Relato 11: Riders of the storm

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Siempre que he tenido miedo, he encontrado un lugar en el que refugiarme. No es que no afronte mis problemas. Sería fácil caer en ese error. Sino que prefería encontrar el modo de poder ver todo en perspectiva, ajeno a mi, como si se tratase de una aséptica ecuación, y la incógnita a resolver fuese yo misma.
De niños alzamos la sábana sobre nuestros rostros, corremos al regazo de nuestra madre, al amparo de la mano amplia y cálida de nuestro padre, que con un apretón parece decir más que cualquier sonido audible.
Pero la desazón de la adolescencia perturba, aleja. Te hace esconderte más allá de las miradas, de las palabras, de los gestos.

Yo prefería la confidencialidad del hueco entre la lavadora y la pared. Los baldosines fríos. El arrullo de la lavadora tamborileando mi hombro, mi mejilla. El consuelo de algo que no pretendía apiadarse de mis penas. Era mi refugio. Era mi exilio ante la vida.
El mundo nunca me pareció tan amenazante. Como si se hubiese propuesto clavar su mirada en mi, para después olvidarme. Desamparada de una pubertad que nunca fue de elección propia. Era la confusión de la edad y de una realidad no pedida.

Podía haberme alzado con la barbilla firme y la mirada clara. Podía haber elegido no llorar, no sentir, no someterme a la decepción continua. Pude hacer muchas cosas, y a la vez ninguna. Pero elegí el camino que elegí. Mis pisadas fueron certeras, y ahora heme aquí.

Tener miedo no es una opción. Es una constante. Es la aceptación de las emociones. Es ira. Es soledad. Es tristeza. Y alegría. Es la confusión ante lo desconocido. Es la aceptación de lo inesperado.

Sí, tengo miedo. Pero no por ello estoy asustada.

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