Capítulo III: Corrí

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Corría, como podía, entre los charcos y la llovizna. Corría, como podía, camino incierto hasta acortar las distancias que, según el día, eran insalvables o escasas. Corría, con el miedo aferrado a la garganta, trémulas palabras que no terminaban de emerger ni atinar a pronunciar. 

Corría, consciente de que mi necesidad egoísta era mayor que la que él podía albergar. Me sentía al amparo de la calma de su abrazo, aun cuando yo opositaba por ser el baluarte de cuanto pudiese precisar. 

Corrí hasta detenerme y tener que esperar, interminable mientras el mundo cambiaba bajo mis pies y la gente iba y venía, y entonces me sentí ridícula y pequeña, insignificantemente liviana. 
Sin ser nadie pretendía alcanzar algo, y el miedo no encontraba resistencia ni reducto. Me temblaban los labios y no por sonreír sino por encontrarme al otro lado de la historia, preguntándome si alguna vez habían sentido por mi semejante aprensión. 

Y entonces, alcé los ojos ante mi parada, mientras volvía a echar el vuelo. Jadeante y turbada, corría como podía, mientras cientos de pensamientos aguijoneaban mis ojos y amenazaban con desembocar en llantina. y deseé no sentir tamaño miedo y a la vez aprender de todo ello, prometiéndome superar cualquier contratiempo antes que él llegase algún día a tener que correr, como pudiese, para salvarme de mi misma, para paliar la zozobra de mi existencia. 

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