Lejos de lo cotidiano, cercano a ningún lugar.

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Nadie tenía por qué saberlo. Lo repitió de forma constante como si se tratase de un mantra. Como si con cada palabra susurrada al aire gélido a través de la bufanda deshilachada supusiese un triunfo. Como si azuzase las palabras con un látigo de seguridad y convicción, lejos de la imagen que ofrecía, asustada, ojerosa y temblando. No recordaba un invierno tan frío como ese. Y aún era otoño.

La desnudez de los árboles parecía no turbar a nadie. Se paró a contemplar, en el veinticincoavo otoño de su vida, el camino que había recorrido ,con tanta continuación y vaguedad, que no entendía como podía tornársele distinto ahora que se paraba a mirar. Ahora que prestaba atención a lo que siempre le había parecido insignificante.
Los baldosines del camino estaban partidos, levantados y cubiertos por pequeños brotes de algo más fuerte que el caminar diario de miles de personas.
Ella no era tan fuerte. Quería serlo. De verdad que quería. Pero no era su caso, y lo aceptaba con callada parsimonia.
En los laterales, junto a la pequeña balaustrada de setos verdes y descuidados se encontraban papeles, viejas notas que cayeron de bolsillos ajenos, enseres que un día fueron útiles. Se preguntó si un día ella sería olvidada y despojada de su utilidad, de sus objetivos, de su valía. Si un día, no muy lejano, se quedaría en la cuneta de la vida viendo la suerte de otros pasar, con destellos anaranjados hasta perderse en la gran ciudad, allá donde la niebla no alcanzaba.

Dio un paso más al frente, mientras se acercaba y alejaba más y más. Supuso que en todo juego, había un precio que pagar, y rebuscó en los bolsillos más recónditos de su interior y se encontró vacía. Nunca puedes emprender un viaje con las manos vacías, se reprendió, como si creyese que una voz interna suya le daría la respuesta, como si una compañía invisible fuese a alentarle diciendo: somos dos.
Pero no, el silencio seguía patente en ella, como un mutis como estado emocional, un voto de silencio ante esa expectativa que superaba la realidad.

Para cuando finalmente llegó su turno, no pudo más que darse la vuelta mientras miradas extrañas durante un segundo recaían en su presencia. Y la cola avanzaba. Y ella no estaba en ella.

Para cuando llego a la puerta de su casa solo pudo mirar sus manos desnudas. Introdujo sendas entre los bolsillos del abrigo de mezclilla y sintió el tintineo de las monedas y de las llaves entre ellos. Sacó estas últimas y caminó, caminó sin quitarse la bufanda, los mitones o el abrigo. Caminó hasta el salón y lo atravesó. Y nadie dijo nada. Nadie se extrañó cuando en la comida no hubo pan. O cuando su sitio vacío parecía decir algo que nadie querría descifrar. Fuera lo que fuera.

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