Capítulo II: Nadando a contracorriente

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No habíamos tenido un invierno tan frío en más de diez años. O quizás era solo la exageración de quienes no acostumbran a sentir los inconvenientes y asperezas de las cosas que no pueden controlar. 
Me metí las manos en los bolsillos para volver a sacarlas. Estaba inquieta, tenía las uñas destrozadas y el estómago del revés. 

Escuchaba música lenta, quizás con la esperanza de poder amedrentar la ansiedad que había anidado en mi interior y lo había vuelto todo un nido de urraca.  Había objetos de toda índole, recuerdos que quería atesorar y otros que quería olvidar, recolectados a la par. Había sonrisas abandonadas, caricias interrogantes, miradas esquivas, palabras malinterpretadas. Y entre todo aquel ovillo plagado de nudos, cautivos estaban mis sentimientos por él. 

No puedo decir que me extrañase cuando quiso huir. Yo misma me lo había planteado. Era lo fácil. Era lo sensato y razonable. Pero ¿cuándo había atendido a semejante causa?. No, era la Chica Salmón. Siempre nadando a contracorriente. Siempre ajena al margen de riesgo, a las ínfimas probabilidades, apostando por una sonrisa como máxima variable controlada. 

Mi propia calma me sorprendió y me abracé a aquella sensación. ¿De cuántas pesadillas había sobrevivido? No solo eso, me había fortalecido y construido un pequeño camino, propio y seguro. Esos cimientos que yo tendía a ignorar pero que eran un todo. Me había ganado el derecho de estar ahí, de confiar un poco más en mi. 

Alcé la barbilla  y hablé con claridad y seguridad. Temer algo que ya tenías frente a ti nunca había sido mi caso, yo temía la espera. Y aquel momento era clave, era un punto de inflexión necesario. 
Podía seguir jugando a lamerme viejas heridas o pasar página y aferrarme a la sencillez, a las risas, a esa persona en la que me estaba trasformando, una persona a la que apreciaba y quería merecer poder mirar al espejo. 

¿Desde cuándo toda esa fuerza ha estado en mi? Cuando pasó de ser mero carácter intempestivo a tener un cauce, un propósito y un fin. Sentí que lo aceptaría todo, pues aquello no era más que el principio, podía caminar acompañada, pero siempre sería mi propio baluarte, alguien estático en mi vida. Ese pensamiento no me hizo sentir sola, sino esperanzada, fuerte, segura. 

Y quizás por mi experiencia reparando mi interna vorágine, avezada en la anarquía de las emociones me siento capaz de crecer, sin dejar de soñar, aceptando mis miedos y encarando lo que esté por llegar. 

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