Relato 10: Saboreando el verano or Tasting Summer.
Se aferró a la divergencia de emociones que la vida hacía mella en él y lo supo, en ese momento lo supo.
Abrió el armarito del pasillo, donde su madre guardaba pulcra y ordenadamente las toallas y sábanas. Tenía un olor a sándalo y romero, y arrugó la nariz mientras aquel olor impregnaba sus fosas nasales.
Acababa de ducharse y el cabello le goteaba por la nuca y se perdía en el borde de su camiseta. Había escogido la que a ella tanto le gustaba. Era sencilla, de algodón, con un estampado del primer viaje que hicieron, no muy lejos, cogiendo el coche de sus padres sin permiso. Ella lo había llamado una aventura. A él le pareció una jodida locura, pero su sonrisa valía el riesgo.
La había conocido hacía unos meses, y las cosas habían sucedido como tenían que suceder. Salvo que nada era común con Summer, y quizás precisamente por eso ahora estaba rebuscando entre pinzas de la ropa y cordeles. Miró la hora con nerviosismo y blasfemó para sus adentros mientras correteaba descalzo pendiente del móvil. Faltaba poco. Muy poco. Y aquello le obligó a pararse.
No es que fuese su primera vez. No era que tuviese dudas. Pero la amaba. De un modo que no sabía expresar ni contener, y quizás por eso siempre le producía un hormigueo que le recorría el cuerpo por completo y que solo sabía calmar al acariciar su pelo, al bordear sus labios con los de él, al abrazar su risa con la de ella.
Oyó un timbrazo. Y se puso el penacho. Una imagen burlona le devolvió una cara de asombro subrayada por una ceja alzada. Aquello era una locura.Y quizás, solo por eso, podría agradarle. Se encaminó a la puerta y abrió ante la estupefacta mirada de Summer, quien apretaba los labios en un mohín procurando no reír.
-Hola...Digo ¡Hau...!
Él se sintió agradecido al instante y ese brillo en los ojos no pudo más que contagiarse en ella que se adentró, a la casa de él.
Estaban solos, y eso no era común. Pero no por ello se sentía nerviosa. Notó como él entrelazaba su mano con la de ella y le guiaba en la oscuridad. Como las formas carecían de importancia y ella reprimía la necesidad de acariciar el plumaje suave y coloreado que decoraba el tocado sobre su cabeza.
Le amaba sin lugar a dudas, en aquel preciso instante sentía como el significado de aquella palabra formulable con irrisorias letras estallaba en su pecho y dolía, dolía de un modo maravilloso.
Cuando quiso darse cuenta estaban quietos ante una luz anaranjada y vibrante, que parpadeaba contra la piel de él, mientras la miraba con nerviosismo y vacilación. Torció el gesto y observó como su habitación ahora era una tienda, llena de luces de navidad, de velas diseminadas por la habitación, de cojines y de su olor.
Y ambos supieron que todo lo posible estaba ahora de su lado. La había encontrado. Le había encontrado. Era la salvación no pedida de un náufrago que ahora, por fin entendía, que llevaba toda la vida ahogándose y que aquello era su consuelo, su nirvana. Al fin alcanzaba a rozar el Paraíso donde su Beatriz había estado aguardando antes de que él pudiese nombrarla.
Amar, oh...aquello carecía de significado si no estaba ligado y abrazado, posesiva y protectoramente, a cuanto ella conformaba, a cuanto él representaba. Amar eran ellos, y nadie más.

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