.



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