La dama del agua
El agua seguía cayendo, generando hondas al llegar a su piel. El vapor marcaba la amplia pantalla de cristal que la hacía sentir enjaulada, y a la vez protegida.
Las sienes latían por la alta temperatura que contenía la tina. Y su mente vagaba en blanco, mientras esquirlas del sollozo caían cual metralla en forma de lágrimas. El dolor la abrazaba y ella sentía nostalgia.
Se maldijo en silencio, con la lengua emponzoñada por sentimientos a medio exhalar. Había convertido de su nombre su aliento, el aire fraudulento con el que engañaba a sus velas a medio navegar.
Y ahora se hundía y alejaba, a la deriva de toda certidumbre. Sabedora de nada, jugando solo con la carta de la sinceridad, es imposible no perder todas las jugadas.
Pero seguía huyendo, de su sino, de los callejones del abandono con sabor a cartón mojado. De ver siempre una silueta marchar, o quedar varada mientras los pies emprenden la fuga hacia lo desconocido.
Se clavó las uñas en el muslo, lo suficiente como para hacerse recordar,para abofetearse y sacudir el dolor y clamar por emerger y respirar. Tenía que sobrevivir. Sobrevivir a todo, sin llegar a dejarse marchar. Era la única persona estática en su vida, nunca podría abandonarse a sí misma.
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