La misma historia
Estar aturdido puede llegar a ser normal, hasta que el frío y húmedo miedo se pega a tu nuca.
Se adentra en tus entrañas y anida, alimentándose de ti. Viviendo a través de ti.
¿Alguna vez has sentido la asfixia de unas manos ajenas agarrarse a tu cuello? Y alzarte, como si cayeses en tu propio infierno personal. Lejos, muy lejos, de toda realidad, donde anidan las ilusiones no cumplidas, las pesadillas más vívidas, donde papá nunca te querrá acunar.
¿Alguna vez te han amado clavando en tu cuerpo sus fauces? Y hacerte así creer que no merecías más de lo que has vivido hasta ahora. Como si el amor fuese un castigo en la madrugada, la exhalación abrupta del desamor, desvencijado y desgastado.
¿Alguna vez te has refugiado en la habitación más pequeña, en el rincón más frío, llorosa, asustada... mientras oías los golpes de ira e impotencia que debían ser destinados a tu maltrecho cuerpo?
Porque tú tienes la culpa, porque no mereces algo mejor, porque...se te acaban las excusas para tu mala fortuna.
Y las pesadillas no cesan hasta que tornan materiales. Y te sientes vagar, abandonar, sucumbir.
Los sueños se anclan a tus tobillos hasta hundirte en el arte del escapismo. Y pasas más horas durmiendo que viviendo la realidad.
Cuéntame de nuevo esa historia, donde todos son felices y se aman, donde todo puede acabar bien. Quiero creerme a pies juntillas las mentiras, los embustes y metáforas, que atesoran lo que me es negado, mientras acaricio con las yemas de mis dedos cicatrices que aún no se han cerrado.
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